La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO V
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CAPÍTULO V

Faltaban cinco días para la boda. Fuera llovía con furia y María aguardaba de pie, con el corazón en un puño.

La tormenta batía con fuerza sobre el patio empedrado del Palacio de los Vivero de Valladolid, donde ella residía, cuando las maderas de la puerta trasera por fin se abrieron.

Dejaron entrar una ráfaga de aire helado junto a Alfonso, exhausto, y sus caballeros.

Alfonso —atrapado en el atlético cuerpo de Fernando— se deslizó hacia la penumbra del zaguán.

Contuvo el aliento mientras se sacudía el lodo de la tosca capa de sayal con la que había fingido ser un mozo de mulas durante las peligrosas leguas de la frontera castellana.

Tras él, Juan de Coloma y el impetuoso Gutierre de Cárdenas cerraron los cerrojos de hierro en un silencio sepulcral.

Lo guiaron a marchas forzadas por una estrecha escalera de caracol que olía a humedad y a cera quemada.

En cuanto Alfonso empujó el recio portón de la cámara alta, la luz parpadeante de las velas reveló una silueta.

Al escuchar el ruido, María se giró. Sus ojos reconocieron de inmediato la mirada de Alfonso.

Olvidando por completo el protocolo real, se abalanzo hacia él y se estrecharon en un abrazo desesperado.

El calor de su cuerpo fatigado la envolvió.

—María... —susurró él a su oído, con la voz rota—. Soy Fernando de Aragón en este tiempo. Te encontré. Estoy aquí.

María entornó los ojos, hundiendo el rostro en su cuello, entregándose al fin al alivio de saberse juntos. Sin embargo, el esfuerzo del viaje cobró su factura. De repente, el cuerpo de Alfonso se destensó y se desplomó, perdiendo el conocimiento.

María, presa del pánico, alzó la voz hacia el pasillo:

—¡Venid! ¡Llevadlo a mis aposentos! ¡Llamad de inmediato al cirujano!

Los caballeros entraron corriendo. Levantaron a Alfonso en vilo y lo trasladaron a toda prisa hasta el lecho de María.

—¡¿Qué le pasa?! —exclamó ella, con la angustia reflejada en el rostro.

—Está sangrando por la espalda, mi Señora —le contestó el cirujano tras examinarlo con presteza—. Hay que limpiar y coser la herida. No os preocupéis, no parece grave; es fruto de la fatiga y de un mal encuentro en el camino.

María se negó a apartarse de su lado y, tras una noche de agónica vigilia, terminó por quedarse dormida en un sillón junto a la cama.

Al amanecer, Alfonso abrió los ojos. Sintiéndose dolorido pero recuperado, se incorporó con esfuerzo y se acercó al sillón.

El leve roce hizo que ella despertara. Al verlo de pie, sano, las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas en un llanto de puro alivio.

María no daba crédito a lo que veía. El hombre con el que se había comprometido mediante las capitulaciones matrimoniales de Cervera era Alfonso.

Ella, que apenas había podido conciliar el sueño debido a las asfixiantes intrigas desde que viajó en el tiempo, descubrió que el destino la unía de nuevo con él.

Necesitaba desesperadamente sentir el calor de su piel; el deseo irrefrenable de estrecharlo entre sus brazos le impedía guardar la estricta compostura que exigiría la corte.

—He pasado estos dos meses aprendiendo las costumbres de esta época —le explicó él en un susurro, tomándole las manos—. Intentando descubrir cómo debe comportarse Fernando. Dentro de cinco días tenemos que casarnos para no alterar el curso de la historia.

—Ha sido complicado, ¿verdad? —preguntó María, acariciando su rostro.

—Mucho. Me ha costado entender dónde estaba.

Desde el año 209 a.C. hasta ahora han cambiado demasiadas cosas.

Además, Claudia apenas me dijo nada sobre esto antes de morir en la emboscada en Cartago.

No pude conocer más sobre la llave cuántica y los guardianes.

Algo me contó quince días antes de vernos, pero jamás pensé que ocurriría tan pronto.

Me imagino que también habrá sido duro para ti, sola en esta línea temporal.

—Sí, lo ha sido —respondió ella, sintiendo que un peso colosal se le quitaba de encima—.

Pero ya estamos juntos. Aunque aquí las conspiraciones nos cercan y hay que andar con mucho cuidado.

Mi hermano, el rey Enrique IV, ya me ha desheredado, lo que va a desatar una presión todavía mayor sobre nosotros de aquí a la boda.

María guardó silencio un segundo, bajando la voz todavía más.

—Desde que caí en este tiempo, he estado buscando al guardián cada día para poder regresar a nuestra época, pero no lo he encontrado. He mirado las muñecas de todos en el palacio. ¿Has visto tú a alguien con la marca en Aragón?

—No. En el reino de Aragón no está —contestó Alfonso con gravedad.

María lo miró, dejando que una hermosa sonrisa de felicidad asomara a su rostro por primera vez en semanas.

