CAPÍTULO XXIII
Un zumbido agudo y persistente en los oídos fue lo primero que devolvió a María a la realidad.
Abrió los ojos de golpe, pero la vista se le nubló de inmediato, emborronando el techo de su piso en una masa de luces y sombras confusas.
Estaba tumbada boca arriba sobre el parqué frío, en su piso, de vuelta en el año doscientos veinticinco.
Sintiéndose flotar en una profunda desorientación, se incorporó del suelo despacio.
Cada músculo de su cuerpo pesaba como el plomo y el estómago se le revolvió en una oleada de náuseas.
Apoyó las palmas de las manos en las tablas de madera, arqueando la espalda con torpeza y quedándose de rodillas durante unos segundos, esperando a que el suelo dejara de tambalearse bajo ella.
Arrastrando los pies y buscando el apoyo de la pared con los dedos, se dirigió a la silla de madera que estaba cerca del pasillo y se dejó caer en el asiento con un suspiro ahogado.
Una vez allí, continuó parpadeando repetidamente contra la luz cegadora del salón que le lastimaba las pupilas.
De forma automática, terminó tocándose la cabeza con las dos manos, hundiéndose los dedos en las sienes para masajearse la zona.
Sentía una presión punzante justo detrás de la frente; la inequívoca e intensa vibración de quien acaba de sufrir un síncope y recupera la conciencia a trompicones.
Se quedó inmóvil, respirando de manera entrecortada, tratando de descifrar por qué estaba vestida y qué hora era.
No se acordaba de nada de lo que había hecho en las últimas horas; el vacío en su mente era absoluto.
Lo único que logró rescatar de la niebla de su cerebro, como un resorte instintivo para obligarse a espabilar, era su intención de salir de allí e ir a tomar algo a la cafetería de la esquina.
María apartó las manos de las sienes y, haciendo un último esfuerzo por vencer la pesadez de sus párpados, estiró el brazo hacia la mesa auxiliar del pasillo.
Tomó el teléfono y vio que tenía un mensaje parpadeando en la pantalla de bloqueo.
Al pulsar el cristal con el pulso todavía ligeramente tembloroso, la brillante luz del dispositivo le iluminó el rostro: el texto confirmaba que había quedado a tomar un café y que ya llegaba tarde.
El nombre del remitente no lograba disipar la bruma de su mente, pero la urgencia de la hora grabada en la pantalla actuó como un resorte en su cerebro.
Una vez que se encontró mejor, o al menos lo suficientemente estable como para que las paredes dejaran de girar, se puso en pie con cuidado.
Se aseguró de mantener el equilibrio apoyando el peso en ambos talones.
Decidió tomar el abrigo que colgaba del perchero de madera de la entrada.
Descolgó la prenda con un movimiento pausado, deslizó los brazos por las mangas forradas de seda gélida y se ajustó los botones delanteros, mientras el cuello alto la protegía de la repentina sensación de destemplanza que le había dejado el desmayo.
Con pasos ya más firmes, deslizó la mano en el bolsillo del abrigo para comprobar que llevaba el monedero, agarró el manojo de llaves metálicas que descansaba en el plato de la entrada y se dispuso a bajar a la cafetería.
Empujó la pesada puerta de su piso, escuchando el encaje seco de la cerradura al dar las dos vueltas de seguridad desde fuera, y se adentró en el pasillo comunitario.
El eco de sus propios pasos sobre los peldaños de granito de la escalera la acompañó en el descenso hacia el portal, mientras exhalaba un suspiro profundo, intentando convencerse de que el aire fresco del exterior terminaría por despejarle la cabeza de una vez por todas.
Cruzó el umbral del edificio y la brisa de la calle la recibió de golpe; un roce constante y agradable que terminó de disipar los últimos restos de embotamiento que le nublaban las sienes.
El vecindario se desplegaba ante ella con su ritmo habitual: el runrún lejano del tráfico, el murmullo de los transeúntes y el reflejo dorado del sol en los escaparates.
Levantó la vista y divisó a lo lejos la cafetería de la esquina.
El establecimiento, de grandes cristaleras ribeteadas en madera oscura, recortaba su silueta contra el cruce de calles, desprendiendo una luz cálida y acogedora que invitaba a entrar.
Aceleró sutilmente el paso, apretándose las solapas del abrigo contra el pecho, hasta alcanzar la entrada.
Empujó la puerta de vidrio e ingresó al local.
El alegre tintineo del cascabel del dintel anunció su llegada, dando paso a una atmósfera completamente diferente.
Al instante, la envolvió un aroma denso y reconfortante a grano de café recién molido, tostadas y bollería horneada.
El ambiente estaba cargado de un murmullo vibrante: el golpeteo de las cucharillas de plata chocando contra las tazas de porcelana, el siseo vaporoso de la máquina exprés detrás de la barra y las conversaciones cruzadas de los clientes que ocupaban las mesas.
María se detuvo un segundo en el felpudo de la entrada, parpadeando para habituarse al cambio de luz, mientras recorría el local.
