La piedra que cierra el mar
La llave de Galicia no se forjó en un día, ni en una vida, ni en la de Áslak, que solo vio nacer la idea; se fue alzando piedra sobre piedra a lo largo de generaciones, despacio, como se hacen las cosas que duran, hasta cerrar de verdad la puerta de mar por la que habían entrado los lobos.
Lo primero fue una empalizada, poca cosa, unos troncos clavados y una zanja, en la boca del Ulla, sobre las viejas piedras de los romanos, las del castillo arruinado que llevaba siglos allí medio comido por la maleza, guardando un paso que ya nadie guardaba.
La levantaron a toda prisa los del conde el año mismo de la victoria, con el miedo todavía en el cuerpo, para que si volvían los lobos aquella primavera o la siguiente, encontraran al menos un palo clavado y un puñado de hombres en la garganta de la ría, y no la puerta abierta de par en par que había encontrado Gunrod.
Y Áslak, el converso, ayudó a trazarla, ya se ha contado, aconsejando dónde estrechaba el agua, dónde encallaba un barco, dónde unos pocos podían parar a muchos.
De modo que en la primera piedra de la llave de Galicia, sin que las crónicas lo recogieran, hubo el saber de un lobo que había aprendido a entrar para enseñar a cerrar.
Después, con los años, la empalizada se hizo cerca, y la cerca, muro, y sobre las piedras romanas se levantó una primera torre de piedra, baja y fuerte, y luego otra, porque cada generación que recordaba la razzia, o que la había oído contar a sus abuelos, añadía una piedra al miedo hecho fortaleza, alzaba un poco más alto la guardia de la ría.
Vinieron obispos, con el tiempo, que entendieron lo que valía aquel paso, y que pusieron en él dinero y canteros y voluntad, y la fortaleza fue creciendo, torre a torre, siglo a siglo, hasta ser, mucho después de Áslak, mucho después de Mariña, mucho después de que nadie recordara sus nombres, una verdadera llave de piedra atravesada en la garganta del Ulla, con sus torres y sus muros, guardando el camino de mar a la ciudad del Apóstol.
Y las crónicas, cuando al fin la nombraron, la llamaron la llave y el sello de Galicia, porque eso era: la cerradura que la tierra le había puesto a su puerta de mar después de que los lobos se la abrieran de golpe una vez.
Nadie, al verla ya alzada y poderosa, recordaba de dónde había salido.
Nadie sabía que aquella mole de piedra había nacido de una empalizada de troncos clavados con miedo, ni que la empalizada había nacido de una noche de matanza, ni que la noche de matanza había nacido de un año de sombra y de hambre y de un sepulcro profanado, ni que en la traza de la primera piedra había habido el consejo de un lobo converso que un día subió por aquella ría a saquear y se quedó a defenderla.
La historia se había perdido, como se pierde todo, y solo quedaba la piedra, muda, guardando el mar, sin contar de dónde venía.
Pero la piedra estaba, y cerraba la ría, y mientras estuviera no volvería a entrar por allí ninguna flota de dragón hasta el corazón de la tierra del santo.
Esa fue la última cosa que dejaron los lobos en Galicia, sin querer: no el saqueo, que se olvidó, no el oro, que se gastó, sino su contrario, su antídoto, la piedra que la tierra aprendió a poner para que ellos no volvieran.
Vinieron a abrir una puerta, y lo único que dejaron, a la larga, fue la cerradura que la cerró.
Y en aquella cerradura, en aquella llave de piedra que aún hoy guarda la entrada de la ría, hay, para quien sepa mirar, una piedra primera, invisible, puesta por las manos de un hombre del norte que se cansó de coger y se quedó a guardar la orilla que había venido a robar.