La llave de los siglos (La llave de los siglos 1) CAPÍTULO III
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CAPÍTULO III

La puesta de sol recortaba su último fulgor en el horizonte cuando María abrió los ojos.

Tardó unos instantes en comprender que estaba tumbada en la cama de una habitación fría.

Se incorporó y observó la estructura del aposento, hecho de gruesos bloques de piedra de granito cubiertos con un yeso tosco.

Los muros estaban cubiertos por paños y tapices de lana gruesa para aislar el frío.

Giró la mirada hacia el lecho, un armazón de madera de roble elevado del suelo con cuatro postes que sostenían un techo de tela, del que colgaban pesados cortinajes de lana.

El colchón, relleno de lana merina, descansaba sobre cinchas de cuero bien estiradas.

Las sábanas eran de lino, resguardadas bajo densas mantas y un sobrebozo de un tono rojizo.

Al mirarse el cuerpo, comprobó que iba vestida con una camisola blanca que le llegaba hasta los pies.

Al girar la cabeza, vio dos baúles de madera con pequeñas flores talladas pegados a las paredes.

A unos dos metros se encontraba un escritorio con un cofre y dos sillas.

En una de ellas descansaba un vestido en forma de cono rígido, un verdugado de aros de mimbre que se extendía hasta el suelo, apoyado contra la base del asiento.

La parte baja de la falda se derramaba por la madera, desplegándose por los lados y amontonándose en el suelo de baldosas de barro en un desorden de pliegues pesados y gruesos.

La saya intermedia se apreciaba entreabierta sobre el cuero repujado de la silla.

Al estar la habitación iluminada solo por el titileo de una vela de cera, las tramas de seda revelaban sus dibujos mudéjares según el ángulo de la luz.

Los bordes del cuello cuadrado, cuajados de pequeñas perlas blancas o aljófares, emitían un brillo lechoso y apagado, mientras que el cinturón de eslabones de oro y pedrería, depositado descuidadamente encima del montón de tela, destellaba con reflejos metálicos.

Se acercó al escritorio y abrió el cofre, donde descubrió varias cartas junto a plumas, tinta y un diario.

Justo al lado había un pequeño espejo convexo con forma de burbuja.

El cristal mostraba impurezas y, al cogerlo, devolvía una imagen distorsionada en los bordes.

Al comprobar su nuevo reflejo, María entendió que había vuelto a viajar en el tiempo, pero esta vez con otro rostro y en una situación completamente diferente.

—¡Vuestra merced! ¡Soy Beatriz! —se oyó al otro lado, justo después de que llamaran a la puerta.

—¡Un momento! —contestó María, intentando dominar los nervios.

María se acercó al escritorio, abrió el cofre y comenzó a leer una carta que llevaba por título «Poder». En ella se leía:

Nos, la Ilustrísima Señora Doña Isabel, por la gracia de Dios Infanta de Castilla y de León, verdadera y legítima heredera de estos dichos Reinos.

Por la presente fe e instrumento público, hacemos saber a todos cuantos este nuestro poder vieren, cómo Nos, teniendo entera y cumplida confianza de la lealtad, prudencia y cristiandad de vos, el nuestro muy amado y fiel criado Gonzalo Chacón, e de vos, el discreto varón Gutiérrez de Cárdenas, os hacemos, constituimos y nombramos nuestros procuradores legítimos y mensajeros especiales.

E por este dicho documento, os damos todo nuestro poder cumplido, libre e bastante, según en tal caso se requiere, para que en nuestro nombre y representación podáis parecer y comparecer ante los embajadores e procuradores del Ilustrísimo Señor Don Juan, por la divina gracia Rey de Aragón, y de su muy amado hijo, el Ilustrísimo Príncipe Don Fernando, Rey de Sicilia.

Y allí, en la mesa del concierto, podáis tratar, negociar, capitular y firmar los capítulos de matrimonio que se han de celebrar entre Nos y el dicho Príncipe Don Fernando.

Otorgándoos facultad expresa para que podáis jurar sobre los Santos Evangelios y hacer cuantos solemnes votos y promesas fueren menester para el firme asentamiento de esta unión, velando siempre y en todo momento por la preeminencia, libertades, leyes y señorío de estos nuestros Reinos de Castilla y de León, los cuales por derecho nos pertenecen.

