CAPÍTULO IX
El restaurante elegido era un local típicamente inglés ubicado a no más de cuatrocientos metros del edificio donde se organizó la jornada.
Para llegar hasta allí, María cruzó el umbral del ala de investigación y salió a la calle, adentrándose en el corazón de Little Clarendon Street.
Caminó despacio por la estrecha y adoquinada acera, bordeando los escaparates de pequeñas librerías de viejo, tiendas de ropa vintage y cafés universitarios que desprendían aroma a repostería recién horneada.
Sorteó a varios estudiantes que empujaban bicicletas bajo los imponentes muros de piedra caliza y giró a la izquierda al incorporarse a Woodstock Road, donde el tráfico de los antiguos automóviles Rover marcaba el compás de los noventa.
A los pocos pasos, localizó la fachada de madera oscura y grandes cristaleras de Browns Oxford.
El restaurante era típico inglés: al empujar la puerta, la recibió una atmósfera señorial y acogedora, con suelos de madera, techos altos decorados con molduras, hileras de cabinas de cuero para los comensales y un bar central con grifos de bronce relucientes.
El aire olía a asado, a salsa de carne y al té de la tarde que ya empezaban a servir en las mesas contiguas.
María tomó asiento en un rincón discreto y a repasar mentalmente su estrategia frente a la inminente llegada de Leonardo.
El tintineo de los cubiertos sobre la mesa la devolvió a la realidad cuando el servicio comenzó a traer los platos.
Buscando un ancla de normalidad en mitad de su tormenta mental, María se dispuso a probar tres platos típicos de la gastronomía británica que había seleccionado del menú.
Primero, le sirvieron un humeante Scotch egg como entrante: un huevo duro envuelto en una capa crujiente de carne de salchicha picada y sazonada, rebozado a la perfección en pan rallado y frito hasta dorarse, acompañado de una sutil mostaza inglesa que le aportaba un toque picante al paladar.
A continuación, llegó el plato principal, un contundente Shepherd's pie emplatado en una fuente individual de cerámica caliente.
María hundió la cuchara a través de la dorada y crujiente costra superior de puré de patata gratinado al horno, descubriendo un generoso y jugoso guiso de carne picada de cordero cocinada a fuego lento con guisantes, zanahorias y una densa salsa de vino tinto y cebolla que desprendía un aroma reconfortante.
Para finalizar el almuerzo, degustó un postre clásico de la isla: un trozo de Sticky toffee pudding.
Era un bizcocho tierno y esponjoso elaborado con dátiles triturados, bañado por completo en una densa y cálida salsa de caramelo toffee que se derramaba por los bordes del plato, coronado con una generosa bola de helado de vainilla que comenzaba a derretirse suavemente por el calor del dulce.
A pesar de la delicia de los manjares, María apenas pudo saborearlos del todo.
Comía de forma mecánica, con la mirada perdida en el barómetro de bronce de la pared y masticando con prisa.
Cada vez que consultaba la hora en la interfaz parpadeante del tosco móvil analógico que había dejado sobre el mantel, sentía una punzada de nerviosismo en el estómago.
La comida en el local inglés terminaba, la tarde caía sobre Oxford y su mente no hacía más que pensar inquietamente en la misteriosa y peligrosa reunión de las seis de la tarde en el piso 3A de Wellington Square.
Después de terminar de comer, María hizo una leve seña con la mano y pidió la cuenta al camarero.
Pagó el almuerzo y, tras dejar una propina cortés sobre la mesa, se levantó de la silla.
Lo hizo despacio, alisándose los pantalones y ajustándose la correa del bolso sobre el jersey, sintiendo cómo los nervios acumulados en el estómago volvían a activarse al ponerse en pie.
El breve descanso había terminado; la hora de la verdad se aproximaba.
Salió del establecimiento y se dirigió a coger el autobús hasta llegar al apartamento.
El trayecto de regreso comenzó a pie, bajo un cielo que amenazaba con descargar una nueva tormenta.
Caminó a paso rápido por la acera gélida de Woodstock Road, con los hombros encogidos para guarecerse del viento del norte, hasta alcanzar la marquesina de St Giles' Street.
Esperó apenas unos minutos hasta que el pesado autobús rojo hizo su aparición entre el tráfico analógico de Oxford.
Subió los peldaños, validó su billete y tomó asiento en el piso superior, junto a la ventanilla.
A través del cristal empañado por el vaho, vio desfilar de nuevo las siluetas góticas de las facultades y los coches Rover de los noventa, una estampa urbana que se distorsionaba con las gotas de lluvia.
Al cabo de unas cuantas paradas, el vehículo frenó con un siseo neumático en los lindes de Wellington Square.
María bajó a la calzada y devoró los últimos metros a pie por la plaza arbolada hasta cruzar el portalón del edificio número doce.
Subió las escaleras de tramo en tramo, con el llavero de latón tintineando en sus dedos, y se encerró en el piso 3A.
