La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO VII #4
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CAPÍTULO VII #4

A María le entró un sudor frío que le recorrió hasta el alma.

Todo el entusiasmo que la había encendido, albergando la desesperada esperanza de que fuera Alfonso, se congeló en un segundo, dejándole una opresión insoportable en el pecho.

La decepción y el desconcierto la golpearon con tanta fuerza que se quedó completamente paralizada, incapaz de articular palabra ante el auricular de plástico.

De repente, se produjo un silencio sepulcral en la línea, roto únicamente por el siseo de la estática analógica. Al notar que la joven no respondía, la suficiencia de la voz al otro lado pareció matizarse.

—María, ¿estás? —volvió a preguntar Leonardo, esta vez con un tono más inquisitivo, tratando de comprobar si la comunicación seguía activa.

—Sí. Estoy —contestó María, tragando saliva para recuperar la compostura.

—Tenemos que vernos —continuó él, adoptando una seriedad cortante—. Nuestros compañeros han encontrado quién es el espía ruso que está intentando robar los avances tecnológicos sobre la computación cuántica.

—Mañana por la mañana no puedo —respondió María a la defensiva, pensando en la jornada de investigación con su madre y el doctor Baker—. Pero por la tarde podemos quedar.

—Iré a tu piso sobre las seis de la tarde —dijo Leonardo antes de colgar, dejando la línea sumida de nuevo en el frío tono de la estática.

María colgó el pesado aparato analógico y se quedó perpleja, con la mirada fija en las luces verdes de la pantalla que se apagaban lentamente.

No tenía la menor idea de quién era ese tal Leonardo, pero su mente analítica le advirtió de inmediato del peligro: cualquier movimiento en falso, cualquier respuesta equivocada sin haber comprobado, podría dar lugar a un cambio irreversible en la historia.

En ese Oxford de 1991, el hilo del tiempo era tan delgado como el papel del callejero que guardaba.

Comprendió que su única opción para sobrevivir y mantener el futuro intacto era jugar el papel que el destino le acababa de asignar.

Con una mezcla de temor y determinación, decidió que se dejaría llevar por los acontecimientos, fingiendo ser la aliada que Leonardo esperaba encontrar al día siguiente en ese mismo salón.

Una vez terminada la llamada, se fue a la cama arropada por el eco de la lluvia contra los cristales.

El cansancio acumulado terminó por vencerla, pero la noche estuvo plagada de sueños inconexos donde se mezclaban las túnicas medievales, el agua del Pisuerga y el rostro de su madre vestida con bata blanca.

A la mañana siguiente, María se despertó temprano, antes de que el despertador digital marcara las siete.

Permaneció unos instantes inmóviles entre las sábanas, asimilando de golpe que se encontraba en el Oxford de 1991.

Se levantó decidida y se dirigió a la cocina.

Encendió los mandos de la vieja encimera y preparó un té negro en la cafetera de goteo, llenando el apartamento del aroma reconfortante de las hojas secas.

Mientras esperaba a que el agua hirviera, se asomó al ventanal del salón: la plaza seguía envuelta en una neblina densa, pero la llovizna al fin había dado una tregua.

Desayunó a toda prisa una tostada con miel en la mesa y regresó al dormitorio principal para vestirse.

Rebuscó de nuevo en el armario y eligió ropa sencilla y abrigada para pasar desapercibida entre los estudiantes de la universidad: unos pantalones de pana marrón, un jersey de cuello vuelto de punto grueso en color crema y unos zapatos planos de cordones.

Antes de salir, se miró en el espejo del baño, se recogió el cabello en un lazo y se aseguró de que el amuleto cuántico estuviera bien escondido bajo el tejido del jersey.

Agarró el llavero de latón del piso 3A, metió el tosco teléfono móvil en su bolso y guardó el callejero desplegable por si acaso.

Tras comprobar que las ventanas estaban bien cerradas, echó la llave del apartamento.

Caminar por Oxford a esa hora de la mañana era como adentrarse en una postal académica detenida en el tiempo.

María avanzó a paso ligero, guiándose con el callejero de papel que ya empezaba a conocer de memoria.

