Velas en la boca de la ría
Llegó el aviso como llegaba siempre, con las campanas tocando a rebato y los pescadores subiendo a la carrera del embarcadero gritando que había velas en la barra, velas extrañas, velas que no eran de la ría.
Y a la aldea le volvió de golpe, entero, el espanto viejo, el de la flota de Gunrod, el del año de la sombra, y la gente empezó a correr a esconder a los niños y el ganado en el monte, como había hecho una generación atrás, con el terror en la cara.
Pero esta vez había una diferencia, dos diferencias.
Una, que la tierra había aprendido: ya no estaba del todo indefensa; el conde tenía hombres, había hierro escondido y repartido, había vigías en las puntas, y en la boca del Ulla habían empezado ya a amontonar piedra sobre las viejas ruinas romanas, la primera piedra de la llave que un día cerraría el mar.
Y otra, que en la aldea vivía un hombre que conocía a los del norte como nadie: Áslak.
Lo llamaron, al converso, al lobo viejo, porque alguien se acordó de que él sabía leer una vela de dragón mejor que nadie.
Y Áslak subió a la punta, con el corazón golpeándole de una manera rara, y miró las velas que entraban por la barra, lejanas, en la niebla, y las leyó con sus ojos viejos de lobo, y dijo lo que vio: que eran pocas.
Tres velas, cuatro a lo más, no una flota; una partida pequeña, de las que bajan a probar suerte en una cala, no un rey del mar con cien naves.
Que venían a tantear, no a quedarse; que si encontraban la ría erizada, gente armada, vigías, humo de aviso, fuego, lo más probable era que no se metieran tierra adentro, que un lobo no mete la cabeza donde huele peligro y trabajo, que un lobo busca lo fácil.
Y les dijo cómo hacer para que oliera peligro y trabajo: dónde poner los pocos hombres armados para que se vieran muchos, dónde encender las hogueras de aviso para que parecieran un ejército, cómo cerrar el paso estrecho de la ría con barcas y con piedras, cómo hacerle creer a una partida de lobos que aquella ría mansa se había vuelto una trampa.
Y la tierra hizo lo que el lobo viejo le dijo, y se erizó, y encendió sus fuegos, y mostró su hierro.
Y las velas de la barra, lejos, se quedaron un rato quietas, dudando, leyendo la orilla como Áslak sabía que la leerían, y al final, al ver la ría erizada y avisada, viraron, y se volvieron al mar, y se fueron a buscar presa más fácil a otra parte, sin haber subido, sin haber matado a nadie, sin haber quemado una sola casa.
Y aquel día, viendo irse las velas mar afuera por consejo del converso, la aldea entera entendió, de una vez y para siempre, lo que tardaba años en decirse con palabras: que aquel hombre del norte, el lobo, el que había venido un día en una de aquellas flotas a quemarles la tierra, era ya de los suyos del todo, más de los suyos que muchos nacidos en la ría, porque había puesto su saber de lobo al servicio de la tierra, había defendido la ría contra los de su propia sangre, había hecho que las velas de dragón se volvieran al mar sin tocar a nadie.
Áslak, bajando de la punta aquella tarde, viejo, mojado, con la gente de la aldea mirándolo por primera vez no con recelo sino con algo parecido al agradecimiento y casi al orgullo, sintió una cosa rara y honda que no había sentido nunca: que ya no era el lobo de la aldea.
Era Áslak, el de la barca, el que sabía leer las velas, el que había salvado la ría.
Era de allí. Le había costado la mitad de la vida y media vejez, pero lo era, del todo, sin vuelta atrás.
Y miró las velas perderse en la niebla, mar afuera, hacia el norte, hacia el fin del mundo del que él había venido, y sintió por aquellos lobos que se iban a seguir cogiendo y a seguir muriendo lejos de casa una cosa que no esperaba: pena.
La pena del viejo que ve a los jóvenes correr hacia el error del que él escapó por los pelos.
«Ojalá uno de vosotros», pensó, sin decirlo, en la lengua del norte que ya casi no recordaba, «ojalá uno solo se canse, como me cansé yo, y encuentre una ría donde quedarse, antes de que el mar lo coja».
Y bajó a la aldea, a su casa, a su mujer, a su lumbre, gallego del todo, por fin.