La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO X
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CAPÍTULO X

Mientras tanto, Alfonso estaba sentado ante Magón, que ejercía con fría soberbia como presidente del tribunal, en el primer día del juicio por traición ocupando el cuerpo del rey Luis XVI.

Desde su modesto banco de madera en el centro del estrado, Alfonso obligó a su mente de soldado a analizar el entorno con frialdad táctica, evaluando a las fuerzas que buscaban su ejecución.

El tribunal de la Convención Nacional estaba compuesto por una amalgama de setecientos cincuenta diputados dispuestos en un imponente semicírculo de gradas de madera que ascendían hacia el techo.

En los asientos más altos, conocidos como «La Montaña», se agrupaban los jacobinos más radicales, hombres de rostros severos y gesticulaciones teatrales que devoraban con la mirada al monarca caído.

En la parte baja de las gradas se sentaban los girondinos, más moderados, pero visiblemente acobardados por la presión popular.

La mesa presidencial, dominada por la imponente figura de Magón, se alzaba sobre un estrado superior, flanqueada por secretarios que anotaban cada palabra con plumas de ganso y fiscales de miradas inquisitivas.

La seguridad del recinto era asfixiante, tomada por una exhibición de fuerza militar que eliminaba cualquier esperanza de fuga.

Decenas de guardias de la Milicia Nacional y piquetes de los temibles sans-culottes custodiaban cada salida, los pasillos y los accesos a las tribunas públicas.

Formaban cordones humanos con los mosquetes al hombro y las bayonetas caladas, cuyos reflejos metálicos cortaban la atmósfera cargada de la sala.

El contraste en la vestimenta de los presentes reflejaba la fractura absoluta de la sociedad francesa.

Magón y los altos magistrados del tribunal lucían casacas oscuras de corte severo, pero cruzadas ostentosamente por anchas bandas tricolores —azul, blanca y roja— sobre el pecho, rematadas con escarapelas revolucionarias prendidas en las solapas.

Los diputados más radicales vestían con deliberada sencillez republicana: chaquetas cortas llamadas carmagnoles, pañuelos rojos anudados al cuello y los característicos gorros frigios de lana roja.

Por el contrario, los guardias de la milicia portaban uniformes azules con vueltas rojas y calzones blancos, mientras que los sans-culottes de los piquetes vestían rudos pantalones largos a rayas y camisas desabrochadas, armados con picas artesanales y luciendo sables curvos al cinto.

En mitad de aquel mar de patriotismo tricolor y desaliño voluntario, Alfonso destacaba de forma anacrónica, vistiendo un traje de seda gris aristocrática, gastado y desprovisto de todas sus insignias reales; la estampa perfecta de un cautivo de alta alcurnia entregado a la ferocidad de sus captores.

Magón alzó la mano, haciendo restallar un golpe de mazo que impuso un silencio tenso en las gradas.

A una señal suya, los acusadores públicos de la Convención dieron un paso al frente para liderar la ofensiva del Estado.

A la cabeza de la acusación se erigían figuras implacables como Bertrand Barère de Vieuzac, encargado de redactar el pliego definitivo de cargos, y el joven y fanático Louis de Saint-Just, un jacobino de mirada gélida y modales cortantes que ya había proclamado ante la asamblea que «a un rey no se le juzga, se le destruye».

Junto a ellos, el fiscal general del tribunal, un hombre de facciones afiladas y verbo viperino, se preparaba para desgranar los treinta y tres crímenes de tiranía.

Estos hombres vestían casacas negras de paño liso y alzaban carpetas atestadas de cartas secretas incautadas en el palacio, dispuestos a demostrar que el ciudadano Capeto había vendido la sangre de los franceses a las potencias extranjeras.

Al otro lado del estrado, en una posición de absoluta vulnerabilidad, pero manteniendo una dignidad espartana, se ubicaban los defensores de Alfonso.

Se trataba de un equipo de tres juristas de un prestigio intachable que habían aceptado el caso sabiendo que firmaban su propia sentencia de muerte social: el anciano y respetado Chrétien-Guillaume de Lamoignon de Malesherbes, un viejo ministro que acudía por pura lealtad personal; el meticuloso François Denis Tronchet, un maestro del derecho constitucional; y el joven y elocuente Raymond Desèze, un abogado bordelés de voz atronadora elegido para pronunciar el alegato final.

Al contrario que los revolucionarios, los defensores vestían trajes oscuros de corte clásico pre-revolucionario, con puños de encaje blanco y pelucas empolvadas ligeramente desfasadas, portando pesados manuales de la Constitución de mil setecientos noventa y uno.

Se agolpaban alrededor del banco de madera de Alfonso, pasándole notas manuscritas a toda prisa con dedos temblorosos mientras intentaban blindar legalmente el cuello de su soberano frente al implacable paredón jacobino que Magón dirigía con una sonrisa triunfal.

