La llave de Galicia (El hacha y el arado 3) El que volvió del mar
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El que volvió del mar

Airas volvió, al fin, cuando Áslak ya era muy viejo y había hecho las paces con la idea de morirse sin volver a verlo, y volvió hecho un hombre de mar, curtido, con cicatrices y con los ojos grises más viejos, y volvió, sobre todo, entendiendo, que es lo único que un padre puede pedirle a un hijo que se fue al agua.

Habían pasado muchos años. Mariña había envejecido esperándolo, sin perder nunca la fe de que volvería, mirando cada barco que entraba por la boca de la ría por si traía a su hijo; y Áslak, que conocía el mar y no tenía aquella fe, callaba y la dejaba mirar, porque quitarle a una madre la esperanza de un hijo en la mar es la única crueldad que no se le hace ni al peor enemigo.

Y una tarde de niebla, ya los dos muy viejos, entró por la ría un barco, y de él bajó un hombre que preguntó por la casa de Áslak el del norte.

Y era Airas, hecho un marino de barba gris y manos de cabos, que había cruzado el mar grande tantas veces como su padre una sola, y que volvía, al fin, a la ría de la que se fue de mozo.

Le contó a su padre, en los días que siguieron, lo que había visto: puertos del sur y del otro lado del mar, tierras de las que en la ría solo se sabía el nombre, tormentas que se habían tragado a barcos enteros a su lado, una galerna en la que se vio muerto, agarrado a una tabla en un mar negro, dándose por perdido, llamando a su madre y a su ría.

Y de aquella galerna, contó, salió cambiado, porque en el mar negro, dándose por ahogado, entendió de golpe lo que su padre le había dicho en el embarcadero y él no había podido entender: que lo que buscaba al otro lado del agua no estaba allí, que estaba detrás, en la ría que dejó, en los suyos, y que había estado a punto de morir lejísimos, en un mar ajeno, por correr detrás de un horizonte que, alcanzado, era solo más agua.

Volvió de aquella galerna con una sola idea: volver a casa, a la ría, antes de que el mar, que ya le había avisado, se lo tragara de verdad.

—Lo entendí en el mar, padre —le dijo, sentados los dos viejos mirando la ría gris—.

Tu cuento. El del hombre que cruzó el mar buscando lo que había al otro lado y casi se lo traga el agua, y un día se bajó del barco y se quedó en una ría y fue feliz.

Lo entendí agarrado a una tabla, en una galerna, dándome por muerto.

Ese hombre del cuento eras tú, ¿verdad? El que cruzó el mar. El que se quedó. No era un cuento.

Y Áslak, por fin, ya sin miedo, porque al borde de la muerte se acaban los miedos, le contó al hijo la verdad entera: el norte, el fiordo, la flota de Gunrod, las cien velas, la razzia, el saqueo del sepulcro, el lobo que había sido, la noche en que se quedó en el fango en vez de correr a los barcos.

Todo. Y Airas lo escuchó sin espanto, con asombro, con orgullo casi, porque ya era un hombre de mundo y sabía que los hombres son muchas cosas a lo largo de una vida, y que el padre pescador y devoto era más admirable, no menos, por haber sido antes el lobo que cruzó el mar a saquear.

Y aquella confesión, hecha al final, de padre a hijo, frente a la ría, fue para Áslak como soltar un peso de toda la vida: por fin alguien de su sangre sabía quién había sido y de dónde venía, y no lo despreciaba, sino que lo entendía.

La historia no se moría con él. Pasaba al hijo.

Airas se quedó, tomó una barca, no volvió a hacerse a la mar grande; pescó la ría como su padre, no porque ya no pudiera irse, que podía, sino porque ya no quería, porque había elegido, libremente, después de haberse ido y casi morir, la misma orilla que su padre eligió.

Y esa elección, la del que vuelve sabiendo lo que deja fuera, fue la prueba que Áslak necesitaba para morir en paz: que la sangre del mar, la que tiraba, se había cansado al fin, como él apostó, y había vuelto a la ría a echar raíz.