CAPÍTULO VI #2
Los recuerdos de su caótica estancia en el 209 antes de Cristo se agolparon en su mente en un segundo.
Recordó la voz agónica de Claudia justo antes de morir en aquella terrible emboscada, y cómo los soldados los habían capturado para esclavizarlos en las minas de plata.
Tras lograr escapar en mitad de la batalla, María y su nueva amiga Ariset, otra de las esclavas liberadas, habían huido a la fortaleza de Qart Hadasht antes de que los romanos completaran el sitio.
Necesitaban imperiosamente encontrar al nuevo guardián de esa era, ya que Claudia había fallecido.
Mientras se resguardaban en la humilde casa de la madre de Ariset, Alfonso se había jugado la vida entre el fragor del combate para buscar la marca cuántica, descubriendo horrorizado que el nuevo portador era el mismísimo Magón, general de las fuerzas cartaginesas.
Por dentro, María empezó a temblar con una violencia que amenazaba con desmoronarla.
El mismo monstruo que los había traicionado en el túnel estaba ahora a unos metros de distancia, vestido de seda medieval.
Sin embargo, la disciplina y el peso de la corona de Castilla se impusieron.
Clavó los talones en el suelo, irguió la espalda y forzó a su rostro a mantener una máscara de absoluta firmeza y determinación real. No podía flaquear.
La situación se había vuelto infinitamente más peligrosa. Alfonso e inclinó un poco más hacia ella, con la mandíbula apretada y la voz apenas audible entre el bullicio de los comensales.
—María, no solo tenemos que regresar mañana a nuestra época —le susurró Alfonso con frialdad militar—.
Si dejamos a Magón varado en este siglo, usará lo que sabe para cambiar la historia.
Destruirá Castilla, destruirá Aragón y el futuro dejará de existir.
Mañana por la noche, cuando los planetas se alineen, tenemos que forzarlo a saltar con nosotros.
Hay que sacarlo de esta línea temporal como sea.
María asintió imperceptiblemente, asimilando la nueva misión.
—Tienes razón. Hay que controlarlo y espiarlo cada segundo hasta mañana —respondió ella, sin apartar los ojos de su enemigo—.
No podemos dejar que hable a solas con los nobles o con los espías de mi hermano Enrique.
Le pondré a nuestro hombre más fiel para que vigile cada uno de sus pasos y supervise que no altere absolutamente nada de la historia de aquí a la medianoche.
Mañana propiciaremos el encuentro y nos lo llevaremos de este siglo.
Desde el centro del salón, Magón se percató del sutil intercambio entre los recién casados.
El cartaginés clavó su mirada en ellos de manera recelosa y desafiante, sosteniéndoles el pulso visual con una sonrisa ladeada, casi imperceptible.
Sus ojos prometían venganza. Sabía que faltaban apenas veinticuatro horas y disfrutaba sabiendo que los tenía atrapados en su red.
El banquete se prolongó durante horas entre brindis forzados, risas cortesanas y el constante tintineo de las jarras de plata.
A pesar de la opulencia de los manjares y la música de los ministriles, para María y Alfonso cada minuto fue una agonía.
Mantuvieron la compostura real mientras vigilaban de reojo a Magón, quien permaneció al fondo del salón bebiendo con parsimonia, sin desviar su mirada desafiante de la mesa presidencial.
Al filo de la medianoche, siguiendo el estricto protocolo de la corte, los recién casados se pusieron en pie para dar por terminada la celebración.
Los nobles se inclinaron en una última reverencia mientras la comitiva nupcial escoltaba a los ya esposos hacia sus aposentos privados.
Esta vez, ya bendecidos por la Iglesia, Alfonso y María cruzaron juntos el umbral de la gran cámara nupcial del Palacio de los Vivero.
Antes de que las pesadas puertas de madera se cerraran para dejarlos a solas, María detuvo con un sutil gesto a su caballero más leal, que custodiaba el pasillo.
—Gutierre, acercaos —ordenó en un susurro imperioso.
El caballero se inclinó de inmediato, atento a la infanta. María se aseguró de que las doncellas estuvieran lo suficientemente alejadas y bajó la voz al mínimo, transmitiendo una frialdad que helaba la sangre.
—Hay un hombre fuerte, de facciones rudas y mirada severa, que ha entrado al banquete vistiendo sedas que no le pertenecen.
Dice ser un noble extranjero, pero es un traidor muy peligroso.
Necesito que lo espiéis cada segundo a partir de este instante.
Vigilad con quién habla, a dónde va y qué estancias pisa en este palacio.
No permitáis que se acerque a los enviados de mi hermano Enrique ni a ningún miembro del consejo.
Su presencia aquí puede destruir todo lo que hemos construido.
Supervisad sus pasos y no le quitéis el ojo de encima hasta mañana por la noche. ¿Ha quedado claro?
