CAPÍTULO VII #5
María descendió a la planta baja y, tras mostrar su acreditación al guardia del umbral, se adentró en el gran salón de actos.
El espacio estaba repleto de alumnos de la Universidad y becarios que abarrotaban las hileras de asientos de madera, murmurando entre apuntes y carpetas.
Ella buscó un lugar discreto en las filas traseras, resguardada en la penumbra.
Pronto, las luces se atenuaron y el primer ponente dio comienzo a la sesión bajo el título: «El tiempo cuántico: ¿Por qué el micromundo no cree en los relojes?
». María escuchó fascinada cómo el científico explicaba que, a nivel subatómico, el tiempo lineal no existe.
En el micromundo, las partículas pueden existir en superposición, habitando el pasado y el futuro simultáneamente, como si las leyes de la física cuántica se burlaran de las manecillas de cualquier reloj convencional.
Para ella, que venía del siglo XXI, había estado en 209 antes de cristo y acababa de dejar atrás el siglo XV, aquellas fórmulas en la pizarra eran la primera confirmación teórica del caos que experimentaba en su propio cuerpo.
La segunda temática elevó la tensión en el auditorio: «La Paradoja del Abuelo ante el Tribunal Cuántico: El legado de 1991».
El ponente analizó de manera brillante cómo la física cuántica de ese mismo año estaba logrando resolver los viejos dilemas de la ciencia ficción.
Explicó que, si un viajero regresara al pasado e impidiera su propio nacimiento, la mecánica cuántica no destruiría la realidad, sino que crearía un sistema de mundos paralelos auto-consistentes donde el cambio se asimila sin romper el tejido del universo.
María se tensó en su asiento, recordando de inmediato la advertencia de Alfonso y su propia misión.
La física de 1991 estaba asentando las bases racionales de lo que ella, Alfonso y Magón estaban viviendo en directo.
A media mañana, la jornada se adentró en la ingeniería pura con la ponencia «Simulando bucles temporales en procesadores cuánticos modernos».
El científico a cargo describió cómo los primeros y rudimentarios ordenadores del laboratorio del doctor Baker estaban intentando trazar algoritmos capaces de curvar el espacio-tiempo a nivel matemático.
Hablaron de entrelazamiento de partículas a través de conductos temporales cerrados, lo que a oídos de María sonaba exactamente igual que la tecnología oculta detrás de la llave cuántica que Claudia le había descrito en Cartago.
La teoría que esos alumnos anotaban con inocencia en sus cuadernos de espiral era la misma fuerza que la mantenía atrapada en los noventa.
El clímax científico de la jornada llegó con el debate titulado «Multiversos y Líneas Temporales: ¿Física real o salida de emergencia matemática?
». En este bloque se discutió la hipótesis de que cada decisión o alteración cuántica no borra el mapa de la Tierra, sino que bifurca la realidad en infinitas líneas temporales que coexisten en un multiverso multidimensional.
María miró de reojo la acreditación que colgaba de su cuello.
Aquella discusión no era un mero ejercicio intelectual o una salida de emergencia para los matemáticos; era la explicación exacta de por qué, al activar las marcas en el túnel de Cartago, la corriente la había desviado a este Oxford de 1991 en lugar de devolverla a su hogar en 2025.
La jornada clausuró con una ponencia de tintes oscuros que encendió todas las alarmas en el pecho de María: «Física, espías y bytes: El peligro de controlar la información del pasado».
El profesor advirtió con gravedad sobre los riesgos geopolíticos de la computación cuántica en mitad de un mundo donde la Guerra Fría daba sus últimos coletazos.
Explicó que el primer país en descifrar los secretos del tiempo y controlar la información del pasado tendría el poder absoluto para reescribir la historia, interceptar comunicaciones antes de que se produjeran y ganar cualquier guerra sin disparar un solo proyectil.
Al escuchar la palabra «espías», la mente de María conectó los cabos en un segundo: la misteriosa llamada de Leonardo, la amenaza del agente ruso y la inquietante presencia de Magón en esa era cobraron un sentido temible.
El conocimiento de ese laboratorio era un arma de destrucción masiva y ella era una pieza clave para proteger el futuro. ¿Pero y su madre? ¿Qué hacía allí?
María caminaba entre la multitud de estudiantes que abandonaban el salón de actos, pero se sentía completamente flotando en una burbuja de aislamiento.
Las preguntas martilleaban su mente con una crueldad insoportable.
En su línea temporal, Alejandra había muerto en un accidente de tráfico cuando ella era solo un bebé; una tragedia azarosa que había marcado su infancia.
Sin embargo, verla ahora liderando la vanguardia de la computación cuántica junto al doctor Baker cambiaba las reglas del juego de forma drástica.
¿Había sido el accidente de coche una tapadera en el futuro?
¿Estaba su madre involucrada en los viajes temporales mucho antes de que la propia María naciera?
Una sospecha terrible y helada empezó a abrirse paso en su pecho: si los espías internacionales y hombres como Magón andaban tras la tecnología de Baker, la muerte de su madre en la línea original podía no haber sido un accidente.
Quizás Alejandra había sido eliminada para silenciar sus descubrimientos, o tal vez todo lo que María creía saber sobre su propio pasado familiar era una inmensa mentira diseñada para protegerla.
Se ajustó la correa del bolso con fuerza, sintiendo el peso del amuleto cuántico contra el esternón; el peligro ya no era solo una misión abstracta para salvar la historia de la humanidad, ahora era una cuenta pendiente para salvar la vida de su propia madre.