Al no ver a nadie conocido entre las mesas de la entrada, decidió acercarse al mostrador principal y se colocó en la fila de personas que pedían para llevar.
Delante de ella había tres clientes que aguardaban pacientemente.
El calor del local empezó a asentarse en su cuerpo, obligándola a aflojarse sutilmente el cuello del abrigo mientras la línea avanzaba a un ritmo pausado pero constante.
A cada paso que daba, el espacio se reducía y los estímulos de la barra se volvían más nítidos.
Podía escuchar el impacto rítmico del camarero vaciando el filtro de la cafetera contra el contenedor de posos, seguido del chorro de la leche evaporándose a alta presión en las jarras de metal.
El olor a grano tostado allí mismo era casi hipnótico.
Un hombre con maletín pagó con su tarjeta, recogió un vaso humeante y se retiró hacia la salida, permitiendo que María diera un paso más al frente.
Ahora solo quedaba una mujer con bufanda delante de ella, que dudaba entre pedir un descafeinado o un expreso.
María aprovechó esos últimos segundos de espera para mirarse las manos de forma inconsciente.
Sentía una extraña vibración residual en las yemas de los dedos, un eco inexplicable que su mente amnésica no lograba asociar con nada real.
El murmullo de las conversaciones a su alrededor parecía desvanecerse por momentos, atrapada de nuevo en una ligera oleada de abstracción.
Sin embargo, el tintineo de la caja registradora al cerrarse la devolvió a la realidad.
La mujer de la bufanda recogió su bandeja y se apartó.
La barra de madera pulida quedó completamente despejada frente a ella. El camarero, un joven de chaleco oscuro que limpiaba la superficie con un paño, levantó la vista, le dedicó una sonrisa profesional y la miró fijamente. Le había llegado el turno.
—Un capuchino bien caliente, por favor —pidió María, esbozando una sonrisa amable.
El camarero asintió y transmitió la comanda a su compañera, una camarera de cabello recogido que se movía con una eficiencia coreografiada detrás de la colosal máquina de café.
María observó de forma minuciosa cómo la mujer vertía la leche vaporizada con precisión sobre el expreso, creando una densa capa de espuma aterciopelada que luego espolvoreó con un toque sutil de cacao oscuro.
Al cabo de un par de minutos, depositó la taza de porcelana blanca sobre un plato a juego, colocó una cucharilla de plata al lado y se lo entregó con un gesto cortés.
María pagó con el teléfono móvil, sintiendo el calor reconfortante del líquido filtrándose a través de la cerámica directamente hacia las palmas de sus manos, aliviando la destemplanza que aún sentía en el cuerpo.
Sosteniendo el plato con firmeza para que no se derramara, se dio la vuelta y caminó hacia una mesa que divisó al fondo.
Avanzó despacio, sorteando los respaldos de las sillas ocupadas por otros clientes y dejando atrás el bullicio de la entrada.
La mesa del fondo estaba apartada, cobijada bajo una luz más tenue y rodeada por un banco corrido de cuero gastado.
Parecía el lugar perfecto para sentarse a solas a tomar el café.
Al ir a agacharse para apoyar la taza en la madera, midiendo la distancia con cuidado para que la porcelana no bailara, el tiempo pareció detenerse un instante.
Sus dedos aún rozaban el borde cerámico cuando, de repente, alguien le dio un golpecito en la espalda a modo de saludo; una palmada suave pero firme que la hizo erguirse de golpe por el sobresalto.
Se giró y encontró de frente a Alfonso.
En ese mismo instante, la densa niebla que bloqueaba su mente se rasgó por completo.
El impacto visual de sus ojos, de sus facciones y de su sola presencia actuó como un detonante en su cerebro: lo recordó a él, recordó las minas de plata de Qart Hadasht, la flecha desviada en el último milisegundo, la casa de campo de Claudia en el doscientos nueve antes de Cristo y la inmensa odisea que habían vivido juntos a través de los siglos.
Todo el pasado que creía borrado regresó en una fracción de segundo, golpeándola con la fuerza de una revelación.
Alfonso, que la miraba con una mezcla de alivio infinito y un amor que había desafiado las barreras del tiempo, no esperó a que ella pronunciara una sola palabra. La tomó por la cintura con firmeza, rompiendo cualquier distancia entre ambos, y la besó apasionadamente en mitad del local.
María se entregó por completo al reencuentro, soltando todo el miedo y la confusión que arrastraba desde que despertó en el suelo de su piso.
Se puso de puntillas y hundió sus manos en el cabello de él, aferrándose a su cuerpo.
El murmullo de la cafetería de doscientos veinticinco, el aroma a capuchino y las miradas curiosas de los clientes de alrededor desaparecieron por completo.
En ese rincón del fondo, el tiempo finalmente se detuvo para los dos.
Un sonido electrónico y estridente rompió la magia del abrazo. La vibración digital sacudió la mesa. María parpadeó despacio, miró la pantalla del teléfono y le dijo a Alfonso:
—Es mamá.