CAPÍTULO V #2
Alfonso se quedó completamente petrificado, incapaz de articular palabra.
Su mente, forjada entre el fragor de las batallas romanas del 209 a.C.
y pulida a la fuerza durante dos meses de rigores medievales, sufrió un auténtico cortocircuito cognitivo.
Se le desencajó la mandíbula y sus ojos, fijos en María, delataban una mezcla de absoluto escepticismo y terror reverencial.
Intentó asimilar los conceptos, pero las imágenes que se agolpaban en su cabeza eran devastadoras: ciudades enteras brillando en la noche profunda sin una sola antorcha encendida, monstruos de hierro surcando las nubes como halcones y, sobre todo, espectros invisibles sin alma que tenían la capacidad de pensar y hablar como hombres.
Aquello no sonaba a ciencia; a sus ojos, educados en el politeísmo antiguo y rodeados ahora del misticismo católico, aquello sonaba a una mezcla de magia divina y brujería apocalíptica.
—Ahora entiendes por qué cuando llegué a tu época, en el 209 a.C., también me quedé bloqueada —añadió María con suavidad—. Mi tiempo es el más avanzado de todos y para mí esto también está siendo muy complicado, Alfonso, pero nos estamos jugando la historia.
—¿Y por qué son tan importantes estos reyes? —preguntó él al fin, saliendo a duras penas de su estupor.
María vio la fascinación y el temor reflejados en su rostro. Se acercó y le tomó las mejillas con ambas manos, obligándolo a mirarla directamente a los ojos para que asimilara el peso de sus siguientes palabras.
—Sé que suena a magia, Alfonso, pero escucha lo que te voy a decir, porque tú eres un hombre de Estado —le dijo con firmeza—.
Tienes que entender por qué Fernando de Aragón e Isabel de Castilla —nosotros dos— cambiamos el rumbo de la humanidad.
En tu época, el Imperio Romano luchaba contra Cartago por el control del Mediterráneo.
Pues bien, lo que estamos a punto de fundar con nuestro matrimonio es algo que dejará pequeño al mismísimo Imperio Romano.
Alfonso tragó saliva, serenando sus pensamientos para escucharla con atención militar.
—Al unir nuestras coronas, unificaremos estos reinos divididos y crearemos la primera superpotencia global de la historia moderna —continuó María—.
En menos de un mes, terminaremos una guerra de religión que lleva más de setecientos años activa, conquistando el último reino musulmán de la península.
Pero eso no es nada comparado con lo que viene.
¿Recuerdas lo importante que era para los cartagineses y los romanos controlar las rutas de comercio?
Alfonso asintió en silencio, con la mirada fija en ella.
—Como los otomanos han bloqueado el paso hacia el Oriente, nosotros financiaremos el viaje de un navegante que buscará una ruta alternativa —continuó María—.
Al hacerlo, se topará con un continente gigantesco que nadie en Europa o Asia sabe que existe.
Con esa conquista, el Imperio Español se extenderá por miles de leguas al otro lado del océano.
Controlaremos el oro, la plata y el comercio de dos hemisferios.
Seremos el imperio donde nunca se pone el sol.
Si nosotros dos no nos casamos en cinco días, ese imperio jamás nacerá, la riqueza del nuevo mundo nunca llegará a Europa y el mapa de la Tierra que dio forma a nuestra época se borrará para siempre.
Alfonso soltó una carcajada amarga, una reacción puramente militar ante la falta de logística.
—Magnífico, María. Un imperio global, carruajes voladores y un mapa nuevo —dijo, frotándose las sienes con frustración e interrumpiéndola—.
Pero bajemos a la tierra. Los caballeros que me han traído hasta aquí me han advertido que tu hermano, el rey Enrique IV, ha bloqueado todos tus recursos para evitar, precisamente, que nos casemos.
Te ha desheredado y nos ha cortado los fondos.
No tenemos ejército ni oro. ¿Cómo pretendes que financiemos una boda, una guerra de reconquista y una expedición al otro lado del océano si no tenemos ni para pagar a los guardias que custodian esta puerta?
El Imperio Romano no se levantó con promesas vacías; se levantó con plata.
María no se amedrentó. Al contrario, una chispa de astucia brilló en sus ojos.
—Con astucia y con deudas, Alfonso. Así se va a levantar este imperio —respondió ella, inclinándose hacia él—.
La historia real ya resolvió este problema, y nosotros solo tenemos que seguir el plan.
Para la boda de dentro de cinco días, unos ricos conversos, los de la Caballería, nos van a prestar veinte mil ducados de oro.
Con eso pagaremos los gastos inmediatos.
Alfonso enarcó una ceja, impresionado por el dato preciso.
—¿Y para lo que viene después? —preguntó él—. Una guerra no se gana con veinte mil ducados.
