CAPÍTULO X #2
El grito encendió una mecha de vítores y aplausos salvajes en las tribunas populares, un rugido unánime que hizo temblar los altos ventanales de la sala.
Al escuchar el nombre de María, el corazón de Alfonso dio un vuelco violento en el pecho.
Por un milisegundo de ciega esperanza, su mente asimiló solo el nombre de pila, pensando en su María, en la viajera del tiempo que amaba.
¿Hablaban de su María? El recordatorio de que en esta era de fanatismo la muerte se repartía de forma tan gratuita no hizo más que multiplicar su pánico interno.
Si la corriente temporal había dispersado a su María en este París sediento de sangre, cualquier patrulla revolucionaria podía enviarla al cadalso solo por una sospecha.
Desde lo alto de la presidencia, Magón contempló el estallido de la multitud con una satisfacción evidente.
No hizo nada por acallar las amenazas contra la reina; al contrario, ensanchó su risa de maldad, gesticulando con las manos mientras observaba el rostro desencajado de Alfonso.
El cartaginés estaba disfrutando de cada segundo de la tortura psicológica de su enemigo, sabiendo que el miedo a no encontrar a María y el rugido de la guillotina estaban quebrando la resistencia de Alfonso.
Superado por la angustia y rompiendo cualquier indicación de prudencia, Alfonso se inclinó hacia delante de golpe. Agarró por la manga de la casaca a uno de sus abogados y le dijo en un susurro desesperado:
—¿Dónde está María? ¡Decidme dónde la tienen!
El abogado, con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa ante el arrebato de su cliente, creyó de inmediato que se refería a María Antonieta.
Le dedicó una mirada cargada de una profunda compasión y lástima, asumiendo que el monarca derrocado estaba sufriendo un quiebre emocional por el destino de su esposa.
—Tranquilizaos, Sire, os lo ruego —le contestó el letrado en un hilo de voz, tratando de apartar las manos de Alfonso para que los guardias no sospecharan—.
Vuestra esposa está a salvo de la turba por ahora.
Sigue bajo estricta custodia en la torre pequeña del Temple, incomunicada para evitar que colabore en vuestra defensa, pero no han osado tocarle un solo cabello.
Centraos en lo que ocurre aquí, Majestad.
Si Barère demuestra los cargos del armario de hierro, la Convención irá a por ella en cuanto terminen con vuestro cuello.
Guardad silencio y mantened la entereza, por el bien de la reina.
En ese momento, Magón golpeó con violencia el mazo contra la mesa de bronce, desatando un estruendo que acalló de golpe el griterío de las gradas y los murmullos de los abogados. Su mirada sádica se clavó directamente en Alfonso.
—¡Silencio en la sala! —bramó Magón con su voz potente, haciendo un gesto autoritario con el brazo—. Ciudadanos, las provocaciones no se tolerarán en esta asamblea. Que empiece el juicio contra Luis Capeto de inmediato.
El cartaginés ensanchó su risa de maldad, gesticulando hacia los secretarios y fiscales mientras se acomodaba la casaca revolucionaria sobre el pecho.
—Este proceso no se demorará —continuó Magón, sosteniendo el pulso visual con Alfonso de manera desafiante—.
Serán únicamente tres sesiones intensas antes de proceder a la votación definitiva del veredicto.
Tres jornadas para que la nación examine los crímenes del tirano y dicte su ineludible sentencia.
Ciudadano Barère, comience con la lectura de las acusaciones.
Magón abrió la primera sesión golpeando el mazo con una solemnidad gélida que hizo vibrar las maderas del estrado.
A una señal de su mano enguantada, el secretario Bertrand Barère dio un paso al frente, desplegando un monumental pergamino lacrado con el sello de la República.
El silencio que se adueñó de la sala de la Convención Nacional duró apenas un suspiro antes de que la enumeración de los crímenes comenzara a tronar en las paredes de sillería.
—Primer cargo —anunció Barère con voz monótona pero implacable—.
Se acusa a Luis Capeto de haber conspirado abiertamente contra la soberanía del pueblo francés, financiando ejércitos clandestinos con el oro de la nación.
Segundo cargo: haber bloqueado las reformas de la Asamblea y saboteado los suministros de grano para rendir por hambre a los ciudadanos de París durante los primeros días de la Revolución.
Las palabras del secretario fueron interrumpidas de golpe por un estallido de furia en las gradas más altas de la asamblea.
Un grupo de sans-culottes, armados con picas artesanales y luciendo los gorros frigios de lana encendida, se abalanzó contra la barandilla del graderío con los rostros desencajados por el odio.
—¡Escondió el pan del pueblo! —bramó un artesano con la camisa rasgada, señalando con el puño a Alfonso—. ¡Traidor! ¡Cortadle la cabeza! ¡Que la guillotina haga justicia de una vez!
