La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO VI
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CAPÍTULO VI

Eran las ocho de la mañana de un gélido diecinueve de octubre.

Valladolid despertó envuelta en una densa bruma castellana, pero dentro de los muros del Palacio de los Vivero el bullicio era ensordecedor.

El día de la boda había llegado. Separados en alas opuestas del edificio para respetar la tradición, María y Alfonso se sometían al implacable y asfixiante ritual de vestimenta que exigía la alta corte.

En la cámara de la infanta, el aire olía a agua de azahar y a los sahumerios con los que habían perfumado las telas.

Cuatro doncellas se movían a su alrededor como espectros silenciosos, colocándole capa tras capa.

María permanecía rígida, conteniendo el aliento mientras le ajustaban una finísima camisa de lino blanco, sobre la cual dispusieron una pesada saya de brocado carmesí tejida con hilos de oro de Flandes.

El peso del brial era colosal; sentía que aquella falda descomunal la anclaba a la tierra, impidiéndole casi respirar.

Con dedos temblorosos, una de las sirvientas comenzó a prenderle al pecho las joyas de pedrería y perlas orientales que habían logrado rescatar para la ocasión.

Finalmente, le colocaron sobre los hombros un manto de terciopelo bordado que arrastraba por el suelo de piedra.

Mientras le trenzaban el cabello con hilos de oro, María mantenía la vista fija en el espejo de metal pulido.

No veía a una novia; veía a una soldado enfundándose su armadura de etiqueta para la batalla más importante de su vida.

En el ala opuesta del palacio, el proceso no era menos riguroso para Alfonso, complicado además por el sordo dolor que aún persistía en su espalda.

Con la ayuda de Juan de Coloma y de un paje de cámara, se enfundó unos calzones de seda oscura y un jubón de terciopelo borgoña ajustado con cordones que hacían presión sobre su vendaje.

Sobre el pecho le colocaron una imponente randa de encaje y una pesada cadena de oro con el emblema de la Casa de Aragón.

Para terminar, le ayudaron con una capa corta con vueltas de armiño que le confería una silueta ancha y marcial.

Alfonso se miró las manos desnudas. Había evitado ponerse los guantes de gala ceremoniales con la esperanza de que, durante los saludos del desposorio, algún caballero se viera obligado a imitarlo.

Su reflejo le devolvía la estampa perfecta de Fernando de Aragón, pero por dentro, su mente solo llevaba la cuenta atrás: hoy era la boda, y mañana a medianoche, la luna llena brillaría en su punto más alto.

A una señal de los maceros, las pesadas puertas de ambas cámaras se abrieron simultáneamente, marcando el inicio de la comitiva.

María salió en primer lugar, flanqueada por sus damas de honor y custodiada por los hombres más fieles a la causa castellana.

Sus pasos eran lentos y calculados; el roce del brocado de oro contra las losas del suelo resonaba en el pasillo como un susurro constante.

Caminaba con la barbilla alzada y la mirada al frente, manteniendo una máscara de absoluta serenidad real.

Sin embargo, bajo las pesadas telas de su brial, su corazón latía desbocado.

Cada noble que se inclinaba a su paso, cada guardia que presentaba armas, era un elemento de riesgo, un par de ojos que podía delatar que ella no pertenecía a ese siglo.

Desde el extremo opuesto del corredor principal, Alfonso apareció flanqueado por Juan de Coloma y el impetuoso Gutierre de Cárdenas.

Avanzaba con un porte marcial, disimulando con maestría la rigidez de su espalda herida.

Su mirada de soldado, forjada en las leguas de frontera, analizaba el entorno con fría precisión militar.

Al no llevar guantes, sus manos desnudas quedaban a la vista, atrayendo la atención del protocolo, pero él mantenía los dedos relajados, listos para la acción.

Las dos comitivas confluyeron a la entrada del gran salón del palacio, donde la luz de docenas de hachones de cera rasgaba la penumbra.

Allí, frente al altar improvisado, aguardaba el imponente arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo de Acuña, sosteniendo el misal y flanqueado por los testigos que arriesgaban su cabeza por el enlace.

Al cruzarse las miradas de María y Alfonso en el umbral, el tiempo pareció detenerse por un milisegundo.

No eran dos príncipes medievales; eran dos náufragos temporales cruzando el punto de no retorno.

Ya desposados ante los ojos de la Iglesia y de la corte, el protocolo dio paso a la celebración. La tensión del altar se transformó en un fastuoso despliegue de poder.

