CAPÍTULO VII #2
—Muchas gracias, doctora... Alejandra —respondió María, corrigiéndose a tiempo para no levantar sospechas—. Mañana a primera hora estaré aquí con toda la documentación.
María dio media vuelta y salió a paso ligero del laboratorio, sintiendo que el suelo flotaba bajo sus pies. Acababa de conseguir el pase de entrada perfecto al núcleo de la investigación del doctor Baker y su madre.
Cruzar las puertas de la biblioteca hacia el exterior fue como recibir una bofetada de realidad. Bajo la llovizna fina y el cielo plomizo de Oxford, María se detuvo en mitad de la acera, abrazándose a sí misma para protegerse del frío húmedo que calaba su camisa de franela.
Su prioridad absoluta en ese instante, incluso antes de empezar a buscar a Alfonso, era encontrar el apartamento de Wellington Square.
Aquella situación era un auténtico sinsentido: ella nunca había vivido en Inglaterra.
Su madre, Alejandra, era natural de Madrid, pero se había mudado a Oxford años atrás siguiendo una prometedora oferta de trabajo en el campo de la investigación cuántica, y María apenas conocía los detalles de aquella etapa.
Ahora se encontraba en una ciudad extraña en el año 1991, sin un mapa, sin teléfonos móviles con los que guiarse y sin tener la menor idea de si las llaves del número doce estaban en sus bolsillos o si aquel apartamento era solo una fachada del destino.
Se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros de tiro alto, buscando desesperadamente algo que la ayudara.
Sus dedos tropezaron con un trozo de metal frío y un papel doblado.
Al sacarlos, descubrió un llavero de latón con una pequeña etiqueta gastada que rezaba «Flat 3, 12 Wellington Sq.
» y un billete de cinco libras de la época.
Soltó un suspiro de puro alivio que se transformó en vaho en el aire gélido.
Tenía las llaves y algo de dinero suelto, pero ahora le tocaba la tarea más difícil: orientarse entre los imponentes edificios de piedra gótica de la universidad, tragar de golpe su orgullo y empezar a preguntar a los transeúntes, en mitad de la lluvia, cómo demonios llegar a la plaza antes de que cayera la noche.
Bajo la llovizna pertinaz, María apresuró el paso por la acera hasta que vislumbró la silueta de un quiosco de prensa tradicional.
El mostrador estaba lleno de periódicos, cómics y revistas de la época protegidos por plásticos transparentes para evitar que se mojaran.
Un cartel de metal de una marca de tabaco crujía levemente con el viento del otoño inglés.
María se acercó al dependiente, un hombre de mediana edad que la miró con parsimonia desde el interior del puesto.
—Excuse me, do you have a city street map? —preguntó María, forzando su mejor acento para que la mujer del quiosco la entendiera ya que no era nativa inglesa.
—Yes, love. There you go —respondió el quiosquero, sacando de un estante un callejero desplegable de papel satinado—. That will be two pounds fifty, please.
María metió la mano en el bolsillo de sus vaqueros de tiro alto y sacó el dinero suelto que llevaba.
Extendió el billete de cinco libras que había encontrado minutos antes para pagarle al del quiosco.
El hombre tomó el billete, le devolvió el cambio en monedas de libra y peniques junto con el mapa, y le deseó un buen día.
María se resguardó de inmediato bajo el pequeño alero de una cabina telefónica roja que había justo al lado.
Con manos temblorosas por el frío y los nervios, comenzó a desplegar el enorme plano de papel, ansiosa por localizar por fin las coordenadas de Wellington Square y descubrir qué camino debía seguir a pie.
María recorrió con el dedo índice las líneas del plano de papel hasta que por fin localizó la calle. Wellington Square estaba al norte del centro histórico, demasiado lejos para ir caminando bajo aquella llovizna implacable que amenazaba con dejarla completamente empapada.
Con el mapa bien doblado bajo el brazo, cruzó la calle a paso ligero y se acercó a una parada de autobús resguardada por una marquesina de cristal.
No tuvo que esperar mucho. Un pesado autobús de dos pisos, de color rojo descolorido por los años, frenó ante la acera levantando un leve siseo de aire comprimido.
María no lo dudó y se aproximó a la ventanilla del conductor en cuanto este abrió las puertas para dejar bajar a un par de estudiantes.
—Excuse me —le preguntó al autobusero que paró, asomando la cabeza con timidez—. Can you tell me which bus goes to Wellington Square?
El conductor, un hombre mayor con un grueso uniforme azul y un marcado acento de las afueras de Oxford, miró a María con amabilidad sobre sus gafas de lectura.
—You need the number seven, love —le explicó con paciencia, señalando con el dedo hacia el fondo de la avenida—. This one doesn't go there. You have to catch the number seven over at St Giles' Street, just outside the Taylor Institution. It'll drop you right around the corner from the square.
María memorizó las indicaciones a toda prisa, agradeciéndole la ayuda con una sonrisa de puro alivio antes de que el autobús cerrara sus puertas y reanudara la marcha entre el tráfico de la tarde.
Tenía que caminar unas pocas manzanas hacia St Giles' Street para subir al número siete, el autobús definitivo que la dejaría a las puertas de su misterioso destino.
María se apresuró a lo largo de la acera de St Giles' Street, sorteando a los peatones que se protegían bajo sus paraguas.
De repente, al levantar la vista, el corazón le dio un vuelco: el autobús número siete acababa de hacer la parada unos metros más adelante y los últimos pasajeros ya estaban subiendo a bordo.
Sin pensárselo dos veces, salió corriendo para no perderlo.
Sus zapatos golpearon con fuerza los charcos del asfalto mientras agitaba el brazo en el aire, presa del pánico a quedarse varada bajo la tormenta.
Consiguió llegar jadeando justo a tiempo, colándose por las puertas traseras un segundo antes de que el conductor reanudara la marcha.
Pagó el billete con las monedas de cambio del quiosco y se dejó caer en uno de los asientos desgastado, pegando la frente al cristal empañado.
Después de estar un tiempo en el autobús, viendo pasar a través de la ventanilla los imponentes edificios universitarios teñidos por el gris del otoño inglés, el vehículo redujo la marcha.
El conductor anunció la calle por megafonía.
Había llegado a su parada y bajó a paso ligero, plantándose de golpe en los límites de Wellington Square.
La plaza, rodeada de casas de ladrillo de estilo georgiano y un pequeño jardín central cubierto de hojas secas, se abría ante ella bajo la llovizna.
María apretó con fuerza las llaves que llevaba en el bolsillo de la cazadora vaquera y bajó del autobús.
Al bajar del autobús, el desamparo volvió a golpearla en mitad de la acera.
La llovizna fina y la bruma del atardecer dificultaban la visibilidad; María miró a ambos lados, pero desde su posición no alcanzaba a ver los números grabados en las fachadas de ladrillo georgiano.
Sosteniendo el plano de papel medio empapado entre las manos, dudó un instante si ir hacia la izquierda o hacia la derecha.
Con el corazón latiéndole aprisa, optó por la derecha y comenzó a caminar, adentrándose en un laberinto de calles flanqueadas por edificios antiguos.
El desconcierto no tardó en aparecer. Viendo que los portales seguían sin estar claros, decidió detener a un par de peatones que caminaban de prisa bajo un gran paraguas negro, protegiéndose del viento.
—Excuse me —los interrumpió María, tratando de serenar su voz—,Do you know where number twelve is? I'm looking for Wellington Square.
—Oh, you're very close, love —le respondió la mujer, señalando con el guante hacia el final de la manzana—. Keep walking down this street and turn at the corner. The square opens up right behind those trees.
—Thank you so much —agradeció María, esbozando una sonrisa de puro alivio.
Siguió las indicaciones a paso ligero, apretando el llavero de latón en su bolsillo.
Al doblar la esquina, el sendero la condujo de vuelta hacia el jardín central de la plaza.
Y entonces, al fondo de la hilera de fachadas simétricas, la luz de una farola recién encendida iluminó la piedra caliza.
María clavó la vista en el portal de una imponente casa de tres plantas de estilo georgiano.
Forjado en hierro negro sobre la madera lacada, vio con total nitidez el número del edificio donde se suponía que vivía: el doce.
María aligeró el paso, devorando los últimos metros de acera mientras la lluvia arreciaba a sus espaldas.
Subió los tres peldaños de piedra caliza del porche y se resguardó bajo el pequeño alero de la entrada principal del edificio.
Con las manos entumecidas por el frío, sacó el llavero de latón de su cazadora vaquera.
Miró las llaves con detenimiento bajo la mortecina luz de la farola de la plaza y vio que su piso era el 3A.
El portal de madera del edificio estaba entornado, así que empujó con suavidad y se adentró en un portalón que olía a alfombra húmeda y a madera vieja.
Comenzó a subir las escaleras de tramo en tramo, escuchando el crujido de sus propios pasos en el silencio del inmueble.
Al alcanzar el tercer piso, se plantó frente a la puerta de madera lacada que lucía unas pequeñas letras doradas: 3A.
Introdujo la llave en la cerradura con el corazón golpeándole con fuerza el pecho, haciéndola girar dos veces hasta escuchar el seco chasquido metálico del pestillo.
Empujó la puerta despacio, conteniendo el aliento, sin saber qué o a quién se iba a encontrar al otro lado de ese umbral noventero.