E Nos, desde ahora para entonces, prometemos, aseguramos y empeñamos nuestra palabra real y fe de Infanta de que tendremos por firme, válido y valedero todo cuanto por vos y en nuestro nombre fuere acordado, capitulado, firmado y jurado en las dichas negociaciones, sin que en tiempo alguno Nos ni otro por Nos lo podamos revocar ni contradecir.

En testimonio de lo cual, mandamos despachar esta nuestra carta de poder, sellada con el sello de nuestras armas y firmada por nuestra propia mano.

Dada en la villa de Ocaña, a doce días del mes de enero del año del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo de mil y cuatrocientos y sesenta y nueve años. YO LA PRINCESA.

La cara de María quedó desencajada. Estaba leyendo el documento original de las capitulaciones de boda de la futura reina Isabel la Católica.

María se sentó en la silla de golpe al notar cómo las rodillas le flaqueaban y perdían toda la fuerza.

En ese preciso instante comprendió la magnitud de su situación: había viajado a enero de 1469 y ocupaba el cuerpo de la mujer que cambiaría el destino del mundo.

—¡Vuestra merced! ¿Manda Vuestra Señoría que reciba el agua para el lavado? —insistió la voz desde el pasillo.

María respiró hondo, caminó hacia la puerta y la abrió. Se encontró de frente con Beatriz, su moza de cámara.

—¿Da Vuestra Merced licencia para que entremos a lavar? —preguntó Beatriz, inclinando la cabeza.

—Sí. Podéis entrar.

Justo detrás de Beatriz, entró una sirvienta portando un pequeño cofre mientras hacía una profunda reverencia.

La seguían otras dos mozas que cargaban el aguamanil y la jofaina llenos del agua que habían calentado previamente en los fogones, junto a los lienzos, paños de lino blanco, esencias aromáticas y un estuche que guardaba dos peines de marfil.

Estuvieron media hora lavándola. Al terminar, Beatriz mandó que una de las doncellas trajera el desayuno para María y después todas se retiraron, salvo ella.

—Mi Señora, el mayordomo Gonzalo Chacón aguarda ya en la antecámara, presto para recibir de Vuestra Señoría el poder firmado para los aragoneses.

María entendió de inmediato que tendría que entregar el manuscrito que descansaba sobre el escritorio.

Caminó hacia la mesa de nogal. Sabía, por los libros de historia que había leído en su tiempo, que sobre el cuero reposaba un pergamino grueso, enrollado con firmeza y sellado en el reverso con cera.

Era un documento tan peligroso que, si los descubrían, no solo cambiaría el curso de la historia, sino que les costaría la cabeza por alta traición: el poder para negociar con los enviados del rey de la Corona de Aragón.

—Vamos, Beatriz —dijo María, tomando el pergamino.

—Está en la antecámara, mi Señora —susurró Beatriz, barriendo con la mirada las pesadas cortinas de la puerta por si algún oído indiscreto se hubiera pegado a la madera—. Los hombres del rey siguen abajo, en el patio de armas. Creen que Chacón viene solo a revisar las cuentas del grano.

María asintió con gravedad y avanzó hacia la puerta.

Al otro lado, en una estancia más fría de paredes de yeso tosco, aguardaba de pie Gonzalo Chacón. Vestía una capa de camino de lana basta y botas cubiertas por el polvo del invierno castellano. Al ver aparecer a la infanta, el veterano caballero inclinó la cabeza con una profunda reverencia.

—Dios guarde a Vuestra Señoría —dijo Chacón en voz baja, manteniendo los ojos fijos en el suelo hasta que ella le dio licencia para alzarlos.

—Alzaos, Gonzalo —respondió María, interpretando con firmeza el papel de Isabel. Su voz sonó como un hilo firme en la penumbra—. No hay tiempo para cortesías de salón. Los espías de mi hermano y del Marqués de Villena cercan cada esquina de esta casa.

Chacón se incorporó. Su rostro arrugado mostraba la extrema gravedad de la misión. María extendió los brazos y, de manera directa, puso el pergamino en las manos curtidas de su mayordomo.

—Aquí lleváis nuestra fe y nuestra palabra real —sentenció la infanta, clavando su mirada azul en la de su consejero—.

En este papel os entregamos todo nuestro poder cumplido.

Partid. Negociad con los aragoneses, pero recordad: Fernando ha de ser esposo, pero Castilla no tendrá más señora que la que tenéis ante vos.

No cedáis un solo palmo de nuestro derecho ni de nuestras leyes.

