La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO VII #3
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CAPÍTULO VII #3

Al girar la llave, María vio que la puerta se abrió con un suave gemido de las bisagras. Entró despacio, conteniendo el aliento, y cerró a sus espaldas pasando el cerrojo en un silencio absoluto.

Entró primero a un pasillo largo y estrecho de paredes empapeladas con rayas verticales en tonos pastel, que en frente tenía el salón.

Antes de adentrarse en la estancia principal, María avanzó unos pasos y pasó por otro pasillo lateral que distribuía el resto de la vivienda.

A medida que avanzaba, la luz grisácea de la tarde que se filtraba por las ventanas le permitió inspeccionar cada rincón del que se suponía era su nuevo hogar.

A mano derecha vio la primera habitación.

Era un dormitorio pequeño y funcional, presidido por una cama individual con un edredón de flores de colores desvaídos.

Junto a la ventana, un escritorio de madera contrachapada sostenía un flexo de metal negro, un bote lleno de bolígrafos Bic y un radiocassette de doble pletina que descansaba junto a un par de cintas de música apiladas.

La segunda habitación, un poco más amplia, parecía el dormitorio principal; tenía una cama de matrimonio y un imponente armario de tres puertas empotradas.

Sobre la mesilla de noche, un reloj despertador digital de números rojos parpadeaba con el zumbido eléctrico propio de la época, revelando que el piso seguía conectado a la red.

Justo enfrente de los dormitorios se abría el único baño del piso.

Era una estancia pequeña, revestida de azulejos blancos con cenefas geométricas.

Al asomarse, María vio una bañera con una cortina de plástico translúcido, un lavabo encastrado sobre un mueble de formica y un pequeño espejo con bordes redondeados donde descansaba un bote de laca y un cepillo de pelo.

Al fondo de ese pasillo lateral localizó la cocina, un espacio alargado que desprendía un ligero olor a café cerrado.

Los muebles eran de madera clara con tiradores de plástico beige.

Sobre la encimera de granito gris destacaba una cafetera de goteo con la jarra de cristal vacía, un tostador de ranura ancha y, en una esquina, un imponente microondas de mandos giratorios, un auténtico lujo tecnológico para 1991.

En el centro de la estancia, una nevera de bordes redondeados roncaba con un traqueteo monótono.

Tras comprobar que todas aquellas estancias estaban completamente vacías, María desanduvo sus pasos hacia el pasillo de entrada. Solo le quedaba por revisar el salón que se abría frente a ella.

María dio unos pasos hacia el frente y se adentró en el salón.

La estancia era acogedora, inundada por la luz mortecina y grisácea que entraba a través de un gran ventanal con vistas a las copas de los árboles de la plaza.

Las paredes combinaban el tono crema con una estantería repleta de libros de texto de física y literatura.

En el centro, sobre una alfombra de lana gruesa, destacaba una mesa de centro de madera sobre la que descansaba una televisión de tubo, de esas pesadas que distaban mucho de las de 2026.

Junto a ella había un mando a distancia de botones cuadrados.

En una esquina, un teléfono supletorio de rueda fija permanecía anclado a la pared con su característico cable rizado.

Agotada y superada por los acontecimientos, María se fue instintivamente a sentar en el sofá de tres plazas tapizado en pana marrón que presidía el salón. Se dejó caer sobre los mullidos cojines, hundiéndose en el silencio absoluto del apartamento.

Fue en ese preciso instante, al quedarse quieta y notar el vacío del asiento a su lado, cuando se dio cuenta de que había perdido a Alfonso.

Hasta ese momento, la adrenaline de perseguir a su madre, fingir ser una becaria y buscar el piso la había mantenido en pie.

Pero ahora, la cruda realidad caía sobre ella con el peso de una losa: algo había salido terriblemente mal con el viaje temporal.

Alfonso nο había ido con ella. No estaba en la biblioteca, no estaba en el piso, no pertenecía a este 1991.

¿Se había quedado atrapado en el siglo XV?

¿Magón había cruzado también a esta línea temporal?

La soledad más absoluta la devoró por dentro.

De repente, se le cayeron las lágrimas. Comenzaron a brotarle de los ojos lentamente, deslizándose por sus mejillas y empapando la camisa de franela a cuadros.

El llanto contenido estalló en un sollozo silencioso en mitad de aquel salón ajeno, atrapada en los noventa, sin saber si alguna vez volvería a abrazar al hombre por el que había desafiado al mismísimo tiempo.

Otra vez no había funcionado la elección que ella había pensado para el viaje en el tiempo.