—Para la guerra y la expedición de Colón, Isabel —o sea, yo— empeñaré mis propias joyas y las de la corona de Castilla si hace falta —explicó María con total seguridad—.
Buscaremos el apoyo de los nobles que odian a mi hermano Enrique y de los banqueros de Valencia y Génova.
Nos financiaremos a crédito, prometiendo las riquezas de las tierras que vamos a conquistar.
Arriesgaremos todo lo que no tenemos. Pero hay algo más urgente que el dinero que debes saber ahora mismo...
María miró de reojo hacia la puerta antes de confesar el secreto más peligroso.
—Para poder casarnos en cinco días, debes saber que somos primos segundos y la Iglesia prohíbe nuestro matrimonio —le confesó en un hilo de voz—.
Como no había tiempo de pedir permiso al Papa en Roma debido al bloqueo de mi hermano, la historia real nos obligó a presentar una bula papal falsificada para que el pueblo y la corte acepten el enlace.
Si Enrique IV descubre que el documento es falso antes de la boda, nos colgará por traición mucho antes de que podamos ver un solo ducado de oro.
Así que el dinero es el menor de nuestros problemas; nuestra prioridad absoluta es que nadie descubra la mentira.
Alfonso se quedó petrificado, con la palabra congelada en la garganta.
Si la revelación del futuro tecnológico le había parecido una fantasía de dioses, esta última confesión terrenal lo golpeó con la fuerza de un ariete.
Su mente de estratega militar, acostumbrada a la disciplina del acero y a la lógica de los mapas, colapsó ante el abismo de audacia que María acababa de abrir ante él.
Una risa seca, casi involuntaria, se le escapó del pecho antes de que su rostro se tornara completamente pálido.
Clavó los ojos en María, desorbitados por una mezcla de pánico y una retorcida admiración.
¿Dinero de prestamistas, joyas empeñadas y una bula del mismísimo Papa falsificada?
En su época, desafiar a los dioses o al Senado de esa manera significaba la ejecución inmediata.
Comprender que el imperio más grande del mundo no iba a nacer del poder de un gran ejército, sino de un monumental farol financiero y un fraude religioso, le produjo un auténtico vértigo.
Dio un paso atrás, pasándose una mano temblorosa por el cabello empapado de sudor frío.
Miró a su alrededor, hacia las sombrías maderas del palacio, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.
No estaba ante un tablero de ajedrez seguro; caminaba sobre una cuerda floja sobre un foso de leones, y la mujer a la que amaba acababa de confesarle que el hilo ya estaba empezando a romperse.
Alfonso se obligó a serenar el pulso. A pesar del torbellino que rugía en su cabeza, su instinto de supervivencia se impuso. Dio un paso hacia ella, la tomó firmemente por los antebrazos y la miró con una seriedad cortante.
—¿Qué tenemos que hacer, María? —preguntó con voz grave—. Faltan solo cinco días.
María sostuvo su mirada, asintiendo con determinación antes de hablar en un susurro apresurado.
—Dos cosas, Alfonso. Dos misiones que debemos cumplir a la vez si queremos salir vivos de este siglo —respondió ella—.
La primera es convertirnos en los perfectos actores.
Durante los próximos cinco días, de cara a la corte, a los espías de mi hermano Enrique y al pueblo, tú no eres Alfonso del 209 antes de Cristo, ni yo soy la María del siglo veintiuno.
Tú eres Fernando, el heredero de Aragón: un príncipe valiente, devoto y firme.
Yo soy Isabel de Castilla. Tenemos que seguir el protocolo perfectamente, firmar las capitulaciones, sonreír ante los obispos y casarnos en ese altar.
Si dudamos, si cometemos un solo anacronismo o error de etiqueta, los nobles verán debilidad, investigarán la bula falsa y todo caerá.
María hizo una pausa, bajando aún más la voz, y le tocó la muñeca izquierda con suavidad.
—Pero la segunda misión es la que nos devolverá a casa.
Mientras fingimos ser reyes, tenemos que encontrar desesperadamente al guardián de esta época.
Mi cuerpo funciona como la llave cuántica con la que viajamos, pero ahora mismo está bloqueada en este siglo.
Acuérdate de lo que me dijo Claudia: para cambiar de línea temporal necesitamos que se alineen dos planetas.
Mi marca de la muñeca y la del guardián de este tiempo deben unirse justo ese día.
La unión de esas marcas, sumada al pensamiento concentrado del lugar a donde quiero ir, es lo que nos sacará de aquí.
Lo que no sé es por qué, cuando estábamos en Cartago, el salto nos trajo hasta 1469; es algo que tendremos que analizar, porque yo estaba pensando firmemente en volver a 2025.
María miró de reojo la ventana, donde la tormenta seguía arreciando, antes de concluir: