CAPÍTULO II #2
A su alrededor, los esclavos corrían sin rumbo de un lado a otro.
Algunos trepaban por los montes cercanos mientras los soldados, a lomos de sus caballos, partían a galope en dirección a la fortaleza de Qart Hadasht.
Asdrúbal el Bello se había asegurado en su día de blindar la capital de su dinastía con una imponente muralla de piedra.
Construida con bloques de arenisca, contaba con casamatas interiores destinadas al alojamiento de las tropas y almacenes de armas.
La única entrada por tierra firme estaba defendida por el lienzo de muralla más alto, grueso y fortificado, ya que los cartagineses sabían perfectamente que cualquier asalto terrestre vendría obligado por ese flanco.
El acceso a Qart Hadasht solo podía intentarse por tres vías: por mar, fondeando una bahía protegida por las catapultas de las murallas costeras; a través del istmo; o cruzando la laguna, cuyo fondo de lodo y fango denso era una trampa mortal donde los soldados enemigos se hundirían por el peso de sus armaduras.
Los soldados cartagineses cruzaron las puertas de la fortaleza por el único acceso terrestre, justo antes de sellarlo, mientras los esclavos se desperdigaban por las montañas buscando refugio.
Ocultos entre la densa vegetación de la ladera, Alfonso, María y Arisat contemplaron a salvo cómo el ejército púnico terminaba de replegarse tras los muros.
Era de noche cuando Alfonso paró su caballo y se dirigió a ellas.
—Tenemos que acampar, tomar un bocado y descansar. Mañana nos espera un día duro.
María apenas se sostenía en pie y Arisat la ayudó a desmontar.
Tras pasar la noche, María se despertó con la boca completamente seca.
Vio a no más de doscientos metros un pequeño río y se dirigió a él para beber un poco de agua.
Intentó apartar unos grandes arbustos que se interponían en su camino y vio a lo lejos a Alfonso.
Estaba dentro del río, completamente desnudo.
El agua recorría cada parte de su piel. Las manos enredadas en su pelo matizaban las ondas húmedas por el agua.
Poco a poco, con una actitud muy varonil, sus grandes manos frotaban su pecho hasta llegar a la cintura.
De repente, él se giró y la descubrió. María se ruborizó de inmediato.
—Perdona. Necesito beber algo de agua.
Alfonso salió del río, agarró la túnica que estaba en el suelo y se la ajustó al cuerpo, dejando parte del pecho al descubierto.
—He rellenado varios odres de agua. Necesitaremos provisiones para el camino. Bebe de uno de ellos y ahora lo vuelvo a llenar. Lo tengo aquí. Acércate.
María lo miró y avanzó con cierto rubor. Tomó el odre y bebió varios tragos con urgencia.
—Si quieres, lávate —dijo Alfonso.
—Pero no tengo ropa interior —respondió María.
—¿Qué es ropa interior?
María se quedó perpleja ante esa pregunta. ¿Cómo no iba a saber qué era la ropa interior? Por un momento olvidó que estaba en otra época.
—La ropa que se pone en el cuerpo antes de vestirse —contestó María.
—¡Ah! Las “Subligar”. Lava las que tienes y ponlas a secar junto con la ropa. Tengo aquí una túnica que te servirá mientras tanto. Te la dejo en el suelo.
Justo en el momento en el que depositó la prenda, Alfonso se alejó hacia donde habían acampado la noche anterior.
María contempló cómo se marchaba y, en cuanto dejó de ver su cuerpo, empezó a desvestirse y se metió en el río.
Las manos le dolían al lavarse; las tenía agrietadas.
A pesar de ello, frotó con fuerza su largo cabello y suavemente el resto de su cuerpo.
Una vez terminó, tomó la túnica limpia y se vistió.
Acto seguido, recogió la ropa que se había quitado y se puso a lavarla.
Pasó algo más de media hora cuando María terminó. Con las prendas limpias en las manos, regresó a la zona donde habían acampado. Allí estaban Arisat y Alfonso cerca del fuego. En la hoguera había dos conejos atravesados por un palo largo que él hacía girar para asarlos.
—Hay que comer algo —dijo Alfonso, mirando a María.
María se sentó en una roca junto a la hoguera y empezó a calentarse. Estaban en primavera; por la mañana el clima era templado, pero la noche en las montañas había sido verdaderamente gélida.
—Después de tomar un bocado nos tenemos que ir —anunció Alfonso.
—¿A dónde tenéis pensado ir? —preguntó Arisat.
—Necesitamos entrar en Qart Hadasht. Tenemos que encontrar al nuevo guardián para que María pueda dar el salto temporal y cumplir su destino —explicó él.
Arisat se quedó mirándolo, estupefacta.
—No entiendo nada.
—María ha venido del futuro —intervino Alfonso con gravedad—.
Ella es la llave cuántica que permite activar espacios temporales, borrar y reescribir la historia.
Al heredar este poder de su abuela, un error la trajo a nuestra época y tiene que volver a su tiempo dentro de tres días.
