CAPÍTULO II
Eran las seis de la mañana cuando María sintió un sobresalto ante una voz que gritaba con fuerza:
—¡Despertad, vagos! ¡A trabajar!
Inmediatamente se incorporó de forma brusca.
Sus ojos reflejaban un terror que le generó una parálisis inmediata.
Su corazón empezó a latir con más fuerza; sentía una falta de aliento que apenas le permitía respirar.
De repente, se acordó de dónde estaba y de lo que había pasado el día anterior.
Giró la cabeza y, a lo lejos, encontró la mirada de Alfonso.
Entre ellos había un espacio ocupado por más de treinta personas enjauladas.
Estaban sucios y desaliñados. Algunos tenían las manos llenas de llagas por las que brotaban pequeñas cantidades de sangre.
En ese mismo momento, María vio cómo un carcelero abría la reja dando voces:
—Los hombres, venid aquí.
Todos se dirigieron a la puerta y los guardias empezaron a atarlos a una soga, uno a uno, en fila. Alfonso la miró y se acercó a ella.
—María, es importante que si sobrevivimos esta noche podamos hablar. Anoche te quedaste dormida y no quise despertarte.
María se quedó mirándole, casi sin moverse, y asintió con la cabeza. En ese instante, cuatro carceleros tiraron de la cuerda y se llevaron a todos los hombres cerca de una cueva situada a unos quinientos metros de donde estaban encerrados.
—Aquí tenéis los picos, piquetas y martillos de hierro. Tenéis que utilizarlos para golpear directamente el frente de las rocas.
¡Tú! —gritó uno de los soldados, dirigiéndose a Alfonso—. ¡Coge el pico y el martillo y dirígete a esa mina!
Alfonso caminó hacia el lugar indicado. Se adentró en una compleja red de túneles artificiales que habían sido excavados a mano. Dentro había otro soldado que le ordenó:
—¡Excava aquí! ¡Ahí tienes un cubo con agua por si el gaznate se te queda seco!
Alfonso miró el gran cubo de madera lleno de un agua de color cobrizo. Otro esclavo se acercó y bebió directamente de ella, recogiéndola con las manos para llevársela a la boca. Tenía los brazos cubiertos de llagas y se movía con cierta torpeza.
Las condiciones ambientales de los túneles eran de una tremenda precariedad, con apenas medios de soporte.
Estaban en la más absoluta penumbra, alumbrados solo con pequeñas lámparas de arcilla que funcionaban con aceite.
Al fondo veía galerías angostas donde varios prisioneros trabajaban de rodillas o tumbados de lado, golpeando con fuerza la roca.
Alfonso giró la cabeza y vio cómo un niño, de no más de ocho años, recogía en capazos de esparto trenzado la plata y rocas que iba siendo extraída.
—¡Arrodíllate y pica! —le ordenó el soldado.
Alfonso se arrodilló y empezó a picar con golpes secos y fuertes mientras el mineral caía.
María todavía permanecía encerrada mientras las lágrimas no paraban de brotar de sus ojos. Una mujer que estaba a su lado se acercó y le habló en voz baja:
—Me llamo Arisat. Veo que eres nueva. Pronto vendrán a por nosotras; nos llevarán a trabajar a la parte exterior de la mina.
Tenemos que lavar y cribar el mineral que los hombres extraen de los túneles.
Hoy no sé si nos tocará la zona de lavado o la de molienda.
Es un trabajo duro, así que tendrás que estar preparada.
Tú sígueme cuando los soldados vengan a por nosotras.
Justo volvieron a abrir la celda donde se habían quedado las mujeres y empezaron a atarlas a una soga con fuerza. María siguió a Arisat, tal y como ella le había dicho.
Llevaron a unas veinte mujeres a la zona exterior.
Allí se veía a varios esclavos machacando grandes bloques de roca con pesadas mazas y martillos de hierro; golpeaban el material sobre losas de piedra planas hasta romperlo en fragmentos del tamaño de una nuez.
Al lado, otro grupo trabajaba con molinos de piedra giratorios: hacían rodar la pieza superior sobre una base fija, vertiendo los trozos pequeños por el centro para pulverizarlos.
Muy cerca, un grupo de niños machacaba manualmente las piedras que no habían quedado lo bastante finas tras la molienda.
Mientras María observaba la escena con terror, el soldado que guiaba la cuerda tiró de ellas fuertemente y les señaló el terreno:
—¡Hoy os toca aquí!
Luego, junto con otros dos guardias, las fue desatando una a una. Arisat cogió de la mano a María, la guio hacia la zona indicada y le susurró:
—Estos son guerreros y sicarios íberos de aquí, de la península. Son unos vendidos; nos han traicionado por késef —dijo, refiriéndose al dinero—. Son mercenarios que trabajan para las tropas del gobernador Magón Barca, a los que llamamos «púnicos».
