CAPÍTULO IX #2
—Cuénteme, ¿qué es lo que quieres? —le espetó María, mirándole detenidamente a Leonardo, analizando la fijeza de sus ojos avellana y la absoluta calma con la que sostenía su postura.
Leonardo no se inmutó ante la frialdad de la pregunta.
Dejó que un sutil hilo de vapor ascendiera de su taza antes de dar un sorbo pausado al té.
La miró de vuelta con una seriedad que transformó las finas facciones de su rostro rubio, demostrando que, detrás de sus modales aristocráticos y su elegante traje, se escondía un hombre acostumbrado a lidiar con situaciones de extremo peligro.
—Veo que sigues yendo directo al grano, María; me gusta —respondió él, dejando la taza sobre la mesa con un chasquido seco—. No tenemos tiempo para rodeos.
María le miró detenidamente, analizando hasta el último poro de la piel de quién tenía enfrente. Fue en ese instante de silencio cuando Leonardo sostuvo su taza con una mano y le preguntó de forma casual:
—¿Ya te han seleccionado como becaria?
María se quedó estupefacta en su asiento.
Una oleada de incredulidad y alarma le recorrió el cuerpo, obligándola a apretar los dedos alrededor de la loza caliente para no delatar su agitación.
¿Cómo podría saber Leonardo que ella había estado en el departamento de investigación de la universidad y que le habían contratado como becaria?
Hacía apenas unas horas que se había despedido de Alejandra y del doctor Baker en la planta alta, y el documento duplicado del contrato todavía descansaba a buen recaudo dentro de su bolso.
Aquel hombre rubio de traje elegante no solo conocía su nombre real, sino que seguía sus pasos al milímetro en un Oxford de 1991 en el que ella se suponía una completa desconocida.
María asimiló el golpe en silencio, obligando a sus músculos a relajarse. Controló el tono de su voz y, de forma pausada, le dijo a Leonardo:
—Sí, ya me han seleccionado. Hoy mismo he firmado el contrato y mañana empezaré a trabajar en el laboratorio.
Leonardo asintió con una expresión de profunda satisfacción, dando un corto sorbo a su taza de té.
—Muy bien —le dijo él, dejando la loza sobre la mesa con suavidad—. Todo está siguiendo el plan que trazamos para saber quién es el espía ruso que está infiltrado en la Universidad.
El hombre rubio se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos sobre sus rodillas y mirándola con una seriedad que helaba la sangre.
—Hemos podido saber que se han filtrado más datos confidenciales sobre las últimas investigaciones de física cuántica —continuó Leonardo en un susurro cargado de urgencia—.
El departamento del doctor Baker está avanzando a pasos agigantados en encontrar el método definitivo para poder viajar en el tiempo a través de la física cuántica.
Ese conocimiento es un poder absoluto, María, y bajo ninguna circunstancia puede caer en manos de Rusia ni de los Estados Unidos.
Si una de las dos potencias se hace con el control del pasado, destruirá el equilibrio del mundo.
—Por otro lado, es necesario que nuestros colegas te sigan adiestrando para que puedas defenderte si las cosas se complican —añadió Leonardo, extrayendo una pequeña libreta de cuero del bolsillo interior de su chaqueta—.
Sé que eres buena en artes marciales, pero allí podrás acceder a más conocimientos de técnicas nuevas y aprovechar el tiempo para entrenar a fondo.
Con un bolígrafo de tinta negra, apuntó unas líneas apresuradas antes de arrancar la hoja.
—Para ello, te dejo apuntada en este papel la dirección a la que tienes que ir —le dijo, deslizando la nota sobre la mesa de madera hacia ella—.
Está a tan solo tres manzanas de aquí, en los límites de la plaza, por lo que podrás acudir sin problemas cada tarde en cuanto regreses de la universidad. No bajes la guardia, María.
—Tienes que descubrir quién está infiltrado en esa investigación —sentenció Leonardo, clavando sus ojos avellana en ella con una fijeza gélida—.
Acuérdate de que en el núcleo del proyecto están los cuatro técnicos de laboratorio, el doctor Baker y la doctora Alejandra.
Ellos son los que manejan los datos directos.
Pero no te limites a vigilarlos a ellos, María.
En ese mismo edificio de la universidad conviven otros doctores, técnicos de laboratorios secundarios y grupos de investigación de otras temáticas muy diversas.
Cualquiera de ellos, desde el contiguo de biofísica hasta el encargado de los archivos, puede formar parte de la red de espías rusos.
María asintió lentamente, tomando el papel con la dirección del entrenamiento mientras sentía que la habitación se volvía un poco más pequeña.
El mapa de sospechosos se expandía de golpe ante ella.
Tenía que adentrarse al día siguiente en el laboratorio simulando ser una inocente becaria, pero con los ojos de una estratega, vigilando a su propia madre, a Baker, a los cuatro técnicos y a cada científico que cruzara los corredores de la planta alta.
El traidor estaba respirando el mismo aire que Alejandra, y ella era la única que podía desenmascararlo.
—Me tengo que ir —dijo Leonardo, interrumpiendo el espeso silencio del salón y poniéndose en pie con un movimiento ágil que delató la potencia de sus piernas—.
Estaremos en contacto. A partir de ahora, cuando tengas noticias urgentes o descubras algo sospechoso en la universidad, tienes que pulsar el número uno en la marcación rápida del teléfono móvil y colgar de inmediato; esa será nuestra señal y yo te llamaré desde una línea segura.
El hombre rubio avanzó hacia el pasillo del recibidor, donde se descolgó la gabardina oscura que ya había escurrido el agua de la lluvia. Antes de metérsela por los hombros, se giró hacia ella una última vez.
—He concretado con nuestro compañero que mañana, sobre las cinco de la tarde, podrás ir a ese pabellón a empezar a entrenar —añadió, abrochándose los botones—. No faltes.