La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO IV
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CAPÍTULO IV

En otra estancia, Alfonso abría los ojos lentamente mientras miraba a su alrededor.

Él, al intentar salvar a María, también había viajado en el tiempo.

Al despertar, se encontró tumbado sobre el suelo, vestido con un sayo corto de terciopelo que le llegaba justo por encima de las rodillas.

La prenda se ceñía a su cintura mediante un cinturón repujado con una hebilla de plata, del que nacía una falda tableada con mucho vuelo.

Sus hombros se veían anchos y vigorosos gracias a unas mangas ligeramente abullonadas en la parte superior que se estrechaban en el antebrazo.

Sus piernas lucían completamente estilizadas por unas calzas tejidas de lana fina de color negro, tan ajustadas que marcaban cada músculo de su cuerpo, unidas al jubón interior mediante lazos.

Dicho jubón estaba acolchado de raso con toques de seda.

En el cuello cuadrado del sayo y en las aberturas de los codos de las mangas asomaba, con calculada elegancia, el blanco inmaculado del lienzo de la camisa interior, que terminaba en pequeños puños fruncidos en las muñecas.

Alfonso se levantó apoyando sus fuertes brazos sobre una silla.

Al examinar el lugar, descubrió que se hallaba en una gran estancia.

Las paredes mostraban delicadas filigranas árabes y ladrillo visto, revestidas en sus zonas bajas con zócalos de azulejos policromados con reflejos dorados y azules.

De la mitad hacia arriba, los muros lucían espectaculares con yeserías mudéjares; intrincados encajes de yeso blanco con inscripciones talladas y motivos geométricos que hacían que la luz de las velas proyectara sombras bellísimas al caer la noche.

En los muros colgaban, listos para el combate, escudos con las barras de Aragón, ballestas de caza y espadas de acero.

Al incorporarse, divisó un escrito firmado sobre una mesa. Recordaba a los viejos manuscritos oficiales que varias veces había visto en el palacio de su padre, Hannón el Grande.

Hannón pertenecía a una de las familias oligárquicas enemistadas con Aníbal y su hermano Magón.

Ambas estirpes habían sido rivales acérrimas debido a sus opuestas visiones políticas y económicas.

Hannón lideraba la facción conservadora del Senado cartaginés, mientras que la familia de Aníbal (los Bárcidas) encabezaba el «Partido de la Guerra».

Los motivos de su enemistad se basaban, principalmente, en que Hannón consideraba que las hostilidades militares perjudicaban sus intereses comerciales, procedentes de las grandes plantaciones agrícolas de África, mientras que los Bárcidas extraían sus inmensas riquezas de las minas de plata de Hispania, explotando a los esclavos en Cartago.

Aníbal y Magón no conocían a Alfonso, ya que este se había criado lejos de los lujos de la nobleza al ser hijo de una esclava.

Alfonso se acercó a la mesa de nogal y comenzó a leer el escrito:

Nos, el Ilustrísimo Señor Don Fernando, por la divina gracia Rey de Sicilia, de la ínclita Casa de Trastámara, primogénito y legítimo heredero de los Reinos de Aragón, de Valencia, de Mallorca y de Cerdeña, y de los Condados de Barcelona y de Rosellón.

Por la virtud de esta nuestra carta de comisión y fe pública, hacemos saber a todos los que el presente escrito vieren, cómo Nos, teniendo plena e cumplida satisfacción de la prudencia, lealtad y rectitud de los nuestros muy amados e fieles procuradores el nuestro secretario Juan de Coloma, y el magnánimo caballero mosén Pierres de Peralta, Condestable de Navarra, los constituimos y nombramos nuestros mensajeros especiales y embajadores plenipotenciarios.

E por este dicho documento, os otorgamos todo nuestro poder cumplido, bastante y enteramente libre, según en tal derecho se requiere, para que en nuestro nombre y representación podáis parecer ante los procuradores de la Ilustrísima Señora Doña Isabel, Infanta y legítima heredera de los Reinos de Castilla y de León.

Y allí, en la mesa del concierto que ha de tener lugar en la villa de Cervera, podáis tratar, negociar, acordar y firmar el documento de las Capitulaciones Matrimoniales que se han de celebrar entre Nos y la dicha Infanta Doña Isabel.

Otorgándoos facultad expresa para que podáis autorizar, validar y jurar sobre los Santos Evangelios todos los capítulos, pactos, condiciones y sumisiones que en dicho contrato se asentaren, prometiendo que Nos guardaremos, cumpliremos y respetaremos todas y cada una de las libertades, leyes, fueros, costumbres y preeminencias de los dichos Reinos de Castilla y de León, asumiendo las obligaciones y dignidades que por este matrimonio nos correspondan según fuere acordado por vuestra discreción.

