El que se hizo a la mar
Airas se hizo a la mar siendo un mozo, y Áslak lo dejó ir, y fueron los años más largos de su vida, porque un padre que ve a un hijo subir a un barco, sabiendo lo que él sabía del mar, no descansa hasta que lo ve volver, y a veces no lo ve volver.
Llegó la ocasión por un barco de los grandes, de los de comercio, que recalaba de tanto en tanto en la ría a cargar y a descargar, y que buscaba brazos jóvenes y fuertes para sus travesías largas, hasta tierras del sur, hasta puertos de los que en la ría solo se sabía el nombre.
Y Airas, que llevaba toda la vida mirando el mar de fuera desde las peñas, se ofreció, con los ojos grises encendidos, y vino a pedirle permiso a su padre, o más bien su bendición, porque irse se iba a ir con permiso o sin él, que la sangre que tira no pide permiso.
Y Áslak se debatió, como se había debatido en silencio mil padres antes que él y se debatirían mil después, entre atarlo y soltarlo.
Una parte de él, la del miedo, la del que conocía el mar de verdad, quería atarlo a la ría, casarlo pronto, echarle encima el peso bueno de una barca y una familia, cortarle las alas antes de que el mar se las cortara a él de la peor manera.
Porque Áslak sabía lo que el mar de fuera le hacía a los hombres, lo había visto, lo había sido: sabía que el mar grande se traga a los que se fían de él, que de cada flota que cruza el agua no vuelven todos, que él mismo había visto hundirse cuarenta naves en otra vida y ahogarse a hombres a cientos.
Mandar a un hijo al mar era jugárselo a los dados con el agua, y Áslak conocía los dados del agua, que casi siempre ganan.
Pero la otra parte de él, la que se acordaba de sí mismo a los veinte años en el fiordo, sabía que a la sangre que tira no se la ata, que un hijo atado a una orilla que no ha elegido la odiará y se irá igual, peor; y que él, Áslak, no se había quedado en la ría porque nadie lo atara, sino porque eligió quedarse, libremente, después de haber cruzado el mar; y que si quería que su hijo, algún día, eligiera la ría como él la eligió, tenía que dejarlo irse primero, y confiar, contra todo el miedo, en que la sangre se cansara y volviera.
—Vete —le dijo a Airas, una mañana, en el embarcadero, con el barco grande esperando en la ría—.
Si te tira el mar, vete a la mar. Tienes mi bendición.
—Y antes de que el muchacho saltara de alegría, le cogió del brazo, fuerte, y le dio lo único que podía darle para el agua, que no era una prohibición sino un cuento—: Pero llévate esto, y acuérdate cuando estés lejos y el mar te enseñe lo que es.
Hubo una vez un hombre que cruzó el mar grande buscando lo que había al otro lado, creyendo que la vida estaba allá, en el horizonte.
Y casi se lo traga el agua, como se tragó a casi todos los suyos.
Y un día, en una orilla extranjera, entendió que lo que buscaba lo había dejado atrás sin verlo, y se bajó del barco, y se quedó, y plantó su vida en una ría, y fue feliz haciendo lo más pequeño.
Acuérdate de ese hombre, hijo, cuando el mar te canse.
Y si te cansa, vuelve. Aquí estará tu padre, y la ría.
La puerta no se cierra. Vete sabiendo que se puede volver.
Y Airas se fue, en el barco grande, ría abajo, hacia la boca, hacia el mar de fuera, y Áslak lo vio alejarse desde el embarcadero hasta que el barco dobló la punta y desapareció, y se quedó allí mucho rato, viejo ya, mirando el agua vacía, sintiendo lo que no había sentido nunca con tanta fuerza: el miedo de un padre que ha echado al hijo al mar que sabe traicionero.
Y empezó la espera. Años de espera. Noticias sueltas, de tanto en tanto, traídas por otros barcos: que Airas estaba bien, que andaba por puertos del sur, que había visto tierras, que vivía.
Y silencios largos entre noticia y noticia, en los que Áslak, de noche, oyendo el mar, lo daba por perdido, por ahogado, por tragado, y se levantaba a mirar la ría negra pensando que en algún sitio, bajo aquella misma agua que llegaba mansa a su orilla, podía estar su hijo, como estaban tantos de los suyos, en el fondo.
Y no se lo decía a Mariña para no quitarle la esperanza, y ella no se lo decía a él por lo mismo, y los dos viejos esperaban, callados, cada uno con su miedo, a un hijo que se había ido al mar del que el padre había tenido la suerte de bajarse.