Valió la pena
Áslak murió viejo, muy viejo para lo que vivían los hombres del norte, en su cama de la aldea de la ría, lejos del mar abierto que lo había traído, rodeado de su gente, en paz, una mañana de lluvia mansa como la del día en que llegó.
Lo enterraron en el adro de la iglesia de granito, bajo la lluvia, junto a las otras tumbas de la aldea, y, por una de esas cosas que tiene la vida, lo enterraron a pocos pasos de la tumba del padre de Mariña, de Mariño el de la barca, al que los lobos habían matado en el fango el primer día de la razzia, una generación atrás.
El suegro al que mataron los de su sangre y el converso que se quedó, los dos bajo la misma lluvia, en el mismo adro, vueltos los dos, al fin, la misma tierra mojada de la ría.
Y sobre su tumba el cura escribió el nombre cristiano, el del bautismo, el de la pila fría, el que casi nadie le había usado en vida, porque para la ría entera había sido siempre, hasta el final, Áslak, el del norte.
En la piedra quedó el nombre del santo, mudo; el del fiordo quedó en la gente, vivo mientras vivieron los que lo quisieron; y cuando ellos faltaron, los dos nombres se fueron borrando juntos, como se borra todo lo que no se cuenta.
Antes de morir, una de las últimas tardes, pidió que lo sentaran a la puerta de la casa, abrigado, a mirar la ría, que se veía desde allí, gris y quieta bajo la llovizna, con las bateas y las dornas y el monte verde al fondo y la niebla colgada.
Y Mariña, vieja también, se sentó a su lado, y los dos miraron la ría mucho rato, en silencio, como habían hecho tantas tardes, cómodos en el callar de los muy viejos que se lo han dicho ya todo. Y Áslak dijo, despacio, la voz fina:
Y se fue apagando despacio, sin dolor, a lo largo de aquel invierno, y murió de noche, en su cama, con Mariña velándolo, como ella lo había velado siempre, y se durmió oyendo la lluvia, que era lo primero que había oído al llegar a aquella tierra, y no despertó.
Y en la ría, a la mañana siguiente, salieron las dornas a faenar como todas las mañanas, porque el mar y la tierra no paran ni por los muertos, y entre los que salieron a coger el marisco en el fango de la bajamar había nietos suyos de ojos claros que no sabían, mientras hundían los dedos en el barro de la ría, que aquellas manos suyas, morenas y gallegas, sabían el fango porque un lobo del norte había aprendido a quedarse.