La llave de Galicia (El hacha y el arado 3) La hija que se quedó
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La hija que se quedó

Si Airas fue el hijo que tiró hacia el mar, Elvira, la hija, fue la que tiró hacia la tierra, y su boda fue para Mariña y para Áslak una de las alegrías hondas de la vejez, porque en ella vieron echar raíz, ante sus ojos, la sangre que había cruzado el mar para quedarse.

Elvira era de la ría desde que nació, sin el ansia del hermano, de las que no miran el mar de fuera sino el fango de dentro, las bateas, la leira, la casa.

Salió morena del todo, sin los ojos grises del padre, y desde niña fue de la tierra y del agua mansa, sabiendo coger el marisco con los dedos, remendar una red, llevar una casa.

Y a su tiempo se enamoró, como se enamoran las mozas de la ría, de un mozo de la propia aldea, pescador, callado y trabajador, y se casaron en la iglesia de granito, la misma en cuyo adro estaba enterrado el abuelo Mariño al que los lobos mataron, la misma donde se había bautizado el padre lobo, y toda la aldea fue a la boda.

Y Áslak entregó a su hija. Él, el que de joven había venido en un barco de dragón a robar mujeres y tierra, entregó a su hija morena en la iglesia de granito de la ría a un mozo pescador, ante el cura, con la bendición del dios cuyo sepulcro había ayudado a saquear, y se quedó al fondo de la iglesia, viejo, mirando, con una emoción que le apretaba la garganta y que no se parecía a ninguna de las de su vida de lobo.

Porque aquello era lo contrario de todo lo que había sido.

Un lobo roba mujeres; las carga al barco.

Y allí estaba él, entregando a la suya, dándola, con alegría, a un hombre de bien, para que fundaran una casa en la misma ría, una raíz nueva.

La rueda entera de lo que él fue, vuelta del revés.

Y supo, viéndolos casarse, que aquella boda pequeña y pobre de dos pescadores en una iglesia mojada era una victoria más grande que todo lo que él había saqueado de joven.

Porque las ciudades que saqueó eran humo, y aquella boda iba a dar hijos, y nietos, una descendencia enraizada en la ría durante generaciones, gente que viviría y pescaría y se querría en aquella orilla sin saber nunca que en su sangre, muy al fondo, corría el hielo de un mar del fin del mundo.

Elvira y su marido se quedaron en la aldea, y le dieron a Áslak y a Mariña, antes de que murieran, los primeros nietos, unos críos morenos en los que de tanto en tanto asomaba, en unos ojos, el gris del abuelo del norte.

Y Áslak, ya viejo, los cogía en brazos y pensaba que aquella era la verdadera cosecha de su vida, la única que importaba: no el oro del santo que se hundió o se gastó, no las tierras que ardieron, sino aquellos críos de ojos a veces claros que jugaban en el fango de la ría, hijos de su hija, raíz de su raíz, prueba viva de que un lobo, si se baja a tiempo del barco, puede dejar en el mundo algo más que humo.

Elvira fue la que se quedó. Airas, el que se fue al mar.

Y Áslak, que los quería igual, aprendió de viejo, de ellos, la última lección: que una casa necesita las dos cosas, el que arraiga y guarda, y el que se va a buscar mar y a veces vuelve; y que un padre no elige entre sus hijos, sino que bendice al que se queda y bendice al que se va, y deja la puerta abierta para los dos, y espera.