E Nos, desde ahora para el tiempo que viniere, prometemos y empeñamos nuestra palabra de Príncipe y fe real de Rey de Sicilia, de tener por firme, válido y valedero para siempre todo cuanto por vos y en nuestro nombre fuere autorizado, firmado, capitulado y jurado en las dichas negociaciones de Cervera, sin que en tiempo alguno Nos ni otro por Nos lo podamos contradecir, anular ni revocar en parte alguna.

En testimonio de lo cual, mandamos despachar esta nuestra carta de poder, firmada por nuestra propia mano e refrendada con el sello secreto de nuestras armas.

Dada en la muy noble ciudad de Zaragoza, a quince días del mes de enero del año del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo de mil y cuatrocientos y sesenta y nueve años. FERNANDUS REX.

Alfonso empezó a recordar la última escena, aquella en la que se había lanzado sobre Magón para que María pudiera volver a su tiempo.

A su mente regresaban ráfagas de memoria en las que María le confesaba que venía del año 2025.

Inicialmente pensó que se encontraba en ese siglo, pero, tal y como había hecho ella, decidió dejarse llevar por los acontecimientos para comprender su situación.

Tres golpes secos y firmes resonaron en el grueso portón de madera noble. Alfonso giró la cabeza y contestó:

—Adelante.

La puerta se abrió con un crujido. En el umbral apareció un hombre vestido con una túnica larga de paño de lana y terciopelo liso en tonos azul y negro que le caía por debajo de las rodillas, denotando una gran seriedad y autoridad.

El recién llegado hizo una solemne reverencia mientras Alfonso inclinaba la cabeza en respuesta.

—Mi Señor —anunció el hombre—. Los caballos están ensillados en el patio inferior. Es hora. Si hemos de cruzar las puertas de Zaragoza antes de que la guardia cambie, debemos partir ya. ¿Tenéis el poder para el concierto de la boda con Isabel?

Alfonso abrió los ojos con intensidad. Al percatarse de que encima del escritorio descansaba el documento que acababa de leer, lo tomó y se lo entregó.

—Aquí está —dijo Alfonso.

En ese preciso instante, el rey Juan II entró en la estancia. Se dirigió con paso firme hacia el hombre que aguardaba junto a la puerta y le ordenó:

—Coloma, llevad nuestra fe a la mesa de Cervera —sentenció el monarca, clavando su mirada calculadora en los ojos de su hombre de confianza—. Entregádselo a los embajadores de Isabel, pero no permitáis que los castellanos nos traten como a reyes secundarios. Aragón no se arrodilla ante nadie.

Coloma recibió el documento con dedos ceremoniosos y lo deslizó en el interior de un tubo de cuero, asegurando las correas con un golpe seco.

—No flaqueará nuestra voz ante Gonzalo Chacón, Alteza —aseguró Coloma, apretando el estuche contra su pecho—. Guardaré este escrito con mi propia vida.

—Y yo guardaré la de Coloma, Señor —intervino Pierres de Peralta, dando un paso al frente que hizo crujir sus botas de cuero de montar—.

Mi escolta está lista. Nadie se interpondrá entre este papel y las tierras de Lérida.

Si los espías de Enrique IV o del Marqués de Villena asoman en el camino, probarán el acero aragonés.

Alfonso contempló a los hombres congregados en su presencia.

Los embajadores se despidieron con una última reverencia, dejando en la habitación únicamente a Alfonso y a su padre.

El viejo rey alzó una mano temblorosa pero firme, haciendo un gesto para que su hijo se aproximara. Alfonso se inclinó ante él.

—¿Está el papel en manos de Coloma? —preguntó el viejo monarca, con una voz que aún conservaba el eco del mando.

—Lo está, padre. Coloma y Peralta cabalgan ya hacia Cervera —respondió Alfonso, esforzándose por seguir el hilo de la conversación anterior.

El rey asintió despacio, dibujando una sonrisa fría en sus labios agrietados. Estiró el brazo y apretó el hombro de Alfonso con una fuerza insospechada. Alfonso, buscando prolongar el encuentro para averiguar más sobre su identidad y la línea temporal en la que se hallaba, le ofreció un asiento.

—Hijo mío —continuó el soberano al acomodarse—, lo que Coloma va a firmar no es un simple contrato de desposorio.

Es la llave de un imperio. Llevo toda mi vida combatiendo a los franceses, perdiendo tierras en el Rosellón y desangrando a Aragón en el mar.

Nuestra corona es rica en historia, pero pequeña en hombres.

Castilla… Castilla es un gigante dormido.

Tiene campos infinitos, miles de lanzas y una riqueza que tú y yo necesitamos.

Vamos a construir un imperio con Castilla en este año de Nuestro Señor de mil cuatrocientos sesenta y nueve, y tú serás un gran rey.

