La llave de Galicia (El hacha y el arado 3) Los hijos de ojos claros
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Los hijos de ojos claros

Tuvieron hijos, Áslak y Mariña, y los hijos nacieron ya del todo de la ría, gallegos enteros, sin una brizna de norte que ellos supieran, aunque les corriera por las venas y les asomara a veces a los ojos.

Fueron varios los que vivieron, de los que nacieron, que en la ría, como en todas partes, no vivían todos los que nacían.

Y de ellos, algunos salieron morenos del todo, como la madre y como la tierra, y alguno sacó, en una cara morena de pómulos gallegos, los ojos claros del padre, unos ojos grises o de un azul de mar de invierno que en la aldea no tenía nadie más y que las viejas miraban con curiosidad y un punto de antiguo recelo, sin saber ya muy bien de dónde salían.

«Cosas de la sangre», decían, y se encogían de hombros bajo la lluvia.

Los hijos de Áslak crecieron sin saber que aquellos ojos suyos venían del fin del mundo, de un hielo y de un mar que ellos no podían ni imaginar.

Para ellos no había norte, ni fiordos, ni barcos de dragón, ni nada de aquello: había la ría, la lluvia, los montes verdes, la barca del padre, la leira del monte, la iglesia de granito, el marisco en el fango, los romeros que pasaban camino del santo.

Eran de la ría. Eran de la tierra y del agua.

Hablaban su gallego, rezaban a su Apóstol, faenaban su mar, y no concebían otra cosa.

Y Áslak, viéndolos crecer así, enteramente de allí, sentía la misma cosa honda y callada: que estaba donde tenía que estar, y que aquellos niños, con sus ojos claros y su alma morena, eran la prueba.

A veces, de pequeños, le pedían cuentos, como todos los niños, las noches de invierno junto al fuego, mientras fuera llovía.

Y Áslak, que no era de muchas palabras, les contaba alguno, y de cuando en cuando, con mucho cuidado, sin decir jamás que era suyo, les contaba uno del norte: el hielo que cubre el mar en invierno, los osos blancos más grandes que un hombre, las noches que duran meses, los barcos largos con cabeza de dragón que cruzan mares sin fin.

Y los niños lo escuchaban con los ojos muy abiertos, los ojos claros y los morenos, como se escuchan los cuentos de las meigas y de los tesoros encantados, sin creérselos del todo, riéndose de aquellas cosas imposibles, del mar que se hiela, de la noche que dura un mes.

Y le preguntaban al padre que cómo sabía él esos cuentos tan raros, y Áslak les decía que se los había contado un viejo, hacía mucho, en otra parte, y los dejaba reír, y no les decía que era verdad, que él lo había visto con sus propios ojos, que él había cruzado ese mar helado en uno de esos barcos de dragón.

Se lo guardaba dentro, como se guarda un secreto que ya no hace daño a nadie, y dejaba que para sus hijos el norte fuera solo un cuento, porque era mejor así, más seguro, y porque, con los años, aquella vida del norte se le había ido haciendo a él mismo cada vez más parecida a un cuento, a algo que le hubiera pasado a otro hombre en otra vida, tan lejos quedaba ya del pescador callado de ojos claros que faenaba la ría y criaba hijos gallegos bajo la lluvia.

El mayor de los hijos salió pescador, como él, como el abuelo muerto, y heredó la barca, y la ría, y siguió faenando aquella misma agua, sin saber que el remo lo llevaba en la sangre desde mucho más lejos de lo que nadie en la aldea podía imaginar.