CAPÍTULO VIII #2
¿Francia? ¿París? Los nombres golpearon la mente de Alfonso sin un solo punto de anclaje, haciéndole dar un paso atrás.
En su era original, el doscientos nueve antes de Cristo, aquellas tierras más allá de los Pirineos no eran más que la indómita Galia, una vasta extensión de bosques y tribus celtas de donde procedían los mercenarios más feroces que bajaban a luchar a favor de Cartago.
Comprender que el portal cuántico no solo lo había separado de María, sino que lo había lanzado siglos hacia el futuro, al corazón de una nación nacida de aquellos antiguos bárbaros del norte y atrapado en la piel de su moribundo soberano, le provocó un auténtico vértigo.
Estaba en el territorio de los galos, pero el mundo que él conocía ya no existía.
Alfonso seguía profundamente confuso, con la mente embotada por el frío y la inverosímil revelación del prisionero vecino.
Se pasó las manos desnudas por el rostro, tratando de asimilar los términos «Francia», «París» y la certeza de estar en el antiguo territorio de la Galia, pero su intelecto militar se negaba a procesar la magnitud del salto.
En realidad, no hacía nada más que pensar en María.
Su recuerdo era lo único real a lo que aferrarse en mitad de aquella pesadilla de piedra.
Sabía con total certeza que ya no se encontraba en la era de los Reyes Católicos, que aquel plan del banquete en Valladolid se había desintegrado por completo bajo la luz de la luna llena, pero no sabía qué había pasado con María.
¿Hacia dónde la habría arrastrado la corriente temporal?
¿Estaría ella a salvo en su siglo original, o el maldito sabotaje de Magón la habría sepultado a ella también en un rincón hostil de la historia?
La tortura de no saber su paradero le dolía infinitamente más que la herida de su espalda o la amenaza latente de la guillotina francesa.
Esa noche Alfonso no durmió bien; tuvo terribles pesadillas.
En sus sueños se mezclaban de forma caótica las cadenas de las minas de plata de Cartago, la silueta de María cabalgando a su lado por los cerros de Valladolid y una enorme hoja de metal reluciente que caía desde el cielo para separarlo de ella para siempre.
Se despertaba sobresaltado en mitad de la penumbra, empapado en un sudor frío que congelaba su piel en la gélida celda de la torre.
A la mañana siguiente, el estruendo de los cerrojos rompió el silencio sepulcral de la estancia. El carcelero abrió la celda de un golpe y entró con una mueca descarada en el rostro, apuntándolo vagamente con el mosquete.
—Vamos, «Su Majestad» —le dijo el carcelero, riéndose a carcajadas con un tono cargado de sarcasmo—. Arréglese las solapas, que los ciudadanos de la Convención le están esperando abajo. Es hora de dar un paseo, que hoy le van a juzgar por alta traición.
El hombre se volvió a reír con fuerza, disfrutando del absoluto desamparo del monarca derrocado, mientras una escolta de soldados con bayonetas caladas asomaba por el pasillo de piedra. Alfonso se incorporó despacio, con la mandíbula apretada y el orgullo de soldado intacto.
El carcelero lo agarró por los brazos con brutalidad y le ató las manos con fuerza, enrollando una burda cuerda de esparto alrededor de sus muñecas.
El nudo quedó tan sumamente apretado que Alfonso sintió un dolor agudo, casi cortándole la circulación de la sangre de la muñeca y entumeciéndole los dedos desnudos.
Intentó zafarse por puro instinto militar, pero el soldado lo empujó hacia el pasillo con un violento golpe de culata en los riñones.
—¡Muévete, Capeto! —ladró el hombre entre risas—. La justicia del pueblo no espera.
Alfonso tropezó, pero recuperó el equilibrio de inmediato, apretando la mandíbula mientras avanzaba flanqueado por las bayonetas caladas.
A medida que salía de la torre, comenzó a descender por una estrecha y empinada escalera de caracol de piedra caliza, gastada en el centro por el paso de los siglos.
El aire se volvió aún más denso y gélido.
A los lados del corredor, pudo ver cómo eran las celdas de los pisos inferiores: eran tétricos calabozos de pesadas puertas de roble con pequeñas rejillas de hierro oxidado, de donde escapaba un olor nauseabundo a orina, moho y desesperación.
A través de los portones entornados o de las aspilleras, se adivinaban habitáculos minúsculos, oscuros y desprovistos de cualquier tipo de mobiliario, donde los prisioneros políticos de la Revolución yacían hacinados sobre paja húmeda.
Los lamentos ahogados y el tintineo de los grilletes contra las losas resonaban en las paredes de sillería de la fortaleza medieval, creando una sinfonía fúnebre.
Cada escalón que Alfonso bajaba lo alejaba de la altura de su celda y lo adentraba más en las entrañas de aquel presidio infernal, un laberinto de opresión jacobina que custodiaba el camino directo hacia el tribunal.
Al franquear el último portalón de hierro y salir por fin a la calle, Alfonso descubrió que los ojos no podía abrirlos.
Tras estar sepultado en la penumbra de la celda, la claridad del día invernal, aunque gris y neblinosa, le golpeó las pupilas con la fuerza de un fogonazo blanco.
El dolor punzante en los ojos lo obligó a entornar los párpados con desesperación, lagrimeando a causa de la ceguera temporal mientras el viento helado del Sena le azotaba el rostro.
Aprovechando su vulnerabilidad, los soldados lo llevaron a rastras desde la torre hasta donde lo iban a juzgar. Sin piedad con sus manos atadas que ya habían perdido la sensibilidad, los guardias lo empujaban y lo arrastraban por los brazos sobre el suelo de adoquines irregulares y resbaladizos.
El trayecto se convirtió en un auténtico calvario público a través de un París sumido en la paranoia revolucionaria.
A ambos lados de la calzada, flanqueando la marcha, una multitud vociferante de hombres y mujeres de rostros desencajados por el odio —los temibles sans-culottes— lo escoltaba entre insultos y escupitajos.
El clamor de los tambores de la Guardia Nacional marcaba un ritmo fúnebre, que se mezclaba con el traqueteo de los carruajes militares y el chocar de las picas.
Alfonso, obligado a caminar a tropezones con las botas hundidas en el lodo de las avenidas parisinas, mantenía la cabeza alzada a duras penas.
Cada manzana recorrida, cada grito de «¡Muerte al tirano!
» que restallaba en el aire, le confirmaba que la República no buscaba justicia, sino un espectáculo de sangre.
Aquel viaje a rastras por el corazón de la antigua Galia lo conducía de forma directa e implacable hacia la sala de la Convención, la boca del lobo donde se decidiría su ejecución.
El contraste con la penumbra de la torre volvió a cegarlo por un instante.
Cientos de diputados revolucionarios e intelectuales jacobinos abarrotaban los asientos dispuestos en semicírculo, ascendiendo hacia las tribunas públicas desde donde el graderío gritaba con furia.
En cuanto la silueta desaliñada de Alfonso apareció en el estrado, el tumulto se transformó en un estrépito de abucheos, picos y puños alzados en el aire.
La atmósfera desprendía un olor denso a pólvora y sudor.