La llave de los siglos (La llave de los siglos 1)
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CAPÍTULO I
María se despertó después de un sueño devastador.
Al abrir los ojos, giró la cabeza y miró el móvil.
Eran las siete de la mañana y decidió levantarse.
Se fue directamente a la ducha, se desnudó lentamente, abrió el grifo y dejó que el agua recorriera su cuerpo.
Al terminar, se secó muy suavemente y se dirigió al vestidor.
Ese día no le tocaba trabajar, así que decidió ir a la cafetería para desayunar.
Al dirigirse a la puerta, su cuerpo empezó a desvanecerse hasta quedar totalmente inerte.
A los pocos minutos, sus ojos empezaron a abrirse.
Sentía como si el tiempo se hubiera detenido.
Tumbada sobre el suelo, miró al techo y no reconoció el lugar.
Todo había cambiado. Su casa de estilo minimalista se había transformado en una vivienda rústica, fría y a medio construir. Se oyó una voz que exclamaba:
—¡Claudia! ¡Claudia!
En décimas de segundo, María se incorporó, bajó la vista hacia su regazo y se dio cuenta que no llevaba la misma ropa. Vestía una falda larga y una blusa marrón de tacto áspero y rugoso. Nuevamente, oyó a lo lejos la misma voz:
—¡Claudia! —insistió la voz, mucho más cerca.
Con los ojos desorbitados, miró confusa hacia la entrada.
En ese mismo instante, vio cómo el pomo se giraba rápidamente.
Un hombre alto, rudo y de piel bronceada entró en la estancia.
Aparentaba unos treinta años y vestía pantalones marrones de tejido fuerte y desgastado, una camisa beige desaliñada y unas albarcas sucias.
Era moreno, con ojos azules que destacaban en su rostro junto con sus largas pestañas y cabello ligeramente ondulado.
Su mirada fugaz se clavó en María, cuyos ojos reflejaron un pánico absoluto.
Él se dirigió hacia ella con actitud firme y decidida.
El desconocido avanzó con paso firme, invadiendo su espacio.
—¿Tú quién eres?
—¿Yo? ¿Yo…? —consiguió articular María, con la garganta seca.
—Sí. Tú.
María frunció el ceño. No sabía qué decir; ni ella misma tenía conocimiento de qué hacía en ese lugar.
Antes de desmayarse, estaba en su piso decidida a ir a tomar un café y, en cuestión de segundos, se encontraba en una vivienda a medio construir, en una época que distaba mucho de ser el siglo XXI.
María se movió hacia un lado y su pie rozó un objeto.
Bajó la vista y lo reconoció de inmediato: era el colgante que le había regalado su abuela poco antes de morir.
Se agachó y lo recogió con delicadeza. Al levantar la cabeza, volvió a toparse con aquel hombre, que no paraba de clavar su mirada penetrante en ella.
En ese mismo instante, entró por la puerta una mujer rubia, de ojos marrones y cabello liso.
Con voz dulce, se dirigió al hombre, que se había quedado observando a la joven detenidamente, y le dijo:
— ¡Alfonso! Ya te he oído. No hace falta que grites.
María los miraba expectante, completamente paralizada.
— ¿Quién es esta mujer? —preguntó Alfonso.
Una vez más, los ojos de María reflejaron un pánico difícil de disimular.
— Ya te contaré —contestó Claudia.
Alfonso se giró hacia la puerta, la abrió y salió de la casa.
Claudia miró a María y le dijo:
— Por favor, ¿puedes sentarte? —Señalando una banqueta situada justo al lado de una gran mesa redonda de madera. María tomó asiento y dirigió su mirada a Claudia.
Esta se acercó a ella muy lentamente y se sentó justo a su lado.
— Estarás desconcertada, ¿verdad? Soy Claudia y estamos en el año 209 antes de Cristo.
De repente, se volvió a oír la voz grave de Alfonso gritando desde el exterior:
— ¡Claudia! ¡Nos tenemos que ir ya! ¡Viene el ejército!
Claudia miró a María, la tomó con firmeza del brazo y la llevó corriendo hacia la cuadra. Alfonso ayudó a Claudia a subir a un caballo y, de forma instintiva, hizo lo mismo con María. Acto seguido, él montó a lomos del suyo y los tres emprendieron la huida al galope.
Después de varias horas galopando por un valle estrecho, flanqueado por colinas escarpadas cubiertas de vegetación y rocas, Alfonso detuvo su montura y descabalgó.
— Acamparemos aquí. Va a anochecer y tenemos que resguardarnos en un lugar seguro.
Alfonso miró a María, levantó los brazos y la ayudó a bajar mientras Claudia desmontaba por su cuenta.
Los movimientos de María eran rígidos; estaba desorientada. Claudia amarró los caballos y la cogió de la mano.
— Lamento esta situación tan azarosa —dijo Claudia.
— ¡Esto es un sueño! —farfulló María.
—No, María. No es un sueño. Eres la heredera de la «Llave cuántica», el nexo que permite activar espacios temporales, borrar y reescribir la historia.
