CAPÍTULO VI #3
El idilio matutino tuvo que dar paso a la realidad. Con un suspiro compartido, ambos se deslizaron fuera del lecho para enfundarse de nuevo en sus personajes históricos. La tregua había terminado y cada prenda que se colocaban volvía a ser parte de su armadura política.
María se acercó al arcón de madera donde sus doncellas habían dejado dispuestas las ropas del día.
Decidió vestirse ella misma para estirar el tiempo a solas con Alfonso.
Se puso una camisa interior de hilo fino y, sobre ella, un brial más sencillo que el del día anterior, confeccionado en terciopelo verde botella con discretos bordados de plata en las mangas.
No llevaba la aparatosa saya de gala, lo que le permitía moverse con mayor agilidad.
Ajustó el corpiño con destreza y dejó caer su cabello en una trenza gruesa y larga a la espalda, dejando su nuca despejada.
Finalmente, volvió a colgar en su cuello el amuleto cuántico, escondiéndolo bajo la tela del vestido.
En el otro extremo de la alcoba, Alfonso se vistió con cautela, comprobando que el vendaje de su espalda seguía en su sitio.
Se calzó unas calzas oscuras de lana fina, aptas para el frío castellano, y se enfundó un jubón de cuero flexible de color pardo sobre una camisa de lino crudo.
Aquella prenda le permitía una total libertad de movimiento en los brazos por si la situación con Magón requería echar mano de la espada.
Prescindió de las pesadas cadenas de oro de Aragón, colocándose únicamente un ceñidor de cuero negro a la cintura.
Al mirarse las manos, tomó una decisión firme: hoy tampoco llevaría guantes.
Una vez que terminó de ajustarse el ceñidor de cuero, Alfonso cruzó el aposento con paso firme pero silencioso.
Se acercó a María por la espalda mientras ella terminaba de acomodar el amuleto cuántico bajo su brial de terciopelo.
Rodeó su cintura con los brazos con una suavidad que la hizo estremecer y, apartándole levemente la gruesa trenza, le plantó un beso cálido y pausado en la nuca.
María se relajó de inmediato contra su pecho, dejando caer la cabeza hacia atrás para buscar sus ojos. Alfonso la giró con delicadeza entre sus brazos, acunándole el rostro con las manos desnudas y dándole un tierno beso en los labios que supo a complicidad.
—Tenemos que movernos, mi reina —le dijo Alfonso en un susurro, manteniendo su frente apoyada contra la de ella—.
El palacio empezará a bullir en unos minutos y Gutierre vendrá a darnos el informe.
Pero antes de que la corte nos asfixie con sus audiencias, vamos a ordenar que ensillen de nuevo los caballos.
Saldremos a cabalgar a los exteriores del palacio.
Es la única forma de volver a estar completamente solos, lejos de oídos indiscretos, y poder trazar con tranquilidad el plan para atrapar a Magón esta noche. No podemos dejar nada al azar.
Dejando atrás el Palacio de los Vivero, ambos espolearon a sus monturas para distanciarse rápidamente de la escolta. En cuanto alcanzaron el terreno abierto, el trote se convirtió en un galope tendido y vigoroso que hacía retumbar la tierra húmeda.
Alfonso iba en cabeza por una cabeza de distancia; su poderoso semental negro abría el camino con zancadas largas y enérgicas, rompiendo el viento racheado de la mañana con las crines al vuelo.
María cabalgaba justo a su lado izquierdo, pegada a su flanco.
Su yegua torda, más ligera y ágil, seguía el ritmo, compitiendo en velocidad y manteniendo los belfos a la altura de la paletilla del caballo de Alfonso.
El compás de los cascos era unánime, un ritmo frenético y acompasado que levantaba pequeños terrones de lodo a su paso.
Cabalgar así, casi en paralelo, pero con Alfonso abriendo ligeramente la marcha por seguridad, les daba una sensación salvaje de libertad.
El viento les azotaba el rostro con un frio cortante.
Redujeron la marcha mientras cabalgaban entre los chopos y sauces de la ribera del río Pisuerga, un terreno llano y arcilloso que pronto comenzó a empinarse a medida que ascendían por las laderas de los cerros calcáreos que coronan la estepa castellana.
Subieron a paso lento por un sendero flanqueado por cárcavas de tierra blanquecina y matorrales bajos, hasta alcanzar una meseta elevada que dominaba todo el valle.
Desde allí arriba, protegidos por la pendiente y con una vista limpia de cualquiera que intentara acercarse, detuvieron a los caballos, que resoplaban soltando vaho por los ollares.
El lugar era perfecto: estaban completamente solos y el silencio de la meseta vallisoletana era el único testigo para trazar el plan definitivo.
Tras acordar los detalles en lo alto del cerro, María y Alfonso emprendieron el regreso al Palacio de los Vivero.
El galope de vuelta fue más contenido, manteniendo a los caballos en un trote firme y coordinado.
Al cruzar el patio empedrado, descabalgaron con la urgencia grabada en sus rostros.
Gutierre de Cárdenas los aguardaba en la sombra del zaguán.
Tras una rápida consulta con su leal caballero, este les confirmó que Magón no había sospechado nada y seguía bajo estricta vigilancia en la villa.
La maquinaria del plan se puso en marcha de inmediato.
María, asumiendo su papel de infanta, ordenó a las cocinas reales la preparación de una cena privada e íntima para el anochecer en una de las cámaras secundarias del palacio; una invitación exclusiva para unos pocos caballeros de confianza aragoneses y castellanos, e incluyendo de manera formal al misterioso «noble extranjero Magón».
Cuando la noche cayó sobre Valladolid, el salón elegido quedó iluminado únicamente por el fuego de la chimenea y unos pocos hachones, creando una atmósfera de falsa familiaridad.
La mesa de roble estaba dispuesta con fuentes de caza, hogazas de pan y jarras de plata repletas de vino.
El inicio de la cena transcurrió entre murmullos tensos y risas forzadas por parte de los caballeros de Alfonso, que custodiaban disimuladamente las salidas.
Magón se sentaba en un extremo, observando el entorno con su habitual desconfianza y arrogancia cartaginesa.
Vestía de nuevo sus mejores galas medievales, pero sus ojos vigilaban cada movimiento de los recién casados, sabiendo que la luna llena ya empezaba a recortarse en el firmamento tras los ventanales.
Llegado el momento cumbre, Alfonso hizo una sutil señal a María con la mirada.
Ambos se pusieron en pie al unísono, sosteniendo sus copas de plata.
Con una serenidad regia que camuflaba el terremoto que rugía en sus pechos, se desplazaron lentamente por el lateral de la mesa, rodeando las sillas de los comensales hasta plantarse justo frente al cartaginés.
Magón los miró de abajo arriba, enarcando una ceja con evidente recelo mientras el silencio se apoderaba de la estancia.
—Un brindis por el futuro de nuestros reinos y por los aliados que cruzan fronteras —anunció Alfonso con voz firme, sosteniendo la copa con la mano izquierda mientras extendía la derecha, completamente desnuda, hacia el hombro de su esposa.
María dio el paso definitivo. Con el corazón golpeándole las costillas y los dedos rozando el amuleto cuántico oculto en su cuello, extendió su mano derecha hacia la copa de Magón en un gesto de aparente cortesía.
Sin embargo, antes de que los metales chocaran, María dejó caer su mano con precisión milimétrica, atrapando la muñeca de Magón para unir a la fuerza sus marcas cuánticas, mientras que con la mano derecha aferraba con desesperación los dedos descubiertos de Alfonso.