El grito fue el detonante para que una marea unánime de abucheos y vítores salvajes sacudiera el salón de actos.
Magón, desde la presidencia, contempló el desorden con una calma calculada; dejó que el clamor popular amedrentara a los defensores de Alfonso durante varios minutos antes de hacer sonar levemente su campana de bronce, gesticulando con una fingida condescendencia democrática.
Cuando el tumulto se apaciguó lo suficiente, Barère retomó la lectura, desgranando las pruebas más comprometidas que los espías jacobinos habían extraído de los archivos reales:
—Tercer cargo: haber mantenido correspondencia secreta con vuestro cuñado, el emperador de Austria, incitándole a invadir el suelo patrio con sus legiones extranjeras para aplastar los derechos del hombre.
Cuarto cargo: el uso de la violencia armada contra el pueblo el diez de agosto en el Palacio de las Tullerías, ordenando a la Guardia Suiza disparar a discreción contra los defensores de la libertad.
Los papeles hallados en el armario de hierro demuestran vuestra colusión con los tiranos de Europa.
Un nuevo y ensordecedor rugido de indignación restalló en el graderío, impidiendo que el secretario continuara.
Las tribunas públicas se convirtieron en un hervidero de picas y sables que se agitaban al compás de un cántico unánime que helaba la sangre.
Los guardias de la milicia nacional ni siquiera hacían el amago de contener a la turba, que coreaba a pleno pulmón un único veredicto:
—¡A la guillotina! ¡Cortadle la cabeza al ciudadano Capeto! ¡Muerte al rey y viva la República!
Alfonso, con las muñecas atadas y la circulación casi cortada por el esparto, clavó los ojos en Magón en mitad de aquel infierno revolucionario.
El cartaginés le devolvió la mirada con una sonrisa de maldad pura, disfrutando del absoluto desamparo del soldado en el cuerpo del monarca.
El juicio de la Convención Francesa avanzaba con la rapidez de una ejecución militar, y Alfonso comprendió que las leyes de la Galia se estaban redactando solo con la sangre de su propio cuello.
El mazo de bronce de Magón restalló contra el estrado con un golpe seco que hizo enmudecer las maderas de la sala. Se acomodó la banda tricolor sobre la casaca revolucionaria y clavó sus ojos avellana en el acusado con una sonrisa de maldad pura.
—¡Silencio en la Convención Nacional! —bramó Magón, gesticulando con solemnidad teatral hacia las gradas—.
Queda abierta la primera sesión del juicio contra el ciudadano Luis Capeto.
Serán únicamente tres jornadas intensas antes de proceder a la votación definitiva.
Ciudadano Barère, proceda con el pliego de acusaciones.
Bertrand Barère dio un paso al frente, desplegando el monumental pergamino lacrado, y comenzó a desgranar los delitos con una voz monótona e implacable.
No había leído más que unas pocas líneas cuando un estallido de furia interrumpió la sesión desde lo alto de las gradas.
Un sans-culotte, agitando un sable en el aire, se abalanzó contra la barandilla con el rostro desencajado por el odio:
—¡Escondió el pan del pueblo! ¡Traidor! ¡A María Antonieta también hay que juzgarla y cortarle la cabeza! ¡Que la guillotina haga justicia y rueden las dos cabezas en la plaza!
La grada entera se contagió del fanatismo, estallando en un rugido unánime de picas y puños alzados que interrumpió de golpe a los secretarios:
—¡Cortadle la cabeza! ¡Muerte al rey y viva la República!
Al escuchar el nombre de María, a Alfonso le dio un vuelco violento el corazón. Olvidando todas las indicaciones de prudencia, se inclinó hacia delante con desesperación en su banco de madera y agarró por la manga de la casaca a Raymond Desèze:
—¿Dónde está María? —le susurró Alfonso con un hilo de voz trémulo y desencajado—. ¡Decidme dónde la tienen!
—Tranquilizaos, Sire, os lo ruego —le contestó el abogado a toda prisa, apartando con suavidad las manos de Alfonso para que los guardias no sospecharan—.
Vuestra esposa está a salvo de la turba por ahora.
Sigue bajo estricta custodia en la torre pequeña del Temple, incomunicada.
Centraos en lo que ocurre aquí, Majestad.
Guardad silencio y mantened la entereza.
Magón esperó a que el clamor popular amedrentara a la defensa antes de hacer sonar levemente su campana de bronce con fría condescendencia, gesticulando hacia el graderío:
—Ciudadanos, la justicia del pueblo debe ser escuchada, pero mantengamos el orden de la asamblea. Que continúe el careo con las cartas del armario de hierro. ¿Qué tenéis que decir a las evidencias de vuestra traición, Luis Capeto?
Los tres defensores se agolparon de inmediato alrededor de Alfonso para frenar su impulso. Malesherbes le retuvo firmemente por el hombro mientras Tronchet le pasaba una nota manuscrita: