CAPÍTULO VIII
Mientras tanto, el sordo zumbido del portal cuántico se disolvió en un silencio pesado que devolvió a Alfonso a la consciencia.
Abrió los ojos de golpe, pero la negrura que lo rodeaba era casi absoluta.
No había rastros del salón del banquete de Valladolid, ni de las sedas medievales, ni de las manos desnudas de María aferrándolo para el salto.
Estaba tumbado sobre un jergón estrecho y áspero que olía a humedad y a paja podrida.
Se incorporó despacio, conteniendo una exclamación cuando un dolor agudo y punzante le recorrió la espalda; su herida seguía allí, pero el entorno se había transformado por completo.
Se levantó tambaleante y sus botas resonaron contra un suelo de losas de piedra frías y agrietadas.
Al extender las manos en la penumbra, sus dedos tropezaron con la superficie rugosa de una pared de sillería descomunal, un muro fortificado de un grosor colosal que desprendía un frío glacial capaz de calar los huesos.
Guiándose por el tacto, Alfonso avanzó por la estancia hasta que sus ojos se habituaron a la escasa claridad.
No era una alcoba real, sino una celda sombría en lo alto de una torre medieval.
La única fuente de luz provenía de una ventana estrecha, un saetón alto y ojival fortificado con una densa cuadrícula de rejas de hierro forjado que cortaba el aire exterior.
Al asomarse y aferrarse a los fríos barrotes, una ráfaga de viento invernal y cortante le azotó el rostro.
Fuera, bajo un cielo plomizo y ceniciento, se extendía una ciudad inmensa y desconocida, de tejados empinados de pizarra y chimeneas que escupían humo negro hacia la niebla.
Abajo, en el patio de la fortaleza, el eco de unos pasos de patrulla y el chocar de unas bayonetas rompieron el silencio.
Alfonso retrocedió un paso, con el pulso desbocado y la mente sumida en el caos más absoluto: no estaba María y, a su vez, se encontraba encarcelado.
No sabía si seguía en Valladolid o si la corriente cuántica los había arrastrado a una línea temporal completamente distinta.
Le entró el pánico al no encontrar a María.
La angustia le atenazó la garganta, impidiéndole casi respirar mientras recorría la celda con la mirada desorbitada.
¿Dónde estaba? ¿Acaso el salto había fallado en el último segundo y su hermano, el rey Enrique IV, había irrumpido en el salón de Valladolid para capturarla?
¿O se encontraba ella encerrada en otra mazmorra de ese mismo edificio, sufriendo a manos de los soldados castellanos?
La impotencia de no saber si ella estaba a salvo o prisionera lo golpeó con la fuerza de un ariete.
De repente, unos pasos pesados se detuvieron al otro lado del portón de madera reforzado con bandas de hierro.
Se escuchó el tosco chirrido de una mirilla al abrirse y Alfonso oyó una voz con un acento muy peculiar, arrastrado y gutural, que le recordó de inmediato a cuando conoció a un soldado del norte en los cuarteles de Cartagena.
Era una pronunciación extranjera, áspera y cargada de una hostilidad que le heló la sangre.
—Hé bien, Capet! Tu es enfin réveillé? —ladró la voz desde la rendija, arrastrando las erres de un modo salvaje—. Muévete si no quieres que el rancho se enfríe. Los ciudadanos de la guardia no estamos aquí para servir a los tiranos.
Alfonso se apartó de la reja, buscando alguna pista en la penumbra.
Fue entonces cuando reparó en que el suelo, cerca del jergón, estaba rodeado de pesados libros de historia, tomos de leyes y tratados encuadernados en cuero desgastado que se amontonaban en desorden.
Todavía no era consciente de dónde estaba ni a qué se debía aquella reclusión intelectual en mitad de tanta hostilidad.
De repente, los recios cerrojos de hierro de la puerta crujieron y la celda se abrió de golpe.
Un guardia de aspecto desaliñado, que lucía una escarapela tricolor en su sombrero y sostenía un mosquete, irrumpió en la estancia acompañado de un denso olor a alcohol.
El hombre clavó sus ojos en él con una mueca cargada de desprecio.
—Vaya, vaya... Miren a quién tenemos aquí —le llamaron, ensanchando una sonrisa burlona y arrastrando las palabras con descaro—. ¿Cómo se encuentra hoy el «Rey Luis»? ¿Acaso las sábanas de la nación no son lo bastante finas para vuestra augusta espalda?
Antes de que Alfonso pudiera reaccionar ante aquel insulto, el guardia dio un paso al frente y le pegó un fuerte empujón en el pecho que lo hizo retroceder contra la mesa de roble.
—¡Ya no estás con lujos, eh! —escupió el soldado, soltando una carcajada áspera mientras le señalaba el modesto cuenco de comida sobre las losas—.
Se terminaron los banquetes de Versalles, ciudadano Capeto.
Acostúmbrate a la sopa rancia, porque de aquí a la guillotina es lo único que vas a saborear.
Alfonso apretó los dientes, conteniendo el impulso de abalanzarse sobre el cuello del guardia y estrangularlo allí mismo con sus propias manos.
Su cuerpo dolió por el impacto contra la mesa, pero su mirada de soldado se desvió instintivamente hacia el modesto cuenco de barro que el hombre le había señalado.
Se acercó despacio y una oleada de repulsión le revolvió el estómago.
Vio la comida nauseabunda que le habían servido: un caldo espeso, turbio y amarillento que desprendía un olor fétido a verdura podrida y grasa rancia.
Al inclinarse un poco más, descubrió horrorizado que dentro había bichos; pequeños gusanos y gorgojos negros flotaban inermes en la superficie del líquido o se retorcían entre los trozos de pan duro que flotaban a la deriva en el plato.
Aquella inmundicia no era comida; era un recordatorio diario del desprecio de sus captores.
Miró de reojo las portadas de los libros esparcidos por el suelo y luego la sopa infestada.
La verdad comenzaba a encajar en su mente de una forma siniestra y escalofriante: el portal cuántico lo había lanzado al corazón de una prisión extranjera, atrapado en la piel de un rey caído en desgracia al que pretendían alimentar como a un animal antes de llevarlo al matadero. Pero, ¿quién era?
El carcelero, al ver su gesto de absoluto desprecio hacia el cuenco, soltó un bufido de impaciencia, se dio la vuelta y salió de la celda arrastrando los pies. Después, cerró la puerta de un portazo que hizo retumbar los cimientos de sillería de la torre.
El impacto desató el eco de un estruendo metálico y seco.
La puerta era una mole de madera de roble maciza y ennegrecida por los siglos, de un grosor colosal, reforzada de arriba abajo por anchas bandas de hierro forjado y tachonada con enormes clavos de cabeza cuadrada que parecían garras sujetando la madera.
Desde el exterior, Alfonso escuchó el rugido de la enorme llave de arrastre girando dos veces en la cerradura, seguido por el sonido de una pesada barra de hierro que caía sobre sus soportes.
De inmediato, la celda se quedó otra vez en un silencio sepulcral, espeso y opresivo.
El eco del portazo se extinguió lentamente en los pasillos de la torre, dejando a Alfonso a solas con el olor nauseabundo de la sopa infestada de bichos, el frío glacial que se colaba por las rejas y la terrible certeza de que estaba atrapado en una jaula de piedra sin salida.
A los pocos minutos, cuando el eco del portazo se había extinguido por completo, una voz temblorosa y amortiguada por la densidad de los muros de piedra se oyó desde otra celda, dirigiéndose a él a través de una pequeña rejilla de ventilación que conectaba los pasillos.
—Pronto os condenarán por alta traición... Se lo he oído decir a un carcelero, Alteza —susurró la voz misteriosa, cargada de un desaliento absoluto—. Ya está decidido todo por los revolucionarios en la Convención Nacional. Es solo cuestión de tiempo.
Alfonso se quedó petrificado en mitad de la estancia, sintiendo que el aire se volvía aún más gélido a su alrededor.
«Alta traición». «Alteza». Las piezas del siniestro rompecabezas en el que lo había sepultado el portal cuántico comenzaban a encajar.
Él, un estratega y soldado del año doscientos nueve antes de Cristo, estaba encerrado en el cuerpo de un rey extranjero cuyo propio pueblo ya había juzgado y sentenciado a muerte antes incluso de que se dictara la sentencia oficial.
Alfonso, pensando firmemente que seguía en Castilla y que la torre formaba parte de alguna fortaleza controlada por los espías de Enrique IV, se acercó apresuradamente a la rejilla de ventilación de la pared.
—Pero ¿está prevista la condena en Valladolid? —preguntó Alfonso con un tono de urgencia militar—. ¿Y María? ¿Saben si la tienen retenida en ese mismo palacio? ¡Responded!
Un silencio denso y cargado de desconcierto se adueñó del conducto de piedra.
El hombre que le escuchaba al otro lado del muro no entendía absolutamente nada; no comprendía por qué su soberano le hablaba de Valladolid, de una tal María o de tierras castellanas cuando se encontraban en mitad del invierno de París, cercados por la barbarie de la Revolución.
—¿Valladolid, Sire? —replicó la voz desde la otra celda, sumida en una profunda confusión—.
¿De qué María me habláis? Vuestra esposa, la reina María Antonieta, está encerrada en la torre pequeña de esta misma prisión.
Y no estamos en España, Majestad... Estamos en la Torre del Temple, en París.
Estáis en Francia, rodeado de jacobinos que ansían ver rodar vuestra cabeza.
Olvidaos de Castilla; vuestro juicio por traición se está celebrando aquí mismo, ante la Convención Nacional de la República Francesa.