Además de ti, existen ocho guardianes y cada uno de ellos está en una línea temporal distinta.
Yo soy una de ellos. Tú eres la llave; solo tú puedes acceder al resto de guardianes y realizar saltos cuánticos.
Cada vez que accedas a una nueva línea temporal, cambiarás de cuerpo y de identidad —explicó Claudia con seriedad.
María no daba crédito a lo que estaba escuchando.
Sus ojos cada vez se abrían con más intensidad.
Ella era una mujer joven, de veinticinco años y con apenas familia, que se había trasladado a Madrid para trabajar de azafata.
No se consideraba especial y siempre había vivido una vida relativamente normal.
—¡Yo no tengo esa llave ni quiero hacer viajes temporales ni reescribir la historia! —gritó María de forma desesperada—. ¡Solo quiero volver a mi piso y a mi vida! Esto es de locos. ¡Llevadme de vuelta al lugar de donde me habéis traído! —dijo María gritando.
La palabra pánico se reflejaba en cada parte de su rostro.
—Esto... esto es una pesadilla —farfulló María, con los dientes castañeteando—. Es un sueño. Tengo que despertar en mi cama.
—No es un sueño, María.
La joven se quedó helada. Clavó los ojos en ella, con el pulso acelerado.
—¿Cómo... cómo sabes mi nombre? Yo no lo he dicho.
—Lo sé porque te estábamos esperando – Dijo Claudia.
— ¿Cómo puedo volver a mi tiempo?
— Solo puedes cambiar de línea temporal cuando dos planetas se alinean. Esto sucede solo una vez al mes. Hay un minuto exacto en el que la conjunción permite viajar. El próximo será dentro de nueve días.
— Hay que comer y descansar. Mañana nos espera una jornada dura hasta llegar a la ciudad de Qart Hadasht – dijo Alfonso.
A la mañana siguiente, subieron a los caballos y emprendieron el camino cerca de la sierra.
Después de cabalgar varias horas por zonas con una ufana vegetación y escarpadas rocas, de repente María se encontró con un panorama visual y sonoro sobrecogedor.
Había montañas plagadas de pozos y bocas de galerías oscuras.
En las laderas, la montaña se abría en profundas e irregulares zanjas talladas a mano con picos de hierro.
Lo primero que se divisaba desde ese vasto trayecto eran inmensas columnas de humo espeso que brotaba de varios puntos de la montaña.
Al fondo se veía a personas tirando de rocas y cuerdas de grueso tamaño.
Parecían esclavos que vestían túnicas viejas, remendadas y llenas de jirones, probablemente rasgadas por las aristas de las rocas.
— ¿Qué es eso? —preguntó María a Claudia.
— Son las minas de plata de Qart Hadasht. Es la mayor explotación de los cartagineses. En ellas trabajan esclavos del ejército. Mercenarios capturan a campesinos y personas rebeldes y las llevan a las minas. Esa es la razón por la que nos fuimos precipitadamente.
Alfonso se dirigió a ellas para indicarles que se pararan y se ocultaran con los caballos en una zona de gran maleza.
El ejército les había seguido los pasos a pesar de que se habían metido en las fauces de un terreno escarpado.
Bajaron de los caballos y se agacharon. A los pocos minutos, pasaron más de veinte jinetes a toda velocidad, dejando a su paso una densa estela de polvo.
Al cabo de una espera estratégica, Alfonso se incorporó y avisó a Claudia para que se levantaran y reanudaran el camino.
Subieron de nuevo a los caballos e iniciaron la marcha al trote.
Pasadas unas horas, el silencio se rompió con un crujido sordo.
Desde la zona alta de la montaña empezó a caer una lluvia de saetas.
La primera oleada impactó contra la tierra batida, haciendo que los corceles de Alfonso, Claudia y María emprendieran un galope tendido.
Sin apenas tiempo para asimilar la emboscada, el grito de «¡Cubríos!
» se ahogó por el impacto de un proyectil que se clavó con fuerza en el tronco de un árbol cercano.
El estruendo hizo temblar a María. El desfiladero se había convertido en una trampa mortal donde las flechas caían con violencia, impulsadas por la gravedad a favor de los atacantes.
De repente, el ejército irrumpió en el camino al mismo tiempo que una de las flechas se clavaba cerca del corazón de Claudia.
El impacto la derribó de la montura, y en su caída arrastró a María, haciéndola rodar por el suelo.
Alfonso, al ver la escena, frenó en seco.
El tirón fue violento mientras contemplaba el cuerpo de Claudia rodar por la ladera rocosa.
En ese instante, un soldado tiró de las riendas del caballo de Alfonso obligándolo a encabritarse sobre sus cuartos traseros en mitad del sendero.
Antes de que la montura recuperara el apoyo, una sombra armada emergió de los riscos.
Un grupo de soldados saltó directamente hacia el freno del animal; con una fuerza desmedida, el asaltante aferró las correas de la brida, tirando hacia abajo para desestabilizarlo y cortar cualquier vía de escape.
