CAPÍTULO IX #3
María se levantó del sillón grande y caminó detrás de él por el estrecho corredor.
—Vale —se limitó a responder ella, forzando un tono lacónico que encajaba perfectamente con el perfil de una agente profesional que mantiene las distancias—. Mañana iré en cuanto termine en el laboratorio del Doctor Baker.
Ambos se detuvieron frente al umbral del apartamento. Leonardo le dedicó una última mirada cargada de complicidad y misterio con sus ojos avellana, alzando la mano en un ademán sobrio antes de cruzar la puerta.
—Buena suerte mañana con Alejandra —susurró él.
—Buena suerte —replicó María con un hilo de voz.
Se saludaron con un sutil gesto de cabeza, un código mudo entre dos personas que compartían un secreto demasiado peligroso para el resto del mundo.
María empujó la pesada hoja de madera lacada hasta cerrar por completo la puerta de la calle, pasando los recios cerrojos de hierro con un chasquido metálico que resonó con eco en el piso 3A.
A solas de nuevo en la inmensidad de Wellington Square, miró fijamente el papel con la dirección del entrenamiento y el tosco móvil analógico sobre la mesa.
Se giró al cerrar la puerta y se dirigió de nuevo al salón para dejarse caer en el centro del sofá.
Estaba en completo shock. La cabeza le daba vueltas en mitad de la penumbra; no entendía absolutamente nada de la red de espías de la Guerra Fría ni de la misteriosa implicación de Leonardo.
A la vez, su instinto de supervivencia le advertía que tenía que dejarse llevar por los acontecimientos, fingiendo ser la pieza que todos esperaban, hasta lograr entender qué es lo que estaba haciendo ella exactamente allí y por qué la caprichosa corriente temporal la había desviado a mil novecientos noventa y uno en lugar de devolverla a su hogar.
Al poco tiempo, la tensión acumulada y el desgaste del salto cuántico le pasaron factura; empezó a sentir algo de hambre, por lo que decidió que lo mejor sería bajar a buscar un supermercado que estuviera cerca de allí.
No quería arriesgarse a levantar sospechas saliendo inmediatamente después de su invitado, así que dejó pasar una hora prudencial desde que se fue Leonardo.
Cuando el reloj digital marcó las siete y media, María se puso en pie, cogió el abrigo que tenía colgado en el perchero del recibidor —una prenda de lana oscura que encajaba con el gélido clima inglés—, se guardó las llaves de latón con el sobre de las libras en el bolsillo y bajó a la calle dispuesta a comprar algo para cenar en la soledad de su nuevo refugio.
Salió a la calle y avanzó en dirección al supermercado.
El aire de la noche era cortante y la llovizna daba una tregua, dejando los adoquines relucientes bajo la mortecina luz amarilla de las farolas.
Caminó a paso rápido, cruzando el perímetro arbolado de la plaza y adentrándose en una avenida comercial cercana.
Oxford a esa hora ya se replegaba, pero los escaparates iluminados de los comercios le devolvían la estampa viva de mil novecientos noventa y uno.
Al llegar, empujó las puertas de cristal del establecimiento y un golpe de luz fluorescente y música pop de la época la recibió de inmediato.
Al entrar, vio que las cajeras estaban a la derecha, sentadas tras unos aparatosos mostradores con las primeras cajas registradoras de pantalla de fósforo verde y escáneres de códigos de barras ruidosos que emitían un pitido constante.
María tomó una cesta de plástico rojo y entró en el pasillo primero de la panadería.
El olor a masa horneada y pan reciente la reconfortó al instante; seleccionó una hogaza de pan de molde blanco y unos panecillos crujientes.
María continuó su camino adentrándose en la zona de los lácteos, donde las neveras abiertas zumbaban con fuerza; allí cogió una botella de leche fresca en cartón y un bloque de queso cheddar.
Pasó luego por la sección de la fruta, seleccionando unas manzanas brillantes, y avanzó por los pasillos centrales, donde cogió también algunas galletas de avena envasadas en tubos de plástico y un paquete de té de reserva.
Finalmente, llegó al mostrador del fondo y seleccionó algo de carne para asados y huevos.
Además, cogió verdura, aceite y especias entre otras cosas.
Hizo una compra considerable que le permitirá al menos comer esa semana.
Cargando con el carro de plástico, se dirigió hacia las líneas de caja de la derecha.
Esperó su turno tras un estudiante que ojeaba una revista musical y, al llegar ante la cajera, extrajo los billetes del sobre de libras para pagar la cuenta.
El sonido metálico de la caja registradora y el tintineo de las monedas de cambio la devolvieron por un instante a la realidad de su misión.
Salió del establecimiento sintiendo el gélido viento nocturno de Oxford en el rostro, pero con la tranquilidad de tener el sustento asegurado para los próximos días.
Caminó a paso rápido de regreso a Wellington Square, atenta a las sombras de los callejones.