Aprovechando el breve tumulto que se generó mientras los secretarios ordenaban los legajos de las pruebas, los tres defensores se agolparon alrededor del banco de madera de Alfonso.

Malesherbes, con el rostro surcado de arrugas y los ojos empañados por la gravedad del momento, se inclinó primero hacia su oído, bloqueando la línea de visión de los guardias con su cuerpo.

—Majestad, tenéis que escucharme con atención —le susurró Malesherbes con un hilo de voz apresurado y trémulo—.

Los jacobinos han convertido esta sala en un circo.

No busquéis apelar a vuestro honor de soldado ni desafiéis la autoridad de la asamblea en vuestras respuestas.

Cada palabra que pronunciéis será utilizada para enardecer a las tribunas públicas.

Raymond Desèze, manteniendo la vista fija en la mesa presidencial donde Magón ordenaba unos papeles con una sonrisa de maldad pura, se acercó por el flanco izquierdo, pasándole una nota manuscrita disimuladamente a Alfonso.

—Malesherbes tiene razón, Sire. La estrategia legal es clara —intervino Desèze en un susurro cortante y enérgico—.

Cuando Barère comience a leer los treinta y tres cargos de la acusación, vuestra única respuesta debe ser la misma: negar el conocimiento de esos documentos oficiales o remitirnos a la Constitución de mil setecientos noventa y uno.

Esa ley declaraba vuestra persona sagrada e inviolable.

Si os mantenéis firme en esa línea, forzaremos a Tronchet a impugnar la competencia de este tribunal.

—Pero mirad a ese hombre, al presidente —replicó Alfonso en voz muy baja, señalando sutilmente con la barbilla hacia Magón—. Él no busca aplicar vuestras leyes francesas. Conozco esa mirada. Es un verdugo que ya ha dictado mi sentencia en su mente antes de empezar.

—Lo sabemos, Majestad —sentenció Tronchet, arrimándose al grupo con un semblante sombrío—.

Toda la Convención Nacional está sedienta de sangre para legitimar la República, pero la ley es nuestro único escudo frente a la guillotina.

Por lo que más queráis, comedido en los gestos, hablad solo cuando se os interrogue directamente y dejad que nosotros rebatamos las cartas del armario de hierro. Nos jugamos la cabeza en cada párrafo.

Mientras los tres juristas le bombardeaban con tecnicismos legales sobre constituciones y decretos republicanos, las palabras rebotaban en los oídos de Alfonso como un zumbido lejano.

La situación emocional del soldado era de un desgaste absoluto, al borde del colapso psicológico.

Se sentía profundamente asfixiado, no solo por los muros colosales de la Convención y la marea de gorros frigios que le gritaban desde las gradas, sino por una impotencia que le desgarraba el pecho.

Él era un hombre de acción, un guerrero forjado en las distancias cortas de la antigüedad, y verse allí atado de manos, obligado a simular ser un monarca extranjero sumiso ante las leyes de unos desconocidos, ponía a prueba cada milímetro de su autocontrol.

Pero lo que verdaderamente desataba el pánico en su fuero interno, lo que le hacía latir el corazón con la fuerza de un tambor de guerra, era su preocupación enfermiza por encontrar a María.

Alfonso estaba firmemente convencido de que ella también había sido arrastrada a ese mismo año de mil setecientos noventa y tres; pensaba que la corriente cuántica provocada por el sabotaje de Magón en Valladolid los había escupido a ambos en la misma época, tal y como había ocurrido en el pasado.

La idea de que María estuviera sola, desamparada en mitad de un París sumido en el Terror jacobino, le aterrorizaba.

Sabía lo peligroso que era ese siglo. Si Magón lo tenía a él bajo custodia en la Torre del Temple, ¿dónde demonios estaba ella?

¿La habrían capturado las patrullas de los sans-culottes en mitad de la calle por vestir ropas extrañas?

¿Estaría encerrada en la conserjería, incomunicada, esperando un juicio idéntico?

Miró con desesperación las manos desnudas de Magón en el estrado superior; la marca seguía allí, pero sin María a su lado, la posibilidad de saltar en el tiempo y rescatarla de esa locura revolucionaria era una quimera inalcanzable.

Tenía que sobrevivir a ese tribunal, no por salvar la corona de Luis XVI, sino para no dejar a la mujer que amaba a merced de su peor enemigo.

Las instrucciones de los abogados se cortaron en seco cuando un grito estridente, cargado de un odio visceral, restalló desde lo más alto de las gradas del público, rompiendo la disciplina del tribunal.

—¡A María Antonieta también hay que juzgarla y cortarle la cabeza! —bramó un sans-culotte agitando un sable en el aire—. ¡La austriaca es tan culpable como el tirano! ¡Que rueden las dos cabezas en la plaza!