Los guerreros iban vestidos con una túnica corta de lana, rematada con ribetes y bordados de color púrpura en el cuello y las mangas. Llevaban un cinturón de cuero con hebillas y placas pectorales a modo de coraza.
María los miró y, en ese mismo instante, recibió un empujón de otro soldado.
—¡Arrodíllate y ponte a lavar!
María cayó de rodillas. Cogió un puñado de mineral molido de un enorme montículo y lo llevó hacia un canal de madera inclinado, dispuesto junto a unas mesas de lavado.
Como el plomo y la plata son más pesados que la piedra común, el mineral valioso se asentaba en el fondo mientras la corriente de agua arrastraba las impurezas.
Allí estuvo lavando hasta el anochecer. Terminó con el cuerpo entumecido, tras pasar casi todo el día con los pies descalzos sumergidos en el agua estancada y gélida del proceso de limpieza.
Ya de noche, los soldados llevaron a Alfonso y a María de nuevo a la celda junto con el resto de los esclavos.
María llegó primero en compañía de Arisat; aproximadamente una hora más tarde, la silueta imponente de Alfonso recortó el umbral.
Sus ojos azules barrieron la penumbra del cubículo hasta dar con ella.
Se dirigió hacia su posición a paso rápido y le habló en voz baja:
—Me alegro de que estés bien.
—Me duele todo el cuerpo... Mira cómo tengo las manos —respondió ella, levantándolas para mostrárselas.
—Esta es Arisat —añadió María, girando la cabeza hacia donde se encontraba su compañera. Alfonso la miró y la saludó inclinando levemente la cabeza.
—Tenemos que salir de aquí —le susurró Alfonso a María al oído.
He podido hablar con un esclavo en los túneles y se rumorea que el ejército romano está cerca.
Si es verdad, hay que prepararse para huir.
Cuando lleguen, habrá una gran batalla y será nuestro único momento para escapar; si no lo hacemos, estaremos muertos.
María apenas podía abrir los ojos. Estaba tan agotada que las rodillas se le doblaban.
—Voy a sentarme. Mi cuerpo ya no puede más.
Arisat se acercó a Alfonso y le dijo:
—Está exhausta.
Alfonso caminó hacia donde María se estaba dejando caer, se agachó y le habló al oído:
—Cuando tenga más noticias te avisaré, pero tienes que estar alerta para huir. Al salir de los túneles he visto dónde está la zona de las mujeres y los niños. Me imagino que mañana te llevarán allí otra vez, ¿no?
María asintió con la cabeza, sin fuerzas para hablar. Alfonso se despidió con la mirada y se dirigió a la zona de la pared donde se hacinaban los hombres.
El habitáculo era un barracón donde una gran cantidad de esclavos permanecían fuertemente vigilados.
Eran construcciones levantadas de forma apresurada pero completamente macizas para evitar fugas.
Tenían zócalos de mampostería en la base de las paredes, hechos con piedras toscas locales trabadas con barro y mortero de cal.
Este diseño aportaba una solidez estructural que protegía los muros de la humedad del suelo y, sobre todo, impedía que los prisioneros pudieran excavar un túnel para escapar.
Sobre el zócalo de piedra, el resto de la pared hasta el techo se levantaba mediante un tapiado de ladrillos de adobe secados al sol.
Eran muros muy gruesos que proporcionaban un buen aislamiento térmico, pero que a su vez sepultaban el lugar en una absoluta oscuridad.
Las paredes internas del barracón desprendían un polvo constante, cubierto además por capas de hollín negro debido a las pocas antorchas que encendían en los extremos del habitáculo.
No había ventanas para evitar fugas, por lo que los esclavos se encontraban a ciegas, salvo por la luz mortecina que se colaba desde los pasillos exteriores, donde los soldados y los sicarios íberos hacían las rondas de vigilancia.
Así pasaron cuatro días desde que los convirtieron en esclavos. Al quinto, justo cuando los guardias empezaban a atar las sogas para trasladar a los prisioneros a los barracones, llegó un destacamento de más de cincuenta soldados y sicarios gritando con desesperación:
—¡Los romanos están aquí! ¡Hay que replegarse a la fortaleza!
Presos del pánico, los carceleros soltaron las amarras.
Alfonso no desaprovechó la oportunidad: rompió a correr con fuerza en dirección a la zona de lavado donde se encontraban María y Arisat.
Tras devorar los más de seiscientos metros que los separaban, tomó a María de la mano y la guio a toda prisa hacia un punto donde había varios caballos amarrados.
—¡Arisat! —gritó María, volviéndose.
Su compañera cruzó una mirada con ella y no lo dudó; corrió detrás de la pareja.
Llegaron hasta las monturas exhaustos y jadeando por el tremendo esfuerzo de la carrera; solo Alfonso mantenía el aliento. Desató tres de los caballos, ayudó a subir a las mujeres y, con un ágil salto en el aire, se montó de un solo movimiento sobre un ejemplar negro.