CAPÍTULO II #4
A los pocos minutos, tomaron las riendas de los caballos y se dirigieron al túnel, avanzando a pie con las monturas.
Dejaron atrás la solidez fría de la roca y, casi sin transición, sus pies se hundieron en una negrura viscosa.
El fango los recibió con un chasquido succionador, atrapándolos casi hasta el pecho.
Cada paso se convirtió en una batalla contra el suelo; la ciénaga atenazaba sus piernas, obligándolos a tirar de los muslos con un esfuerzo que hacía arder sus músculos fatigados.
El lodo gélido y pastoso se filtraba entre los dedos, entumeciéndolos, mientras un hedor rancio a azufre y agua estancada les llenaba la garganta.
Detrás, los caballos relinchaban con nerviosismo, plantando los cascos en seco ante la trampa de lodo. Alfonso tuvo que envolverse el ramal de cuero en la mano y tirar con todo el peso de su cuerpo, obligando a su montura a avanzar mientras el animal hundía los corvejones en la ciénaga.
Al fin, con un último y agónico paso, llegaron a la orilla.
El fango les cubría cada rincón del cuerpo e impregnaba cada poro de la piel con un hedor nauseabundo.
Alfonso, con la respiración entrecortada y el rostro empapado de sudor, guió a su caballo y se adentró de inmediato en la falda de la montaña, arrastrando al grupo hacia la densa maleza levantina.
Cada zancada hacia el interior de aquella vegetación virgen exigía clavar las uñas en la roca y tirar con firmeza de los animales que les ayudarían a alejarse una vez que se hubieran puesto a salvo.
Después de caminar varios kilómetros, exhaustos, decidieron acampar. María, al divisar un arroyo a lo lejos, se dirigió a Alfonso con urgencia:
—Necesito lavarme. El olor del fango me da arcadas.
—Espera —le pidió él—. Tengo en las alforjas la ropa limpia que lavaste estos días atrás.
Alfonso se dirigió a donde tenía amarrados los caballos, cogió la alforja y regresó junto a ella.
—Vamos. Te acompaño.
Al llegar al arroyo, María se arrodilló sobre la grava húmeda y hundió las manos en la corriente.
El agua gélida golpeó sus dedos agrietados como el filo de un cuchillo, arrancándole un gemido ahogado; sin embargo, soportó el escozor para frotar con urgencia el lodo seco que se le pegaba a la piel como una costra.
Después, se alejó unos pasos para desnudarse y lavar cada parte de su cuerpo.
Alfonso se dio la vuelta para concederle espacio y, mientras ella se lavaba, comenzó a recoger ramas secas para la hoguera.
En cuanto María terminó Alfonso se desató el ancho cinturón de cuero, dejándolo caer sobre la grava junto a sus armas, y comenzó a desvestirse con movimientos decididos.
Se despojó de la túnica húmeda, exponiendo su torso curtido, y se deshizo del resto de sus prendas hasta quedar completamente desnudo.
Se introdujo en el arroyo y empezó a lavarse, frotando con fuerza sus brazos y hombros para eliminar el cieno.
Finalmente, sumergió la cabeza en el cauce cristalino, agitando el cabello bajo el agua gélida.
Al amanecer, Alfonso despertó a María muy sigilosamente y la apartó del campamento mientras el resto todavía dormía.
—En cuanto ellos despierten tienes que hacer exactamente lo que te dije ayer si quieres volver a tu tiempo —le susurró.
En ese momento, uno de los guardias púnicos se acercó de improviso:
—¿De qué estáis hablando?
—De nada —salió al paso Alfonso—. Solo estábamos recogiendo pequeños palos para encender la lumbre.
De repente, una voz rotunda y acusadora cortó el aire a sus espaldas:
—¡Mentira! Ella viaja en el tiempo. Viene del futuro. Es el nexo que permite activar espacios temporales, borrar y reescribir la historia —sentenció Arisat.
—¿Qué estás diciendo, mujer? —preguntó Magón.
—Ella puede ir a otra época y borrar parte del pasado —aseguró Arisat, señalándola—. Yo he estado con ellos en el barracón y los he oído. Mira la marca que tiene ella en la muñeca, mira su colgante y mira la marca que tienes tú. ¿A que esa marca te ha salido hace muy poco?
Magón se observó el brazo, estupefacto.
—Sí... Pensé que era una herida de espada.
Justo detrás de María, otro de los soldados reaccionó con rapidez: la atrapó con violencia por el cuello y desenvainó su daga.
—¡Habla, mujer! —le exigió, hundiéndole los dedos en la piel.
—Sí... Vengo del año 2025, pero por accidente —admitió María, aterrada—. ¡Yo no sabía que podía viajar en el tiempo!
—¿Cómo es posible que viajes en el tiempo? —inquirió Magón, estrechando los ojos.
—Según me explicó Claudia, la antigua guardiana de esta época, yo soy la llave cuántica. Con la marca de mi muñeca, mi colgante y la marca del nuevo guardián podría regresar a mi tiempo.
—Pero ¿podrías cambiar el rumbo de la historia? —volvió a preguntar Magón.
—Según ella, sí. Pero yo no sé cómo hacerlo —contestó María, mientras la voz le temblaba por completo—. Además, trastrocar el pasado es muy peligroso.
—Entonces... yo podría reescribir la historia y aplastar a las legiones romanas —sopesó Magón con una sonrisa socarrona y una expresión siniestra en el rostro.
En ese preciso instante, aprovechando la distracción del general, Alfonso se abalanzó sobre el soldado que retenía a María.
La tomó con fuerza de la muñeca izquierda y, en un movimiento desesperado, la empujó hacia el frente, uniendo su piel contra la muñeca desnuda de Magón, justo donde brillaba la marca cuántica.
Su único objetivo era que ella lograra escapar y regresar a salvo a su tiempo.