Una vez llegó al piso, María dejó el bolso en la mesa de la entrada y se dirigió directamente a la cocina para calmar los nervios que la atenazaban.
Se preparó un té siguiendo el lento ritual de la época: llenó un hervidor de metal con agua del grifo y lo colocó sobre los mandos de la encimera.
Esperó en silencio hasta que el agua rompió a hervir con un silbido agudo y monótono que inundó la estancia.
Vertió el líquido humeante en una taza de loza blanca sobre una bolsita de té English Breakfast, observando cómo el agua transparente se teñía lentamente de un tono ámbar oscuro y profundo, desprendiendo un aroma reconfortante a hojas secas y malta.
Le añadió una nube de leche de la nevera de bordes redondeados que compró y un chorrito de miel, removiendo el brebaje con una cucharilla metálica cuyo tintineo resonó con eco en las paredes de la cocina.
Con la taza caliente entre las manos, regresó al salón y se sentó en el centro del sofá marrón.
Apoyó la espalda contra los mullidos cojines y colocó la loza sobre sus rodillas, dejando que el calor del recipiente le templara los dedos entumecidos por el frío de Oxford.
Clavó la mirada fija en el recibidor, inmóvil en mitad de la penumbra de la estancia que solo estaba iluminada por los dígitos rojos del reloj digital.
La espera se volvió eterna, una agonía de minutos en la que el ruido de la nevera al fondo del pasillo parecía marcar una cuenta atrás asfixiante.
María daba sorbos cortos a su té, manteniendo el oído atento, con el corazón golpeándole con fuerza las costillas.
A esperar el sonido del timbre del piso de la llamada de Leonardo, cada segundo pesaba como el plomo.
De repente, a las seis en punto de la tarde, el silencio sepulcral del 3A se rompió de golpe.
El timbre del portalón resonó en el pasillo con el sonido de la llamada de Leonardo, un zumbido eléctrico, estridente y tosco, típico de los telefonillos analógicos de los noventa, que restalló en las paredes del apartamento como una descarga de adrenalina.
María dio un vuelco en el asiento. Dejó la taza de té en la mesa de centro con manos temblorosas, se alisó el jersey para recuperar la compostura de su falsa identidad y se puso en pie.
La hora de enfrentarse al misterio de los espías cuánticos y descubrir quién era ese hombre acababa de llegar.
María avanzó por el pasillo con paso firme, conteniendo la respiración, y abrió la puerta principal. En el umbral del rellano apareció un hombre de facciones afiladas, gabardina oscura empapada por la lluvia y una mirada inteligente que la recorrió de arriba abajo con absoluta naturalidad.
—Hola, María —dijo él, esbozando una sonrisa tranquila que a ella le heló la sangre.
—Hola, Leonardo. ¿Puedes pasar? —respondió María, forzando un tono cortés y abriendo la puerta por completo.
—Gracias. Hace un frío de mil demonios ahí fuera —comentó el hombre mientras se quitaba la gabardina y la colgaba en el perchero del recibidor.
Al quitarse la prenda de abrigo, María pudo observar sus rasgos con detenimiento.
Leonardo era un hombre alto, rubio y de unos profundos ojos avellana, con unas facciones finas y aristocráticas que le daban un aire distinguido.
Vestía un traje de chaqueta muy elegante.
Sin embargo, bajo la tela del corte clásico, María se dio cuenta de que tenía unos brazos, torso y unas piernas notablemente fuertes, la complexión atlética de alguien habituado a un riguroso entrenamiento físico que camuflaba bajo sus modales educados.
—Pasa al salón, por favor. Toma asiento —le indicó María, señalando hacia el interior de la estancia—. ¿Te apetece un té para entrar en calor?
—Te lo agradezco en el alma, María. Un té caliente sería fantástico —respondió él con voz educada, encaminándose hacia el salón.
—No tardo nada, ponte cómodo —añadió ella.
María fue a preparar el té de forma inmediata. Regresó a la cocina, vertió el agua hirviendo en una nueva taza de loza, añadió la bolsita, la nube de leche y la miel con movimientos mecánicos pero rápidos.
A los pocos minutos, volvió con él al salón, sosteniendo las dos tazas calientes con cuidado.
Fue en ese momento, cuando vio que Leonardo iba a sentarse en el sofá que se conectaba a la derecha de un sillón grande a juego con el sofá, cuando María percibió con mayor claridad la imponente y fuerte presencia física de su misterioso interlocutor.
Dejó las tazas sobre la mesa de madera contrachapada, frente a la televisión, dispuesta a escuchar qué tenía que decirle.
María se acomodó en el sillón grande a juego, justo a la izquierda del sofá donde Leonardo acababa de sentarse. Tomó su propia taza entre las manos, sintiendo el reconfortante calor de la loza en sus dedos, y clavó sus ojos en él.