Las trompetas y los añafiles rompieron el silencio sepulcral del palacio con un clamor ensordecedor en cuanto el arzobispo Carrillo bendijo la unión.

María y Alfonso, convertidos oficialmente en los Reyes Católicos, dieron la vuelta para encabezar la comitiva de salida.

María avanzaba con paso firme, sintiendo el roce de su mano derecha entrelazada con la de Alfonso.

Sus miradas se mantuvieron firmes, pero el apretón de sus dedos transmitía un mensaje claro: el primer gran farol de la historia había salido bien.

Tras ellos, las pesadas puertas del gran salón se abrieron de par en par para guiar a la comitiva hacia el salón del banquete.

Los nobles, obispos y caballeros aragoneses y castellanos rompieron filas para escoltarlos, formando un pasillo humano de reverencias, sedas y terciopelos.

El murmullo de felicitaciones y vítores llenaba las galerías, pero detrás de las sonrisas de la nobleza, María podía percibir la mirada calculadora de los asistentes; muchos de los allí presentes arriesgaban sus títulos al apoyar a una infanta desheredada y a un príncipe extranjero.

Juan de Coloma y Gutierre de Cárdenas caminaban un paso por detrás de los novios, con las manos apoyadas en los pomos de sus espadas, vigilando cada rincón del palacio.

La procesión desembocó en el gran salón de recepciones, donde el aroma a asado, especias y vino dulce inundaba el aire caliente por las monumentales chimeneas.

En el fondo del salón, sobre un estrado elevado que dominaba la estancia, se alzaba la mesa presidencial.

Alfonso y María ocuparon sus asientos bajo un imponente dosel con las armas combinadas de Castilla y Aragón.

De inmediato, los nobles comenzaron a distribuirse por las mesas alargadas según su rango y linaje, arrastrando sus pesadas capas y quitándose por fin los sombreros de gala.

Alfonso observó con fijeza cómo los caballeros de su escolta comenzaban a relajarse y a despojarse de sus ropas de viaje; la hora de buscar la marca entre las copas de vino y los brindis del banquete había comenzado.

El banquete apenas comenzaba cuando un golpe seco resonó al fondo del salón, acallando las risas y el chocar de las copas de plata.

Las pesadas puertas dobles se abrieron de golpe, dejando entrar una ráfaga de aire gélido de la tarde.

En el umbral apareció un hombre de complexión imponente, hombros anchos como los de un buey y un rostro curtido, marcado por una expresión implacable y sombría que desentonaba por completo con los refinados modales de la corte castellana.

Vestía ropas nobles, pero las llevaba con la soltura de quien está acostumbrado al peso de la armadura.

Alfonso se tensó en su asiento. Al fijar la vista en aquel intruso, su sangre se congeló y sus dedos se clavaron en el borde de la mesa de roble. Reconoció de inmediato esos ojos cargados de odio y esa cicatriz en la mandíbula. Era Magón, el general de Cartago.

Los recuerdos del 209 antes de Cristo golpearon su mente como un torbellino: cuando los romanos tomaron su ciudad, Magón se sintió vendido y traicionado, y en el último segundo del salto cuántico se arrojó sobre ellos, atrapado en el mismo vórtice temporal con un único objetivo: cambiar el curso de la historia para que Cartago y él ganaran.

El cartaginés avanzó unos pasos con arrogancia fingida, haciendo una reverencia forzada ante la mesa presidencial.

Al levantar el brazo izquierdo para colocarlo sobre el pecho, la pesada manga de su jubón de seda se deslizó hacia atrás unos centímetros.

Allí, brillando tenuemente bajo la luz de los hachones, apareció el emblema cuántico.

Magón era el guardián de esta línea temporal.

Con el corazón latiéndole en la garganta y sin apartar la vista del imponente guerrero, Alfonso se inclinó levemente hacia María. Fingió tomar una copa de vino para acercarse a su oído y le susurró con una voz cargada de urgencia y peligro:

—María, mira hacia la puerta, pero no te alteres. Es él. Es Magón, el maldito cartaginés que viajó con nosotros desde el doscientos nueve antes de Cristo. Y tiene la marca en la muñeca. Nuestro peor enemigo es el guardián también aquí. Nos habrá seguido cuando dimos el salto cuántico a esta era.

Las palabras de Alfonso cayeron sobre María como un bloque de hielo. Por puro instinto, su mano se elevó hacia su cuello y sus dedos apretaron el colgante que llevaba oculto bajo el brocado carmesí. Ese amuleto era la pieza final del rompecabezas temporal.