La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO V #3
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CAPÍTULO V #3

—Llevo semanas buscando, mirando disimuladamente las muñecas de cada sirviente y noble en el palacio, esperando ver el emblema cuántico de los guardianes.

Tú tienes que hacer lo mismo con tus caballeros.

No podemos levantar sospechas, pero debemos encontrarlo lo antes posible.

Cuanto más tiempo pasemos aquí, más probabilidades habrá de que cometamos un error y cambiemos la historia para siempre.

Golpes firmes y acompasados en el recio portón de madera cortaron en seco las palabras de María. La realidad del siglo XV caía de nuevo sobre ellos como un balde de agua fría.

—Mi Señora —anunció una voz femenina desde el pasillo—, son las doncellas. Traemos el agua templada para vuestro aseo y el desayuno de Su Alteza. El cirujano aguarda también para revisar la herida.

Al escuchar las voces, Alfonso y María se miraron con complicidad.

El pánico inicial se transformó en pura disciplina.

En un movimiento rápido pero cuidadoso para no reabrir los puntos de su espalda, Alfonso regresó al lecho, acomodándose entre las sábanas y adoptando la postura de un príncipe convaleciente pero digno.

María se alisó las faldas del vestido, respiró hondo para serenar su rostro y se colocó a los pies de la cama, asumiendo el papel de la devota e imperturbable Isabel de Castilla.

—Entrad —ordenó María con voz clara y majestuosa.

Los pesados cerrojos giraron y la puerta se abrió de par en par.

Dos jóvenes doncellas entraron con la mirada baja en señal de respeto, cargando pesadas palanganas de plata de las que ascendía un denso vaho de agua caliente, seguidas por otra sirvienta que portaba una bandeja con pan, fruta y vino.

Tras ellas, el cirujano de la noche anterior avanzaba con gesto severo, portando sus ungüentos y lienzos limpios.

El olor a humedad y cera quemada de la estancia fue sustituido de inmediato por el aroma a lavanda de los paños limpios.

Mientras las sirvientas comenzaban a disponer los utensilios para el aseo matutino, María fijó disimuladamente sus ojos en las muñecas desnudas de las muchachas que vertían el agua, buscando de forma casi mecánica la marca cuántica.

Tras examinar la espalda de Alfonso, el cirujano asintió con evidente satisfacción, complacido por la rápida mejoría de su paciente.

—La herida ha cerrado de forma extraordinaria, mi Señor —declaró el médico mientras recogía sus ungüentos—. La fiebre ha desaparecido y, aunque debéis evitar los movimientos bruscos con la espada, estáis listo para poneros en pie. El reposo os ha devuelto las fuerzas.

María respiró aliviada, pero supo de inmediato que el tiempo a solas se había agotado.

En la corte de Valladolid, los muros tenían ojos y oídos; que el heredero de Aragón pasara una hora más en la alcoba de la infanta de Castilla antes de la boda desataría un escándalo monumental que Enrique IV aprovecharía para invalidar el enlace.

—Os agradezco vuestros desvelos, maestro —dijo Alfonso, adoptando la voz firme e imperturbable del príncipe Fernando—.

Si ya no hay peligro, es menester que me retire a mis propios aposentos en este palacio.

El protocolo exige decoro y hay despachos urgentes de Aragón que reclaman mi atención antes del desposorio.

María asintió con solemnidad real, sosteniendo una mirada cargada de significados ocultos que solo él podía descifrar.

—Que Dios os guarde en vuestra cámara, —respondió ella, forzándose a usar el tratamiento formal—. Os aguardaré en el salón alto para que compartamos el desayuno en cuanto estemos listos.

Alfonso se incorporó con cuidado, permitiendo que sus caballeros —que aguardaban en el umbral— lo escoltaran pasillo abajo hacia sus estancias privadas.

En cuanto la puerta se cerró tras él, las doncellas se movieron con presteza.

Con movimientos mecánicos y respetuosos, desataron los cordones del corpiño de María y la ayudaron a despojarse de las pesadas ropas de la vigilia anterior.

Mientras sumergía los brazos en la palangana de plata y el agua tibia con lavanda aliviaba la tensión de su piel, María no dejó de observar.

Vigiló cada movimiento de las manos de sus sirvientas, cada vez que retiraban las telas o le vertían el agua sobre los hombros, buscando con desesperación el más mínimo rastro de la marca del guardián en sus muñecas. Nada. Solo piel limpia.

Media hora más tarde, vestida con un imponente brial de seda carmesí y el cabello perfectamente trenzado, María cruzó el corredor hacia el salón principal.

Allí, junto a un gran ventanal que daba al patio empedrado, Alfonso ya la esperaba de pie, vistiendo una elegante casaca borgoña que disimulaba el vendaje de su espalda.

Sobre la mesa de roble, las sirvientas habían dispuesto hogazas de pan blanco, fruta de invierno, miel y jarras de vino especiado.

Estaban rodeados de pajes y guardias, pero al cruzarse sus miradas, ambos supieron que la verdadera estrategia para salvar el futuro comenzaba en ese mismo instante.

En cuanto terminaron de desayunar, María hizo una sutil señal al jefe de la guardia.

—El día ha clareado tras la tormenta y Su Alteza necesita aire limpio para terminar de reponerse —anunció con tono firme, inapelable—. Ordenad que ensillen a mi yegua y un caballo fuerte para el príncipe. Daremos un paseo por los lindes del palacio.

Alfonso asintió, agradeciendo mentalmente la agudeza de María. En los salones del palacio, cada tapiz podía ocultar a un espía de Enrique IV, pero a lomos de un caballo, manteniendo las distancias con la escolta, el viento borraría sus palabras.

Minutos después, ambos descendieron al patio empedrado.

El olor a tierra mojada y a lodo flotaba en el ambiente.

Alfonso montó con cuidado, conteniendo una mueca de dolor cuando el vendaje de su espalda se tensó, pero demostrando una destreza impecable a las riendas que encajaba a la perfección con la fama de jinete del verdadero Fernando.

María montó a horcajadas, acomodando sus pesadas faldas con destreza.

Salieron del Palacio de los Vivero flanqueados por una pequeña guardia de honor, entre los que se encontraban el impetuoso Gutierre de Cárdenas y Juan de Coloma.

Avanzaron a trote ligero dejando atrás las murallas de Valladolid, adentrándose en un sendero flanqueado por chopos desnudos que goteaban el agua de la noche anterior.

Una vez que se aseguraron de que los jinetes de la escolta se mantenían a una distancia prudencial de respeto, unos diez pasos atrás, María espoleó suavemente a su yegua para emparejarse con Alfonso.

—Mira a los hombres que nos siguen, Alfonso —susurró María, entornando los ojos y manteniendo la vista al frente para no levantar sospechas—.

En el palacio no hay rastro de la marca.

Mis doncellas tienen la piel limpia. Si el guardián de esta época está cerca de nosotros, tiene que ser uno de los caballeros que te han escoltado desde Aragón o alguno de los soldados fieles que custodian mis pasos.

Alfonso desvió la mirada de reojo hacia Gutierre de Cárdenas, que cabalgaba sujetando las riendas con firmeza, mostrando sus manos cubiertas por gruesos guantes de cuero.

—Llevan las muñecas cubiertas por los bacinetes y los guantes de montar —respondió Alfonso en el mismo tono bajo, mientras controlaba el paso de su semental—.

Va a ser difícil verles la piel sin levantar sospechas.

No puedo ordenarle a un caballero de Castilla o de Aragón que se desnude el brazo sin una justificación.

Tenemos que encontrar una excusa en las próximas horas, provocar una situación donde tengan que quitarse los guantes o remangarse las camisas.

Si el guardián está en esta escolta, nos estamos quedando sin tiempo para descubrirlo.

El sol invernal comenzó a descender tras las colinas, tiñendo el cielo de Valladolid de un tono plomizo y gélido.

A pesar de los esfuerzos de ambos por escudriñar cada movimiento de la escolta, los caballeros no se quitaron los guantes de cuero en ningún momento del trayecto.

El paseo tocaba a su fin y regresaban al palacio con las manos completamente vacías.

Al cruzar de nuevo el umbral de las caballerizas del Palacio de los Vivero, el murmullo de los mozos de cuadra y el chocar de los cascos sobre el empedrado camuflaron sus últimas palabras antes de descabalgar.

María inclinó el cuerpo hacia Alfonso, fingiendo acariciar las crines de su yegua para acercarse a su oído.

—No hemos visto nada, Alfonso. El tiempo pasa y la situación es mucho más desesperada de lo que parece —susurró María, con un deje de angustia que no pudo ocultar en la mirada—.

He estado haciendo cuentas con el calendario astronómico de esta época.

El próximo alineamiento de planetas es exactamente un día después de nuestro casamiento.

Alfonso detuvo su mano sobre las riendas, mirándola con fijeza. Las palabras de María cayeron sobre él con el peso de una sentencia.

—Eso significa —continuó ella en un hilo de voz apenas audible— que solo tenemos seis días en total.

Si no encontramos al guardián para unir nuestras marcas esa misma noche de luna llena, la llave cuántica no se activará.

Tendremos que esperar un mes entero atrapados en este siglo, multiplicando las posibilidades de cometer un error que destruya el futuro.