CAPÍTULO VII
Al levantar la cabeza, María se quedó sin aliento.
Se encontraba en mitad de una majestuosa biblioteca, bajo una imponente estructura de techos abovedados con vigas de roble tallado y escudos heráldicos pintados a mano.
A su alrededor se alzaban, como titanes de madera, infinitas estanterías que trepaban hasta el techo, repletas de miles de tomos encuadernados en piel desgastada y lomos con letras doradas.
El silencio en la inmensa sala de lectura era casi sagrado, roto únicamente por el sutil rascado de una pluma estilográfica a lo lejos y el pasar de una página.
A través de los altos ventanales de arco ojival entraba una luz.
Confundida, María se acercó rápidamente hacia uno de los altos ventanales de arco ojival.
Al asomarse, apoyó las manos en el frío marco de piedra.
Fuera, el día estaba completamente nublado, envuelto en una bruma gris y plomiza que dejaba caer una llovizna fina sobre la ciudad.
A través de los cristales, la inconfundible silueta de Oxford se abría ante ella: a pocos metros emergía la imponente cúpula neoclásica de la Cámara Radcliffe, y más allá se recortaban las agujas góticas del colegio All Souls, recortándose contra el cielo encapotado de Inglaterra.
María desvió la mirada del periódico, con el corazón latiendo a un ritmo frenético. Cayó en la cuenta de su propia realidad física. Dio un paso atrás y se miró de arriba abajo para examinar cómo iba vestida, pasándose las manos por la ropa con incredulidad.
Pero el alivio de la comodidad duró apenas un suspiro. La ausencia de peso a su lado la golpeó con la fuerza de un rayo.
—¡Alfonso! —exclamó en un susurro desesperado, ahogando la voz para no romper el silencio sepulcral de la sala de lectura.
María empezó a buscar a Alfonso por todas partes, presa de un pánico creciente.
Comenzó a caminar a paso apresurado entre las hileras de escritorios de roble, esquivando las lámparas de bronce de pantalla verde y ganándose las miradas de reproche de un par de universitarios que levantaron la vista de sus manuales.
Recorrió los pasillos principales de la biblioteca, adentrándose en los laberintos de estanterías infinitas donde los densos lomos de piel filtraban la luz grisácea de las ventanas.
Miró detrás de los enormes pilares de madera tallada, inspeccionó los rincones de los archivos históricos y los huecos de las escaleras de caracol, pero no había ni rastro de él.
Alfonso no estaba en la sala, y el temor de que el salto cuántico lo hubiera separado de ella, o peor aún, de que Magón lo hubiera interceptado en otra línea temporal, hizo que el frío invierno de Oxford se le instalara de golpe en el pecho.
Tras registrar el último pasillo de estanterías y constatar que Alfonso no estaba allí, el vacío en su pecho se transformó en una angustia asfixiante.
Con la respiración entrecortada, María retrocedió hacia el pasillo central de la biblioteca.
Fue en ese preciso momento cuando una mujer de unos treinta y dos años pasó caminando a su lado.
Vestía una bata blanca de laboratorio que contrastaba con el entorno y revelaba su condición de científica; iba concentrada, cargando un par de carpetas con anotaciones y mirando unos gráficos con detenimiento.
María se quedó petrificada en mitad del pasillo.
Al cruzarse con ella, le empezó a recorrer un escalofrío helado por todo el cuerpo, paralizándole los músculos.
El aire se atascó en sus pulmones. Clavó los ojos en el rostro de aquella mujer.
No había ninguna duda. Era su madre. La misma madre que había perdido con tan solo un año de vida en un trágico accidente de coche.
Allí estaba, viva, joven, trabajando como científica en el Oxford de 1991, ignorante por completo de que la chica que la miraba paralizada y al borde de las lágrimas era la hija que, en esa línea temporal, pertenecía a un futuro que aún no había sucedido.
María seguía paralizada, con la mirada fija en el rostro de su madre, cuando una voz masculina y rotunda resonó desde el umbral de la sala de lectura, interrumpiendo el sagrado silencio de la biblioteca.
—Alejandra, could you step into the lab for a moment? —llamó un hombre en un perfecto inglés británico.
Al escuchar su nombre, la científica se detuvo en seco y apartó los ojos de las carpetas.
Alejandra se giró hacia la entrada de la sala con un gesto de asentimiento apresurado, ajustándose los gráficos bajo el brazo.
María sintió que el corazón le daba un vuelco al oír el nombre de su madre pronunciado en voz alta en ese Oxford de los noventa.
El laboratorio al que la llamaban estaba a solo unos pasos.
María, conteniendo el aliento para no perderla de vista, comenzó a caminar detrás de ella.
La siguió despacio, manteniendo una distancia prudencial entre las mesas de roble y las altas estanterías para no levantar las sospechas del hombre que la había llamado.