—Con mi vida, mi Señora. No cometerá una sola infamia sin que yo lo sepa —respondió Gutierre de Cárdenas con firmeza, posando la mano en el pomo de su espada antes de retroceder hacia la penumbra del corredor.
La puerta de la cámara se cerró por fin, pasando los recios cerrojos de hierro.
A solas en la inmensidad del aposento iluminado por el fuego de la chimenea, María y Alfonso quedaron en un silencio absoluto.
A pesar de que la tensión política y el peligro inminente de Magón flotaban en el aire como una sombra asfixiante, el peso del aislamiento comenzó a disolverse en cuanto se miraron sin testigos.
Ya no había corte, ni espías, ni un pasado romano o un futuro cuántico que proteger; solo estaban ellos dos.
En ese instante, el deseo contenido fluyó entre ambos Alfonso caminó hacia ella y la atrajo hacia sí con un deseo desmedido. María no opuso resistencia; sus manos buscaron de inmediato el jubón de terciopelo de él, anhelando deshacerse de las pesadas telas que los aprisionaban en esa época ajena.
Sus labios se encontraron en un beso ardiente, hambriento el uno del otro, que llevaba impreso el miedo a perderse y la alegría salvaje de haber sobrevivido.
—Qué ganas tenía de ti, María...—susurró Alfonso contra sus labios, con la voz rota por la emoción mientras le acunaba el rostro con las manos—.
—Yo también, Alfonso —respondió ella en un hilo de voz, mirándolo con los ojos empañados por el deseo—.
Mientras las manos de Alfonso la acariciaban, la mente de María viajó por un instante al pasado, al verdadero momento en que se enamoró de él.
Fue justo después de escapar como esclavos de las minas de plata, cuando el horror de las cadenas quedó atrás.
Lo recordó a lo lejos, sumergido en las aguas de un río, lavándose el lodo y el cansancio de la esclavitud bajo el sol del 209 a.c.
Verlo allí, despojado de todo, pero manteniendo su orgullo intacto, había sido el click definitivo en su corazón.
Alfonso también lo recordó en ese mismo instante: el momento en que salió del agua y la vio a ella en la orilla, fascinado por su figura delicada y, a la vez, asombrosamente fuerte y bella.
Ese lazo que nació en un río de la antigüedad los unía ahora en un palacio medieval.
Él la estrechó aún más contra su cuerpo, respirando el aroma a lavanda de su piel, mientras sus dedos se enredaban en los hilos de oro de su cabello trenzado, deshaciendo el peinado real sin miramientos.
María entornó los ojos, entregándose por completo al calor de sus caricias, sintiendo cómo los labios de Alfonso descendían por su cuello, grabándose en su piel como una promesa.
Las manos de él, cálidas y firmes, recorrieron la seda carmesí de su brial, buscando el contorno de su cintura con un deseo irrefrenable que desafiaba a la muerte misma.
En la penumbra de la alcoba nupcial, arropados por el crepitar de las llamas, se amaron con la urgencia como si ese fuera su último momento de aliento.
Los primeros rayos del sol de la mañana filtraron a través de los pesados cortinajes del ventanal, disipando la penumbra de la alcoba nupcial.
Alfonso fue el primero en abrir los ojos y se quedó inmóvil para no romper la paz del momento.
María descansaba acurrucada contra su pecho, con el cabello castaño completamente suelto sobre las sábanas de lino y el rostro sereno, libre por fin de la rígida máscara de la infanta Isabel.
Con una ternura infinita, Alfonso comenzó a acariciarle el hombro desnudo, trazando líneas invisibles sobre su piel con la yema de los dedos.
El sutil roce hizo que María despertara lentamente.
Al levantar la vista y encontrarse con los ojos de él mirándola con tanto amor, una sonrisa genuina y desarmada, una que no le pertenecía a este siglo, iluminó su rostro.
—Buenos días, mi reina —susurró Alfonso, acercándose para besarle la frente con extrema delicadeza.
—Buenos días —respondió ella en un hilo de voz, enredando sus dedos en los de él y estirándose con pereza sobre el lecho.
No había prisa en sus movimientos, solo un deseo profundo de prolongar los últimos instantes de intimidad.
Alfonso se inclinó sobre ella, atrapando sus labios en un beso pausado, cálido, que sabía a promesa y a refugio.
María rodeó su cuello con los brazos, atrayéndolo hacia sí con suavidad, disfrutando del calor de su cuerpo y de la paz que solo sentía cuando estaba a su lado.
Se acariciaron con calma, saboreando la certeza de que, a pesar de los siglos que los separaban de su hogar y de los peligros que aguardaban tras la puerta, en esa cama seguían siendo simplemente María y Alfonso, amándose con una pureza que desafiaba al mismísimo tiempo.
El día ya había comenzado, pero en esos brazos, el futuro podía esperar unos minutos más.