Pero para lograrlo, necesitamos encontrar al nuevo guardián de esta era, ya que Claudia, la antigua custodia, murió en un asalto.
Lo reconoceremos por la marca de su muñeca izquierda, que tiene el mismo dibujo que el colgante de María.
El día en que Claudia murió, esa marca pasó automáticamente al cuerpo de otra persona que ahora mismo se encuentra en Qart Hadasht.
Una vez que la localicemos, María podrá regresar a su línea temporal.
—Pero ¿cómo pensáis entrar en la fortaleza? —inquirió Arisat, preocupada.
—He subido a la cima de la montaña y la fortaleza todavía no está completamente cerrada. Hay un acceso libre. Debemos aprovechar el desconcierto del repliegue de las fuerzas púnicas para colarnos dentro. No estamos muy lejos, pero tenemos que apresurarnos.
Al oír que existía una oportunidad real de volver a su tiempo, María esbozó una sonrisa de alivio.
—¡Pues vámonos ya!
—Sí. En cuanto terminemos de comer, montaremos en los caballos y partiremos. Desde la cumbre he divisado a lo lejos al ejército romano avanzando por varios flancos, pero calculo que no llegarán hasta dentro de un par de días. Tenemos que adelantarnos a ellos.
—Yo puedo ayudaros cuando entremos en Qart Hadasht —se ofreció Arisat—. Mi familia vive allí. Podremos cobijarnos en su casa hasta que encontréis al guardián.
—Gracias, Arisat —dijo María, aliviada.
Pasada una hora, María guardó la ropa limpia en la alforja de su montura, recogieron las provisiones y los tres iniciaron la marcha.
Al aproximarse a la ciudad, Alfonso detuvo en seco su caballo e hizo una señal con la mano para que las mujeres imitaran su gesto. Luego, se volvió hacia ellas:
—¿Veis esa puerta? Tenemos que cruzar por ahí.
Nos camuflaremos con ese grupo de personas que va a caballo; descenderemos con rapidez, nos uniremos al final de su fila y entraremos con ellos.
No os apartéis de mí en ningún momento. Arisat, necesito saber en qué parte de la ciudad vive tu familia.
No podemos demorarnos demasiado una vez dentro.
Aunque reina cierto caos, alguien de la mina podría reconocernos.
—Están en la zona sur —respondió Arisat, señalando al frente—. ¿Ves aquella torre del fondo? A unos quinientos metros de allí se encuentra la casa de mi familia.
—Bien. Iremos directamente hacia allá. Vosotras seguidme. Arisat, en cuanto nos acerquemos a la torre, te pondrás al frente para guiarnos y llegar lo antes posible.
Ambas asintieron con la cabeza. Justo en el momento en que Alfonso bajó la mano con un movimiento brusco rompieron a galopar, integrándose sin levantar sospechas al final de la hueste que avanzaba a toda velocidad por el camino hacia Qart Hadasht.
Entraron en la fortaleza y se dirigieron hacia la torre. Una vez allí, Arisat levantó el brazo para indicarles el camino:
—Por aquí —señaló, marcando la dirección por la que debían avanzar.
Se adentraron en un entramado de callejuelas estrechas, empinadas y laberínticas, adaptadas a la caprichosa geografía rocosa de sus cinco colinas.
El trazado era un auténtico laberinto de tierra y piedra.
Qart Hadasht había crecido a marchas forzadas entre las laderas de los cerros, la orilla de la laguna y el mar.
Las calles no eran rectas; serpenteaban, subían y bajaban de forma abrupta siguiendo las curvas naturales del terreno.
Salvo las vías principales que conectaban el puerto comercial con el foro púnico y las puertas defensivas, la gran mayoría de las calles carecía de empedrado.
Eran de tierra batida, arcilla apisonada y roca madre viva que sobresalía del suelo.
Al estar en primavera, las pisadas de miles de soldados y las pezuñas de las mulas levantaban constantes nubes de polvo.
En los surcos del suelo todavía corrían pequeños riachuelos de las lluvias torrenciales que habían acaecido días atrás.
Pasaron junto a viviendas altas, de hasta tres pisos, construidas con gruesos muros de adobe sobre bases de piedra local.
Apenas se filtraba la luz en unas calles tan angostas flanqueadas por edificios tan elevados, lo que generaba constantes zonas de penumbra.
Las fachadas exteriores estaban revocadas con cal blanca y tonos arcillosos para proteger el adobe de la lluvia y el salitre marino.
María observaba todo con asombro. No existían aceras diferenciadas del camino y tampoco había un sistema de alcantarillado; al avanzar, se veían pequeños canales de piedra que corrían a lo largo de la calle hasta desembocar en la laguna salada por la que los tres jinetes pasaron.
En ese instante, María sintió una fuerte arcada.
A su alrededor, la gente corría en medio de un gran bullicio.
El humo salía de las casas procedente de los braseros, y un intenso olor a pescado se mezclaba con un aroma terrible a esparto húmedo y el tufo metálico y acre de las fundiciones de plata que el viento del mar empujaba desde la periferia de la muralla.
De repente, Arisat exclamó:
—¡Es aquí!