La llave de Galicia (El hacha y el arado 3) Los años buenos
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Los años buenos

Fueron años de trabajo y de poco, como son todos los años de la gente de la ría, pero sin la sombra del lobo encima, y eso, después de un año bajo aquella sombra, era casi la felicidad.

La aldea se rehízo, las casas se levantaron, las barcas se reemplazaron, los huecos que dejó la razzia en las familias se fueron llenando con bodas y con nacimientos, que es como la tierra rellena sus huecos, con vida nueva.

Volvieron las romerías, las fiestas del santo, las verbenas pobres de las aldeas de la ría; volvió la gente a subir, de tanto en tanto, a Compostela, a la tumba rehecha del Apóstol, a rezar y a pedir, como si nunca la hubieran profanado, porque la fe, como la tierra, se rehace; volvió, en fin, la vida de siempre, el ritmo de las mareas y de las estaciones, la rueda lenta y terca que los lobos habían parado un año y que volvió a girar como si los lobos no hubieran existido nunca.