—Sí, padre —contestó Alfonso, asumiendo por fin su nuevo y glorioso destino.

Alfonso se dedicó en cuerpo y alma a descifrar la violenta época en la que había despertado, desenterrando las intrigas que roían los cimientos de la corte de Aragón.

Pronto comprendió que la majestuosidad mudéjar de la Aljafería era una trampa de cristal plagada de informantes y traidores.

Había nobles que fingían fidelidad al rey Juan II, pero pasaban información secreta de los movimientos militares a los rebeldes y al rey de Francia, Luis XI, quien ansiaba destruir a Aragón.

Durante gran parte de ese tiempo, Alfonso trató con Gonzalo, un noble eclesiástico cultísimo y experto en letras que le ayudaba a diseñar las estrategias políticas en palacio.

Bajo su tutela, Alfonso tuvo que aprender a callar ante los pajes y escribanos menores, sabiendo que muchos eran espías a sueldo.

Para no delatarse, memorizó el mapa de las lealtades cortesanas.

Rodeado de una nobleza que sopesaba el precio de su traición a cada hora, usó esas ocho semanas para transformarse en un estratega implacable, listo para actuar como Fernando con la frialdad necesaria ante el menor paso en falso.

Comprendió que, si al final no podía volver a su línea temporal, tendría que asumir su papel y, por ende, casarse con Isabel, aquella mujer de la que todos hablaban, pero a quien él aún no conocía en persona.

Estando en las caballerizas, el eco sordo de unos cascos precipitados rompió la tensa calma del patio del palacio, anunciando el fin de los cincuenta y cuatro días de agónica espera.

Segundos después, las puertas de la cámara real se abrieron de par en par.

Dejó entrar a un exhausto emisario cubierto de polvo y barro que, tras hincar la rodilla ante el rey Juan II y Alfonso, alzó un estuche cilíndrico exclamando con un hilo de voz ronca:

—¡Albricias, mis Señores! El lazo queda atado y firme ante Dios y los hombres; ¡las Capitulaciones han sido signadas en Cervera!

El anciano monarca, casi ciego por las cataratas, se inclinó hacia delante en su sillón con una sonrisa afilada de triunfo político.

Alfonso —atrapado en el joven cuerpo de Fernando— sintió un vuelco en el corazón al comprender que la gran partida de ajedrez contra la historia acababa de comenzar.

Frente a ellos, el pergamino desenrollado sobre la mesa de nogal mostraba los sellos de cera fresca donde se unían, por primera vez, las armas de Aragón y Castilla.

Mientras tanto, en Valladolid, María caminaba por uno de los pasillos del palacio cuando Chacón se le acercó a toda prisa:

—¡Albricias, mi Señora! Dios ha guiado nuestras monturas en tierras de Aragón. Vengo en este instante de Cervera.

María dio dos pasos rápidos hacia él, con la respiración contenida y el rostro pálido por la expectación.

—¡Gonzalo! Por amor de Dios, alzaos y hablad —le instó María, con el corazón en un puño—. ¿Qué ha acontecido en la frontera? ¿Se ha firmado el concierto?

Chacón se puso en pie con lentitud, manteniendo el pergamino entre sus manos curtidas como si sostuviera la mismísima corona de Castilla.

—Quedan firmadas y selladas las Capitulaciones, Señora.

El secretario de Aragón ha puesto su rúbrica y ha jurado sobre los Santos Evangelios en nombre del príncipe Fernando.

Los aragoneses han aceptado todas y cada una de vuestras condiciones: don Fernando acatará vuestras leyes, vivirá en vuestra tierra y no dispondrá de un solo maravedí sin vuestro consentimiento.

Por derecho y por ley, el lazo está atado.

El Príncipe de Aragón es vuestro prometido.

María recibió el pesado rollo de piel y lo abrió, contemplando las capitulaciones reales del matrimonio de Isabel y Fernando.

En ese mismo instante, empezó a temblar.

Seguía sin encontrar al guardián de esa época y el día en el que debía casarse con el príncipe de Aragón se aproximaba a marchas forzadas.

Los siguientes días fueron una auténtica tortura.

Por si fuera poco, a las pocas jornadas llegó un emisario de su hermano, el rey Enrique IV, con la noticia de que la despojaba de su derecho como heredera a la corona.

María apenas pudo dormir. No sabía qué hacer, todo se le estaba yendo de las manos y el guardián de esa línea temporal no aparecía.

Se había pasado las horas buscando, observando con disimulo las muñecas de cuantos habitaban en el palacio o cruzaban sus puertas.

Todas las mañanas salía a cabalgar para ver si hallaba a alguien con la marca del guardián.

Camuflaba cada una de sus salidas como trayectos estrictamente funcionales, políticos o de entrenamiento militar, siempre escoltada por la guardia y sus doncellas, pero sus esfuerzos eran en vano.