—Qué alegría me da verte... Tenemos que hablar mucho, Alfonso.

Es importante que conozcas bien la línea temporal en la que estamos y los hechos que deben pasar para no cambiar la historia.

Tú vienes del 209 a.C. y han pasado casi dos mil años.

Ahora estamos en 1469, el año en que Isabel de Castilla y Fernando de Aragón deben casarse.

Y esa historia nos toca escribirla a nosotros.

Sentemos, dijo María a Alfonso acercándole una silla voy a contarte que ha pasado desde 209 a.c hasta ahora y lo que pasó hasta mi línea temporal en 2025 d.c.

—Alfonso, tienes que entender la gravedad de la situación —dijo María, tomándolo de los hombros—.

Tu mundo, el de la caída de Cartago en el 209 antes de Cristo, desapareció hace mucho.

Roma unificó el mundo, pero cayó ante los bárbaros.

Luego, los musulmanes invadieron esta península en el 711 y llevamos más de setecientos años en guerra para recuperarla.

Alfonso la escuchaba con el ceño fruncido, tratando de asimilar la escala de los siglos.

—Pero lo verdaderamente crucial es el ahora, 1469 —continuó ella con voz temblorosa—.

Se supone que Fernando de Aragón e Isabel de Castilla se casan en cinco días.

Si no lo hacemos nosotros, la historia se modificará.

De este matrimonio nace la España unificada.

En poco más de veinte años, en 1492, estos reyes financiarán un viaje que descubrirá un nuevo continente al otro lado del océano, cambiando el mapa de la Tierra para siempre.

Si alteramos algo, si tú o yo fallamos en interpretar nuestros papeles, ese nuevo mundo nunca será descubierto.

No habrá Renacimiento, no habrá revolución científica, y la línea temporal que nos trajo aquí, la era tecnológica del siglo veintiuno de la que venimos, dejará de existir.

Somos los guardianes de su futuro, Alfonso.

- ¿Qué es el renacimiento, revolución científica y tecnológica?

Alfonso guardó silencio un instante, asimilando la inmensidad de los siglos.

Sus ceños se fruncieron al escuchar esos términos tan extraños que escapaban por completo a su realidad medieval y a su pasado romano.

—¿Renacimiento? ¿Revolución científica y tecnológica?

—preguntó Alfonso, pronunciando las palabras con lentitud, casi con recelo—.

María, háblame en cristiano, o en latín, pero no entiendo qué significan esos mundos futuros.

María esbozó una sonrisa melancólica y le apretó las manos con suavidad para infundirle calma antes de responder.

—El Renacimiento es el despertar del mundo que está a punto de comenzar —explicó ella en un susurro—.

Imagina que la humanidad lleva mil años dormida, obsesionada solo con el cielo y el temor a Dios.

El Renacimiento será el regreso a los sabios clásicos que tú bien conoces, a Aristóteles, a Platón y al arte de Roma, pero colocando al hombre en el centro del universo.

El arte, la pintura y la arquitectura estallarán en una belleza que este palacio oscuro ni siquiera puede soñar.

Se acercó un poco más a él, bajando la voz al notar los pasos de los guardias en el pasillo exterior.

—La Revolución Científica vendrá después.

En tu época y en esta, la gente cree que la peste es un castigo divino y que la Tierra es plana y el centro del universo.

Pues bien, la ciencia demostrará con matemáticas y telescopios que giramos alrededor del Sol, descubrirá remedios invisibles para las enfermedades y enseñará a los hombres a dudar de la superstición para buscar la verdad a través de la razón y la observación.

Alfonso la miraba fascinado, intentando trazar en su mente un mapa de ese futuro imposible.

—Y la tecnología... —María suspiró, buscando las palabras adecuadas—.

La tecnología es la fuerza que nos trajo aquí, Alfonso.

Empezará con la imprenta, una máquina que permite copiar miles de libros en días en lugar de años.

Después, el hombre dominará una fuerza invisible llamada electricidad.

Gracias a ella, el mundo entero se iluminará por la noche con una luz eterna que no necesita velas, ni fuego, ni cera; las ciudades del futuro jamás volverán a estar a oscuras.

Alfonso abrió los ojos de par en par, mirando de reojo el cabo de vela que parpadeaba sobre su mesilla.

—Con esa misma fuerza invisible —continuó María, entusiasmada—, los hombres construirán carruajes de hierro que se moverán solos, sin caballos, e ingenios de metal que volarán por el cielo imitando a los pájaros.

Y lo más increíble de todo: crearemos mentes artificiales.

Máquinas que no son de carne y hueso, pero que pueden pensar, aprender, hablar y resolver problemas más rápido que cualquier ser humano.

Esa tecnología avanzará tanto que llegará a dominar la energía de la propia materia, creando la física cuántica y las llaves temporales que usamos para viajar.

Todo ese futuro de prodigios depende de que tú y yo firmemos esas capitulaciones en cinco días.

Si fallamos, el hilo del tiempo se cortará y la humanidad nunca llegará a ver la luz de nuestra era.