Sus zapatos planos, por fortuna, no hacían ruido contra el suelo de madera.
Cruzaron el umbral gótico de la biblioteca y se adentraron en un corredor de piedra más moderno, iluminado por tubos fluorescentes que parpadeaban con un zumbido eléctrico.
Mientras veía la bata blanca de su madre agitarse a lo lejos con cada paso, María sentía que caminaba sobre el filo de una navaja: estaba persiguiendo al fantasma de su pasado directamente hacia el corazón de la ciencia que lo iba a cambiar todo.
Alejandra llegó al final del corredor y se giró para entrar en el laboratorio. Justo en el umbral, se encontró de frente con el hombre de la voz rotunda. Al verlo, la científica esbozó una ligera sonrisa profesional.
—Dime, David —dijo ella, acomodándose las carpetas bajo el brazo.
En su afán por no perder a su madre se apresuró excesivamente por el pasillo y, antes de que pudiera frenar, se topó de golpe con ellos.
David se detuvo y la miró de frente, entornando los ojos de forma curiosa. Observó sus pantalones vaqueros de tiro alto y su camisa de franela a cuadros, un atuendo idéntico al de cualquier estudiante universitario de la época. Tras un segundo, el físico teórico esbozó una mueca de realización.
—¿Eres tú la nueva becaria? —le preguntó en inglés, dando por hecho que su presencia allí se debía al trabajo de asistencia del departamento.
Al escuchar la pregunta, Alejandra se giró lentamente sobre sus talones para ver a quién se dirigía David.
Los ojos de la científica se clavaron directamente en los de María, buscando reconocer las facciones de la misteriosa joven que acababa de irrumpir en su laboratorio.
A María se le detuvo el corazón en el pecho; tenía a su madre a menos de un metro de distancia, mirándola fijamente.
Algo confundida, María tomó aire. El terror a ser expulsada de allí, sumado al miedo atroz e instintivo de perder de vista a su madre y no volver a verla jamás, se impuso a cualquier rastro de lógica.
—Sí —respondió María con firmeza, forzando una seguridad que no sentía—. Sí, soy la becaria. Siento el retraso, me costó encontrar el pabellón.
David asintió con una leve sonrisa de aprobación, dándole por válida la excusa en el acto.
—Excelente, llegas justo a tiempo. Alejandra, enséñale dónde puede dejar sus cosas —le pidió el físico, dándose la vuelta para adentrarse en el laboratorio, que bullía con el zumbido de los primeros ordenadores de torre y pizarras repletas de ecuaciones cuánticas.
Alejandra no se movió de inmediato. Mantuvo sus ojos fijos en María durante unos segundos que parecieron eternos.
Había algo en las facciones de esa supuesta becaria, en la forma de mirarla o en el timbre de su voz, que le provocó a la científica una extraña punzada de familiaridad, un eco inexplicable que no lograba descifrar.
Sin embargo, apartando el pensamiento con profesionalidad, le hizo una sutil señal con la cabeza para que la siguiera.
—Pasa entonces —le dijo Alejandra en un tono suave pero firme—.
El trabajo aquí es complejo y el doctor no es un hombre paciente.
Yo soy Alejandra, la jefa de investigación y compañera del doctor Baker.
Como habrás podido ver en la convocatoria para la contratación de la becaria, estamos trabajando en un proyecto sobre la posibilidad de viajar en el tiempo a través de la física cuántica.
Mañana, de hecho, celebraremos una jornada sobre este tema para que te puedas familiarizar con las actividades que realizamos.
María la escuchaba con el corazón en un puño, asombrada de que su propia madre estuviera liderando el mismísimo campo científico que la había arrastrado hasta allí. Alejandra, ignorante de la conmoción de la joven, consultó una de las hojas de la carpeta y le dedicó una mirada cálida.
—En tu currículum ponía que vives en el número doce de Wellington Square —continuó la científica con una sonrisa amable—. Yo vivo relativamente cerca. Si en algún momento necesitas algo, estaré encantada de ayudarte.
—Sí, es exacto. Vivo en el número doce —mintió María con un sutil hilo de voz, forzando una sonrisa agradecida mientras asimilaba la increíble coincidencia geográfica.
Alejandra asintió de manera afectuosa y, tras intercambiar una mirada rápida con el doctor Baker, que ya se había adentrado en la sala de ordenadores, se volvió hacia ella.
—Bien. Como es tu primer día y apenas has tenido tiempo de asentarte en la ciudad, no te daremos faena todavía —le dijo Alejandra en un tono maternal que a María le encogió el alma—.
Ve a tu casa a descansar y a deshacer las maletas.
Trae tus datos de identidad mañana por la mañana cuando vengas a la jornada.
Aprovecharemos el inicio de las conferencias para firmar tu contrato de becaria y formalizarlo todo.