CAPÍTULO VIII #3
Alfonso fue obligado a sentarse en un modesto banco de madera en el centro de la sala, bajo el escrutinio de cientos de miradas cargadas de un odio secular.
El presidente del tribunal, clavando sus ojos en él con una frialdad matemática, hizo sonar una pesada campana de bronce para exigir silencio en la sala.
Cuando el clamor popular se apaciguó levemente, se dirigió a él con una voz potente que resonó en cada rincón del graderío:
—Luis Capeto —declaró el presidente, despojándolo deliberadamente de cualquier tratamiento de nobleza y usando el apellido plebeyo que la República le había impuesto—.
Comparecéis ante los representantes del pueblo soberano.
Se os acusa formalmente de treinta y tres cargos de alta traición, tiranía y sabotaje contra la libertad de la nación.
Al escuchar aquellas palabras, Alfonso levantó los ojos con pesadez, venciendo el dolor de la luz, y los dirigió firmemente hacia la tribuna elevada desde donde se lo habían dicho.
Clavó la vista en las facciones del hombre que sostenía la campana de bronce y, al enfocar la imagen en mitad de la claridad de la sala, sintió que el corazón le daba un vuelco salvaje en el pecho.
Comprobó horrorizado que quien lo estaba juzgando era Magón.
El general de Cartago estaba allí, mimetizado con la corriente temporal y camuflado bajo las imponentes ropas del alto tribunal revolucionario, luciendo la banda tricolor sobre el pecho.
La cicatriz de su mandíbula y sus ojos cargados de un odio milenario eran inconfundibles.
Alfonso comprendió en ese mismo segundo la magnitud de la jugada de su archienemigo: Magón no se había quedado atrapado en 1469; de alguna manera, el salto cuántico lo había llevado a París de 1793 convirtiéndolo en el Tribunal de la Convención Francesa para ejecutar legalmente a Alfonso en la guillotina.
Magón lo miró desde lo alto del estrado con una sonrisa ladeada y triunfal, disfrutando de saber que tenía el control absoluto sobre el mazo que dictaría su sentencia de muerte.
El juicio comenzó de inmediato, desarrollándose de una forma implacable y asfixiante.
Un secretario de la Convención dio paso a la lectura del acte énonciatif, desgranando uno a uno los cargos criminales: desde la conspiración secreta con potencias extranjeras enemigas para invadir el suelo patrio hasta la matanza de ciudadanos en el Palacio de las Tullerías y el desvío de fondos públicos para corromper la opinión popular.
Alfonso escuchaba la enumeración de los delitos con la mandíbula apretada, intentando trazar una estrategia defensiva.
A su lado, un equipo de abogados defensores —encabezados por el veterano Malesherbes y el brillante Raymond Desèze— tomó la palabra de inmediato para intentar salvar su cabeza prestada.
Desèze se alzó con vehemencia ante el tribunal, atacando directamente la legitimidad de la Convención para juzgar al monarca:
—Ciudadanos representantes, buscáis juzgar a un hombre basándoos en la ley, pero estáis actuando a la vez como acusadores y jueces de vuestra propia causa.
Bajo los términos de la Constitución, la persona del rey es inviolable.
¡No podéis condenar al hombre que restauró la libertad del pueblo francés!
Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de la defensa por apelar a la historia y a los derechos legales, Alfonso pudo percibir en el ambiente que el veredicto de culpabilidad ya estaba decidido de antemano.
Las miradas de los diputados jacobinos no buscaban un debate justo; buscaban un acto simbólico que marcara un punto de no retorno para fundar la República sobre la sangre de su antiguo soberano.
La sesión transcurrió entre la hostilidad y la tensión más absoluta, dejando a Alfonso con la terrible certeza de que su tiempo en este París revolucionario se medía únicamente por los votos que decidirían la caída inminente de la guillotina.
Magón sonreía con una risa de maldad pura, contenida apenas por el decoro del tribunal.
Gesticulaba con arrogancia mientras ordenaba el silencio en la sala con amplios movimientos de los brazos.
Al levantar la mano derecha para señalar las actas de acusación, la manga de su casaca revolucionaria se desplazó ligeramente hacia atrás.
Fue en ese instante cuando Alfonso agudizó la vista y pudo comprobar que Magón todavía tenía la marca cuántica grabada en la muñeca, brillando de forma casi imperceptible bajo la luz de la gran sala de la Convención.
El frío de la certeza lo recorrió de arriba abajo.
Las piezas de su trágico destino encajaban a la perfección.
La única llave para activar un salto temporal de regreso a casa residía en la unión de esa marca con la de María, pero Alfonso, sin María, no podía salir de allí.
Estaba completamente desarmado en una era que no le correspondía y con su peor enemigo sosteniendo el mazo que ordenaría su ejecución.
El general cartaginés lo tenía exactamente donde quería: acorralado en la piel de un rey sentenciado y despojado de la única mujer capaz de abrir las puertas del tiempo.