La llave de Galicia
Cuando pasó la sangre, y la tierra enterró a sus muertos en los adros bajo la lluvia, y quemó lo que quedaba de los barcos de los lobos, los que mandaban en Galicia se juntaron a pensar cómo hacer para que aquello no volviera a pasar jamás, y de aquel pensamiento nació, con los años, la llave de la tierra.
Porque la tierra había aprendido, como había aprendido el sur en otras orillas y en otros tiempos, una lección que cuesta sangre aprender: que de poco sirve vencer al lobo una vez, matarlo y enterrarlo, si el lobo puede volver por el mismo camino cuantas veces se le antoje, año tras año, generación tras generación.
Y el camino de los lobos era la ría: la boca de mar abierta de par en par por la que las cien velas de Gunrod habían entrado hasta el corazón mismo de Galicia, hasta el Ulla, hasta las puertas de la ciudad del Apóstol.
Mientras aquella puerta de agua estuviera abierta, sin guardia, sin cerrojo, Galicia estaría siempre a merced del próximo rey del mar que se acordara del tesoro del santo y se atreviera a venir a por él.
Había que cerrar la puerta. Había que poner, en la garganta del Ulla, donde el agua salada empieza a entrar hacia la tierra del santo, algo que parara a los barcos: una llave, un sello, una piedra atravesada en el camino del mar.
No se hizo en un día, ni en un año; las cosas de la tierra, las que duran, se hacen despacio, piedra sobre piedra, y la gran fortaleza que un día guardaría la entrada de la ría, la que las crónicas llamarían con el tiempo la llave y el sello de Galicia, tardaría generaciones en alzarse del todo sobre las viejas piedras romanas de la desembocadura.
Pero la idea, la decisión, la semilla, nació de aquel año de la sombra, del miedo y de la rabia de aquel año, de la voluntad terca de la tierra de no volver a dejar nunca más su puerta de mar abierta.
Y a Áslak, cosa extraña, le tocó algo en aquello.
Porque cuando los hombres del conde discutían cómo y dónde cerrar la ría, alguien se acordó de que en una aldea de la orilla había un lobo converso, uno de los de Gunrod que se había quedado, que conocía a los del norte como nadie, sus barcos, su manera de leer una ría, de buscar el paso, de subir un río, sus mañas y sus miedos.
Y llevaron a Áslak ante ellos, al que un año atrás había remontado aquella misma ría a saquear, para que les dijera, ahora del lado de la tierra, cómo pensaban los lobos, por dónde subirían, qué los pararía y qué no, dónde poner la piedra para que de verdad cerrara el paso.
Y Áslak, el lobo que se había quedado, aconsejó a la tierra cómo cerrarse contra los lobos.
Les dijo lo que él mismo habría hecho para entrar, para que ellos supieran cómo impedirlo; dónde estrechaba la ría, dónde encallaba un barco con la marea baja, dónde un puñado de hombres con piedras podía detener a una flota.
Traicionó, en cierto modo, a los suyos, a los del norte, a su propia sangre.
Pero no lo sintió como traición, ni un momento.
Lo sintió como lealtad: lealtad a la tierra que lo había dejado vivir, a la ría que era ya su casa, a Mariña, a los hijos que vendrían, a los que vendrían después de ellos.
La sangre, descubrió Áslak, igual que lo habían descubierto otros lobos en otras orillas sin que él supiera nunca de ellos, no hace la lealtad.
La hace la tierra. La hace la casa, los muertos enterrados, la gente que se quiere.
Y su tierra era ya aquella, la mojada, la verde, la del Apóstol, y por ella, contra su sangre, dio sus consejos sin que le temblara la voz.