María sabía que tenía que hacer todo lo posible para imitar la legendaria determinación de Isabel y que nadie sospechara que una viajera del futuro habitaba ese cuerpo.

Chacón apretó el pergamino contra su pecho con una devoción casi religiosa. Sabía perfectamente que, si los soldados de Enrique IV lo interceptaban en el camino con ese documento, el patíbulo sería su destino inevitable.

—Por los Santos Evangelios os juro, mi Señora, que antes verán estos ojos la muerte que vuestro linaje la deshonra —respondió el caballero, ocultando el rollo de pergamino de inmediato entre los pliegues interiores de su jubón de cuero—. Mañana, antes del alba, habré cruzado la frontera.

María contuvo el aliento y asintió apenas un milímetro con la cabeza.

—Id con Dios, Gonzalo. Traednos al Príncipe de Aragón.

Chacón hizo una última reverencia, dio media vuelta y se perdió por el pasillo del palacio con el secreto que cambiará la historia del reino escondido bajo el pecho. Beatriz de Bobadilla cerró el portón de golpe, dejando de nuevo a la futura reina en el silencio protector de sus estancias.

El olor a estiércol, paja húmeda y cuero viejo llenaba el aire denso de las caballerizas. Al fondo del pasillo de madera, un robusto caballo castellano de capas oscuras resoplaba, haciendo visible su aliento en el frío cortante de la mañana.

Gonzalo Chacón caminaba con paso firme pero silencioso sobre el lecho de paja.

Llevaba la capa de camino de lana basta abrochada hasta el cuello; bajo ella, la mano derecha presionaba de forma inconsciente su costado.

El pergamino firmado por la infanta Isabel estaba bien plano, camuflado en el forro interior de su jubón de cuero, justo sobre las costillas.

Sentía la rigidez del documento contra su propio cuerpo como un recordatorio constante de que un solo paso en falso le costaría la vida.

Al llegar al pesebre, un mozo de cuadra anciano y de confianza le entregó las riendas. El hombre no preguntó nada; en la corte de Enrique IV, los criados fieles sabían perfectamente que hacer preguntas era el camino más rápido hacia la fosa.

—Está bien herrado y alimentado, señor Chacón —susurró el viejo, mirando de reojo hacia la entrada de la cuadra—. No fallará en el camino.

—Dios te lo pague, Bautista —respondió Chacón con voz ronca.

Sin perder un segundo, apoyó la bota izquierda en el estribo de hierro y se impulsó hacia arriba.

El peso de sus cincuenta años no le impidió acomodarse con la agilidad de un veterano de caballería sobre la silla de arzón alto.

Ajustó las riendas con sus manos enguantadas en piel de cordobán, le hizo a su sobrino Cárdenas un gesto y espolearon suavemente a los caballos y se fueron de camino a Lleida.

El caballo avanzó al trote por el portón trasero, esquivando el patio principal donde la guardia del rey Enrique IV realizaba las rondas. Chacón y su sobrino cruzaron la verja de las caballerizas sin levantar la cabeza, fingiendo que salían a revisar las tierras de labranza. Nadie le dio el alto.

Una vez que las murallas de piedra de Ocaña quedaron a su espalda y el camino de tierra se abrió ante ellos, la contención desapareció.

—¡Arre, tordo! ¡Camina! —bramó Chacón y Cárdenas, clavando las espuelas en los flancos del animal.

Los caballos arrancaron en un galope tendido.

Los cascos golpeaban con furia el suelo invernal, levantando grandes salpicaduras de barro negro que ensuciaban las patas del animal y el bajo de la capa del caballero.

El viento helado de la meseta le azotaba el rostro con la fuerza de mil cuchillos, pero Chacón ni pestañeaba.

Su mente estaba fija en la frontera con Aragón.

A su alrededor, el paisaje castellano de campos de trigo secos y encinas pasaba como una exhalación borrosa.

Sabía que los espías del Marqués de Villena patrullaban las rutas principales hacia el este, por lo que desvió las riendas hacia los senderos secundarios, bordeando los riscos y las zonas boscosas.

Cada vez que el caballo saltaba un bache, el pergamino presionaba con fuerza su pecho.

Bajo la capa, el corazón de Chacón latía al mismo ritmo frenético que los cascos de su montura. Llevaba el futuro de Castilla escondido en el jubón, y no se detendría hasta que ese trozo de piel de cordero estuviera a salvo en las manos de los embajadores aragoneses.