CAPÍTULO II #3
Los tres desmontaron a toda prisa y Arisat llamó a la puerta con ímpetu y premura. En ese mismo momento, abrió una mujer de edad avanzada que, al verla, se echó en sus brazos con lágrimas en los ojos.
—¡Arisat! ¡Pensaba que estabas muerta!
—No, ami —respondió ella, devolviéndole el abrazo—. Estuve casi cinco lunas esclavizada en la mina. Allí conocí a María y a Alfonso —añadió, indicándolos con la mirada—. Aprovechamos el desconcierto y el repliegue de los soldados para escapar. Hemos pasado dos días escondidos en las montañas.
La madre de Arisat se volvió hacia los recién llegados con urgencia:
—Pasad, pasad. Ahí al fondo hay un cobertizo donde podréis atar los caballos.
Entraron rápidamente. Mientras Alfonso aseguraba las monturas en el cobertizo, las mujeres se dirigieron hacia el fuego que permanecía encendido en el hogar.
—Por favor, sentaos —les invitó la anciana.
La madre de Arisat no paraba de abrazarla y de tocarle la cara con cariño, mientras a la joven le brotaban las lágrimas.
Los cuatro terminaron por sentarse cerca del fuego en una banqueta muy baja de cuatro patas cortas y un tablero de madera rústica.
Se notaba que los muebles habían sido cortados a golpe de hacha y escofina; carecían de respaldo y de brazos donde apoyar los codos.
Eran tan bajos que, al sentarse, las rodillas de todos quedaban bastante elevadas.
—Alfonso y María no pueden quedarse mucho tiempo —le explicó Arisat a su madre—. María ha venido de un lugar muy lejano y tiene que encontrar a una persona para poder regresar dentro de dos soles.
—Pero tendréis que descansar y comer un poco —insistió la anciana—. Mañana podréis buscarla.
—Los romanos se acercan y no podemos perder el tiempo —intervino Alfonso—. Mañana a primera hora tendremos que iniciar la búsqueda. Si no lo hacemos, María no podrá volver a su hogar hasta dentro de treinta lunas.
Sobre las seis de la mañana del día siguiente, unos gritos desesperados rompieron el silencio desde las calles:
—¡Los romanos! ¡Los romanos!
Alfonso se levantó de un salto, corrió hacia la entrada y abrió la puerta. Había decenas de personas huyendo y dando voces. Espoleó su caballo, recorrió cuatro calles más abajo para evaluar la situación y regresó a toda prisa.
—¡Despertad! ¡Despertad! La fortaleza está sitiada —anunció con urgencia—. Hay que buscar cuanto antes al nuevo guardián. Yo saldré a localizarlo; permaneced aquí hasta que regrese.
Al amanecer, Escipión había enviado una multitud de hombres con escaleras para lanzar un asalto directo contra la muralla del istmo.
Cuando Magón Barca ordenó abrir las puertas para salir a combatir, los romanos aprovecharon para filtrarse en la ciudad mientras se libraba una batalla brutal en el estrecho corredor de tierra.
Al mismo tiempo, las legiones intentaban trepar los muros, pero al ser estos demasiado altos, las escaleras se partían bajo el peso de los soldados mientras los defensores les arrojaban piedras y proyectiles.
Alfonso recorrió gran parte de las calles de Qart Hadasht.
Justo cuando pasaba cerca de la entrada principal, donde se concentraba la cruenta lucha, frenó su montura y divisó al general Magón.
El líder púnico llevaba los brazos prácticamente desnudos, lo que permitió a Alfonso ver con claridad que lucía la marca cuántica en su muñeca derecha: él era el guardián que había sustituido a Claudia tras su muerte.
Dio un violento tirón a las riendas y regresó a la casa donde aguardaba María. Al llegar, golpeó la madera con fuerza e inmediatamente le abrieron.
—He encontrado al nuevo guardián, pero tenemos un gran problema —explicó Alfonso, jadeando—.
La marca la lleva el general Magón en su muñeca derecha.
Va a ser imposible hablar con él en estas condiciones.
Para activar el portal, tendríamos que propiciar un encontronazo físico en el que tu marca se una a la suya; solo así podrás regresar a tu tiempo.
De repente, una voz desgarradora resonó con fuerza en el exterior:
—¡Qart Hadasht se ha rendido! ¡La ciudad ha caído ante los romanos!
Alfonso abrió la puerta y frenó en seco al hombre que gritaba aterrorizado.
—¿Dónde está Magón?
—¡Se ha refugiado! —contestó el ciudadano, preso del pánico.
Alfonso vio en aquel caos la oportunidad perfecta para alcanzarlo.
—¿Dónde puedo encontrarlo?
—He visto a varios de sus soldados púnicos a un tiro de jabalina de aquí.
—¿Puedes llevarme hasta ellos? —le instó Alfonso—. Conozco un túnel secreto por el que el general podría escapar junto a nosotros.
El hombre asintió con la cabeza, sumiso. Alfonso montó en su caballo y lo siguió sin perder un instante. Pasadas varias calles, distinguió al fondo a tres soldados que custodiaban una puerta fortificada.
—Este hombre tiene acceso a un túnel por el que el general puede escapar —les anunció ese hombre.
Los guardias lo miraron con desconfianza, le confiscaron la espada que llevaba Alfonso en el costado izquierdo y le permitieron acceder al habitáculo donde se ocultaba Magón.
—Este guerrero dice que puede ayudaros a escapar, señor —anunció uno de los soldados púnicos.
—Hacedle pasar —ordenó Magón.
—Hay una salida oculta por la que podéis salir —le expuso Alfonso con rapidez—. Está cerca de aquí y comunica directamente con la montaña y la albufera. El fondo tiene lodo y fango, pero no es hondo; se puede cruzar a pie.
Magón sabía perfectamente que no tenía tiempo que perder; si se demoraba, las legiones romanas lo capturarían.
Sin dudarlo, decidió acompañarlo junto a la escolta de tres soldados.
Todos montaron en sus caballos y se dirigieron hacia el hogar de Arisat.
Al llegar, llamaron a la puerta con violencia.
En cuanto Arisat abrió, los soldados y Magón la empujaron precipitadamente hacia el interior mientras Alfonso entraba tras ellos, cerrando el cerco.
—¿Dónde está el acceso al túnel? ¿Por qué yo no tenía conocimiento de ello? —inquirió Magón, hablando con una frialdad de acero que atravesaba la piel.
—Está a las afueras, junto a la torre este —contestó Arisat, tratando de mantener la calma.
María permaneció enraizada al suelo, como si sus pies se hubieran convertido en hielo. Alfonso se acercó sigilosamente a ella y le susurró al oído:
—Él tiene la marca; es el guardián. Mañana, en cuanto el próximo sol despunte, podrás regresar a tu línea temporal.
Si mañana no lo haces, no podrás volver hasta dentro de treinta soles.
¿Ves la marca que tiene en la muñeca? —le indicó Alfonso a María en voz muy baja, refiriéndose a Magón, el general hermano de Aníbal—.
Cuando estemos mañana ocultos en la montaña, tienes que propiciar que tu marca y la suya se junten mientras sostienes el colgante entre tus manos.
En ese preciso instante, deberás concentrarte y pensar con fuerza en el lugar y el tiempo exactos a donde deseas ir.