Airas
—Padre —le dijo un día, ya mozo, fuerte, con los ojos grises encendidos—, ¿por qué nos conformamos con la ría?
El mar es enorme, me lo dicen los de los barcos grandes, lleno de tierras y de gentes y de cosas que aquí no se ven.
Y nosotros nacemos en esta ría, y pescamos en esta ría, y nos morimos en esta ría, sin haber visto el otro lado del agua.
¿No te tira a ti el mar de fuera? ¿No te tiró nunca?
Y Áslak, que había cruzado más mar del que aquel muchacho podía imaginar, que había venido del otro lado del agua, del fin del mundo, en un barco de dragón, sintió un frío en el alma, porque reconoció, palabra por palabra, su propia ansia de los veinte años, la que lo había sacado del fiordo.
La sangre que tira. Le había salido al hijo, junto con los ojos grises: la llamada del norte, del mar, del irse.
Y Áslak entendió lo que no había contado: que un lobo puede bajarse del barco, rendir el hierro, quedarse a labrar y a pescar la ría, pero no puede arrancarse de las venas el mar, y el mar pasa a los hijos, y un día se le sienta delante un hijo de ojos grises y le pregunta, con su propia voz de hace toda una vida, qué hay al otro lado del agua.
—Sí me tiró —dijo Áslak, despacio, porque no le iba a mentir al hijo—. De joven. Tanto que me hice a la mar. Y crucé al otro lado.
—¿Tú? ¿Cruzaste el mar grande? ¿Adónde?
Y Áslak estuvo a punto de contárselo todo, de golpe, el norte, el fiordo, la flota, la razzia, el lobo que había sido.
Pero no lo hizo, no aún, porque tenía miedo de que si le contaba al hijo la aventura, los barcos, las travesías, no le estuviera dando un escarmiento sino alas, encendiéndole más el ansia.
Así que se calló lo más, y dijo solo, mirando la ría:
—Vine de muy lejos, hijo, del otro lado del mar, de joven, en un barco, buscando lo que tú buscas: lo que hay más allá.
Y ¿sabes lo que encontré, después de cruzar más agua de la que tú vas a ver?
Que el otro lado del mar es casi todo igual de pobre y de duro que este, solo que sin los tuyos.
Que lo que de verdad valía la pena yo no lo encontré al otro lado del agua, sino aquí, en esta ría a la que llegué de paso.
Pero eso —añadió, sabiendo que era inútil— no se aprende oyéndolo.
Solo se aprende yendo. Como lo aprendí yo.