Alfonso intentó desenvainar su espada de hoja curva, pero otro soldado se lanzó desde una montura que se aproximaba al trote y lo derribó.
Entre varios hombres lo inmovilizaron a golpes, dejándolo casi inconsciente.
Mientras tanto, María permanecía en el suelo, rodeada de soldados cartagineses, y Claudia yacía sin vida.
Los militares vestían túnicas cortas de lino blanco con ribetes de color rojo vivo alrededor del cuello.
Llevaban cinturones anchos de cuero con broches de bronce, de los que colgaban falcatas en la parte central del torso, además de placas pectorales broncíneas en forma de disco, sujetas con correas, y espinilleras.
Los soldados ataron las manos de Alfonso y María y los llevaron a pie por las montañas, en dirección a las minas situadas a pocos kilómetros de Qart Hadasht.
El sol de la tarde caía como el plomo sobre sus hombros mientras teñía las rocas de un color cobrizo.
El ambiente resultaba asfixiante y cada paso se convertía en un suplicio.
El aire, denso por el humo que emanaba de las minas y fundiciones, apenas les permitía respirar.
Tenían las muñecas amarradas por ásperas cuerdas de esparto que, a causa del roce, ya les habían levantado la piel.
María apenas podía mantener el equilibrio, mientras que Alfonso caminaba completamente erguido.
Después de varias horas de marcha, llegaron a la entrada de la mina, donde miles de esclavos trabajaban vigilados por un gran contingente de cartagineses.
En la cumbre se alzaba un complejo rodeado por numerosos soldados.
Eran edificaciones con cimientos en la parte interior de los muros, levantadas con grandes bloques de piedra caliza labrada.
Los lienzos superiores eran de adobe: sobre la base de piedra se asentaba la arcilla compactada, formando muros extremadamente gruesos.
Las techumbres, de madera y barro, se sostenían sobre pesadas vigas y estaban cubiertas con cañizo y una capa gruesa de arcilla; sus azoteas planas servían para que los centinelas transitaran de un lado a otro vigilando el entorno.
Uno de los soldados se acercó a Alfonso y María y los arrastró hacia una tienda de campaña donde se encontraba su superior. Tras dar unos pasos, el custodio tiró con fuerza de la soga y los empujó para que cayeran al suelo, justo delante del capitán.
— Aquí tienes a dos más —dijo el soldado—. Él es fuerte y podrá trabajar en las galerías subterráneas, y a ella la pondremos en las balsas de lavado. Otra campesina ha muerto durante el ataque.
María permanecía con la cabeza baja, pero el soldado la agarró firmemente del cabello y la obligó a levantar la mirada.
En ese instante, Alfonso dirigió una mirada desafiante al agresor, quien reaccionó propinándole un golpe de forma instintiva.
Nada más recibir el impacto, Alfonso buscó los ojos de María y, entre susurros, le dijo: «Tranquila».
—A él llévalo a las galerías interiores para extraer los bloques de roca y a ella a la zona de molienda, donde se machaca el mineral con los morteros de piedra.
Después de estas órdenes, dos soldados los condujeron hasta un sector donde los esclavos se hacinaban. Les quitaron las cuerdas de las muñecas y les entregaron agua y algo de comer.
—Descansad, que mañana empezáis a trabajar —ordenó uno de los custodios.
Una vez que los guardias se retiraron, Alfonso se acercó a María y la estrechó entre sus brazos mientras las lágrimas de ella no paraban de brotar.
Alfonso medía casi dos metros y lucía un tono de piel dorado por el sol.
Sus facciones eran marcadas y angulosas, con pómulos bien definidos y una mandíbula fuerte y robusta que enmarcaba su semblante serio y desafiante.
Tenía una mirada intensa de ojos azules y grandes, guarnecidos por pestañas negras y cejas densas, pero bien perfiladas.
Su cabello era oscuro, ondulado y espeso, y llevaba una barba perfectamente recortada que aportaba una simetría exacta a su rostro.
Su vestimenta realzaba su atractivo natural.
Vestía una túnica de lino fino blanco, ajustada con un cinturón de intrincados bordados geométricos.
La tela caía de forma ligera, acentuando su complexión atlética y dibujando cada uno de sus movimientos.
Sobre el pecho llevaba cruzado un manto liviano cuyo color contrastaba con su piel bronceada.
Aunque María inicialmente pensó que era un simple campesino, sus actos y la destreza con la que empuñaba la espada distaban mucho de serlo.
María, por su parte, poseía una belleza peculiar y exótica, fruto de la mezcla de rasgos de sus padres.
Sus ojos eran grandes, de un color negro azabache.
Sus pestañas, largas y espesas, enmarcaban una mirada profunda y ligeramente achinada que le confería un aire felino.
Su piel, de una blancura luminosa, contrastaba con su largo cabello moreno y brillante.
Tenía unos pómulos altos y labios carnosos que aportaban una armonía perfecta a sus facciones.