La llave de Galicia (El hacha y el arado 3) La galerna
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La galerna

El mar estuvo a punto de cobrarse a Áslak una vez, ya viejo, en una galerna, y aquella tarde, agarrado a la dorna volcada en el agua negra, el lobo del norte entendió por fin del todo de qué se había bajado el día que se quedó en el fango: del mar que se traga a los suyos, que lo habría tragado a él como tragó a Gunrod y a la flota, si no hubiera tenido la suerte de hacerse hombre de tierra.

Y en aquel trance, dándose por ahogado, agarrado a una tabla en un mar negro igual que se daría por ahogado su hijo Airas años después en otro mar, a Áslak le vino entera, de golpe, su vida.

Vio el fiordo del norte, y la flota de Gunrod, y las cien velas entrando por aquella misma ría, y el sepulcro saqueado, y el fango donde se quedó, y a Mariña, y a los hijos, y al olivo no, que aquí no había olivos, sino a su huerto y su barca y su tierra mojada.

Vio el viaje entero, de coger a quedarse, del hacha al arado, y entendió, con la lucidez fría que da la muerte cercana, una cosa última: que el mar que lo iba a tragar ahora, de viejo, era el mismo que lo había traído de joven, el mismo que se había tragado a la flota entera de Gunrod, a los mil lobos, a todos los suyos; que él, Áslak, había vivido cuarenta años de más, cuarenta años robados al mar, porque un día se bajó del barco; y que si el mar se lo cobraba ahora, de viejo, después de aquellos cuarenta años de tierra y de Mariña y de hijos, no tenía derecho a quejarse, porque ya le había ganado al mar mucho más de lo que el mar le debía.

«Llévame, si quieres», pensó, agarrado a la quilla, casi en paz.

«Ya te he ganado cuarenta años. Ya he tenido lo que los otros no tuvieron. Llévame, que no me quejo.»