Agotada físicamente y rota por la angustia de la pérdida y el viaje, María no pudo resistir más el peso de sus párpados. Se tumbó y cayó desvanecida en el sofá, hundiéndose en un sueño profundo y pesado que borró por un instante la realidad de los siglos.

Se despertó aproximadamente tres horas después.

Al despertar, desorientada por la penumbra que ya envolvía por completo el salón, el pánico por la ausencia de Alfonso regresó de golpe.

Se incorporó deprisa, frotándose el rostro, y se fue directamente a la habitación principal.

Con el corazón acelerado, encendió la luz de la estancia y miró qué había dentro del armario empotrado de tres puertas, abriéndolas de par en par con la necesidad urgente de comprobar si había rastro de otra persona que pudiera alojarse allí con ella, o si Alfonso también hubiera estado allí.

Las puertas de madera crujieron suavemente, revelando un interior forrado de madera clara con varias baldas y una barra metálica.

Sin embargo, no encontró nada más que ropa de mujer de su talla: chaquetas vaqueras, jerséis de punto grueso, faldas tejanas y camisas que encajaban perfectamente con el vestuario de 1991.

Ni una sola prenda de hombre. Ninguna pista. Estaba sola.

Frustrada y arrastrando el frío de la llovizna de Oxford que aún parecía impregnado en sus huesos, se fue a la ducha.

Se despojó de la camisa de franela y los vaqueros de tiro alto y se adentró en el baño.

Abrió el grifo de la bañera y esperó a que el calentador hiciera su trabajo hasta que un denso vaho comenzó a empañar el espejo de bordes redondeados.

Se metió tras la cortina de plástico translúcido y dejó que el chorro de agua caliente le cayera con fuerza sobre la cabeza, los hombros y la espalda, aliviando la dolorosa tensión acumulada desde el banquete en Valladolid.

El sonido del agua golpeando los azulejos blancos llenó la estancia mientras María apoyaba las manos en la pared, entornando los ojos y dejando que su cuerpo se relajara.

Aquel baño de agua caliente fue el primer atisbo de confort en su nueva y confusa línea temporal.

María regresó al dormitorio principal, el de la cama grande, con la toalla aún enredada en el cabello y la reconfortante sensación del agua caliente en el cuerpo.

Al acercarse a la mesilla de noche de madera, algo capturó su atención de inmediato: sobre la superficie descansaba un teléfono móvil de la época.

Lo tomó entre sus manos con una mezcla de curiosidad y extrañeza.

No tenía nada que ver con los dispositivos del siglo XXI: era un aparato analógico de resina negra, grueso y pesado, con una antena de plástico rígido y extraíble en la parte superior.

El diseño, que recordaba a un Motorola MicroTAC o un teléfono de bloque, contaba con una tapa plegable que cubría un teclado físico de botones de goma duros y numerados.

La pantalla no era táctil ni a color; consistía en una pequeña banda de cristal líquido con luces LED verdes que apenas permitía mostrar una línea de caracteres y números pixelados.

Lo tomó entre sus manos con una mezcla de curiosidad y extrañeza. No tenía nada que ver con los dispositivos del siglo XXI: era un aparato analógico de resina negra, grueso y pesado, con una antena de plástico rígido y extraíble en la parte superior.

Con los dedos temblorosos y el corazón golpeándole con violencia las costillas, María no se lo pensó dos veces.

Pensando que podría ser Alfonso, que tal vez había encontrado la forma de contactar con ella a través de la red analógica, devolvió la llamada inmediatamente.

Marcó el número digitalizando los botones de goma rígida del aparato y se llevó el pesado terminal a la oreja.

El silencio de la línea fue sustituido por el tono de marcado.

Después de cinco tonos agudos que sonaron eternos en la penumbra de la habitación, alguien descolgó el teléfono al otro lado.

La estática vibró un segundo en el auricular antes de que una voz masculina, pausada y de una frialdad matemática, hablara.

—María...

A ella se le congeló la sangre en las venas.

Aquel hombre la llamaba por su nombre real, con una naturalidad pasmosa, a pesar de que ella no pertenecía a esa época.

Se suponía que en ese Oxford de 1991 nadie debía saber quién era ella en realidad, y mucho menos su verdadero nombre del siglo veintiuno.

Apretando el bloque de plástico negro contra su rostro, María contestó intentando camuflar el pánico de su voz:

—Sí... dígame.

—Soy Leonardo —respondió el interlocutor desde el otro lado de la línea. De inmediato, el hombre se rió con una suficiencia insoportable—. ¿No me conoces? —preguntó, y se volvió a reír con fuerza, disfrutando del absoluto desconcierto y del silencio aterrado que se había adueñado del piso 3A.