La romería al Apóstol
Ya viejo, un año, Áslak hizo el camino a Compostela, a la tumba del santo que de joven había ayudado a saquear, y aquella romería fue, sin que él la llamara así, la penitencia que cerró el círculo de su vida, porque volvió a la basílica que había visto profanar siendo un lobo, esta vez de rodillas, siendo un hombre.
No fue por gran devoción, al principio, o no solo.
Fue por una cosa que le crecía dentro de viejo, una necesidad de volver al sitio donde había empezado todo, al sepulcro, a poner los ojos otra vez en el lugar que veinte años atrás había visto a sus hermanos del norte vaciar de oro entre risas, y donde él mismo había cargado, con un peso raro en el pecho que entonces no entendía, la cruz y los vasos del santo.
Le dijo a Mariña que quería ir, y Mariña lo entendió sin que él se lo explicara, porque lo conocía, y lo dejó ir, y Áslak subió el río y los caminos, despacio, con su paso de viejo, entre los romeros que de todas partes subían a la tumba del Apóstol, él, el que un día había subido aquella misma ría a robarla.
Compostela se había rehecho. Los lobos se habían llevado el oro, habían matado al obispo, habían profanado el sepulcro, pero la ciudad y la fe se habían vuelto a levantar, como se levanta siempre lo que tiene raíz, y la basílica estaba otra vez en pie, con otro oro nuevo en los altares, con otros romeros de rodillas, con el canto saliendo otra vez de la torre cinco veces al día, o las que fueran las de los cristianos.
Y Áslak entró en la basílica, viejo, encorvado, un romero más, y se acercó al sepulcro, al mismo sepulcro que había visto saquear, y se arrodilló.
Él, que de joven había pisado aquellas losas con las botas embarradas, riéndose, arrancando el metal de las paredes; él, que no le rezaba entonces a aquel santo ni a ninguno; se arrodilló de viejo ante la tumba, cristiano ya, gallego ya, y no supo bien qué rezar, porque no era hombre de muchas oraciones, así que rezó lo único que le salió, que fue pedir perdón.
Perdón por el muchacho que había sido, por el oro que cargó, por la profanación, por la sangre, por todo.
Y pedir, también, gracias: gracias por haberse podido bajar del barco, por la ría, por Mariña, por los hijos, por la vida que no merecía y que había tenido.
Y mientras rezaba de rodillas, le pareció a Áslak que se cerraba algo, un círculo grande que había empezado veinte años atrás en aquella misma piedra, cuando un lobo joven cargó la cruz del santo sintiendo un peso que no entendía.
Ahora lo entendía. El peso de entonces era esto: era que aquel sitio, el sepulcro, era el corazón de lo que él había venido a robar, lo que hacía un pueblo a la gente de aquella tierra, y robarlo lo había dejado, sin saberlo, más pobre, hasta que aprendió a quedarse y a guardar en vez de coger, y se hizo, él también, de los que rezan en aquella tumba en vez de saquearla.
Había hecho el viaje entero, de una losa a la otra: de la bota embarrada del lobo a la rodilla doblada del romero.
Y al levantarse, viejo, con las rodillas crujiendo, y salir a la lluvia de Compostela, Áslak sintió una paz que no había sentido nunca, la paz del que ha cerrado las cuentas con su propio pasado, del que ha vuelto al sitio de su peor pecado no a repetirlo sino a llorarlo.
Un viejo gallego más, saliendo de la misa, bajo la lluvia, camino de su ría.
Nadie, viéndolo, podía saber que aquel viejo encorvado y devoto había entrado en aquella misma basílica, veinte años atrás, con un hacha en la mano.
Ni él mismo se reconocía ya en aquel muchacho.
Había cruzado, también él, de una orilla a la otra, la distancia más larga que cruza un hombre: la que va del que coge al que reza, del que roba un santo al que le pide perdón de rodillas.
Y volvió a su ría en paz, a morir, cuando le tocara, en su tierra, que ya era del todo suya, hasta el santo.