Cruzó los jardines de Wellington Square y se internó por las avenidas flanqueadas por imponentes muros de piedra caliza, donde decenas de estudiantes con carpetas bajo el brazo y chaquetas de punto se apresuraban hacia sus respectivas facultades a lomos de ruidosas bicicletas de paseo.

El aire de los noventa olía a asfalto mojado, a tierra de jardín y al humo de los tubos de escape de los viejos coches Rover y Austin que circulaban por las calzadas.

María llegó al edificio de los laboratorios cuánticos, un bloque de arquitectura gótica cuya fachada de arcos ojivales camuflaba la tecnología de vanguardia que bullía en su interior.

Empujó el pesado portón de roble y se adentró en el ala de investigación, donde el silencio majestuoso del exterior fue sustituido de inmediato por el parpadeo sordo de los tubos fluorescentes y el traqueteo monótono de las primeras impresoras de agujas.

Recorrió el pasillo principal con el pulso acelerado, sintiendo que cada paso la acercaba un poco más al misterio de su propio origen.

Subió un tramo de escaleras de caracol y avanzó por un corredor flanqueado por puertas de madera con carteles de metacrilato.

Al fondo de la galería, localizó el umbral definitivo.

La placa dorada junto a la moldura indicaba claramente los cargos: Doctor Baker - Director de Proyecto y Dra.

Alejandra - Jefa de Investigación. María se detuvo un segundo frente a la puerta, se alisó los pantalones de pana para calmar los nervios y, tras asegurarse de que el amuleto cuántico seguía bien oculto bajo su jersey crema, llamó firmemente con los nudillos, lista para enfrentarse a la jornada que decidiría el destino de la línea temporal.

—¿Se puede? —preguntó María, tocando a la puerta con suavidad.

—Sí. Pasa —contestó su madre desde el interior.

María pasó al despacho, donde el olor a café reciente y a archivadores cargados de papeles la recibió de golpe. Alejandra estaba sentada tras un escritorio de roble repleto de gráficas cuánticas, anotando algo con rapidez.

—Estos son los datos que me pediste del currículum y para el alta como becaria —dijo María, forzando una sonrisa profesional para ocultar los nervios mientras le entregaba los papeles a Alejandra.

Su madre los revisó con atención durante unos instantes, asintiendo con la cabeza conforme comprobaba que todo estuviera en orden. Tras guardarlos en una carpeta de cartón, abrió un cajón de su mesa y le entregó un documento duplicado del contrato de becaria.

—Muy bien, ya está —le dijo Alejandra con una sonrisa amable, devolviéndole el bolígrafo—. Firma aquí. Con esto ya puedes irte a la Jornada sobre física cuántica para empezar a familiarizarte con el departamento. Te veré aquí mismo para empezar a trabajar mañana a primera hora.

—La jornada se celebra en la planta baja —continuó Alejandra, señalando con el dedo hacia el pasillo exterior—. Tienes que enseñar esta acreditación y podrás pasar.

María tomó la pequeña tarjeta de plástico con un cordón azul que su madre le extendía; lucía el sello oficial de la Universidad de Oxford y su cargo temporal.

—La jornada dura un día —le explicó la científica con tono profesional—.

En ella podrás conocer algo sobre los proyectos de investigación que realizamos aquí.

Es una jornada donde solo van alumnos de la Universidad y becarios, así que estarás en un entorno familiar.

A partir de mañana, cuando vuelvas aquí, te enseñaremos varios proyectos en los que tendrás que trabajar con el doctor Baker y conmigo.

—Perfecto. Muchas gracias de nuevo —respondió María, colgándose la acreditación al cuello con una mezcla de respeto y nerviosismo.

Se despidió de Alejandra con un sutil gesto de cabeza y salió del despacho.

Al cerrar la puerta tras de sí, la joven se colocó el pase sobre el jersey crema.

Tenía cinco horas por delante en la planta baja, rodeada exclusivamente de estudiantes del Oxford de los noventa.

Cinco horas para agudizar el oído, analizar el entorno y camuflarse en la vanguardia cuántica, antes de que el reloj marcara la tarde y tuviera que regresar al piso 3A de Wellington Square para enfrentarse a la enigmática cita con Leonardo.