Hijos de la niebla
Generaciones después, cuando ya nadie en la ría recordaba de dónde venía la sangre que de tarde en tarde asomaba en un niño de ojos claros, quedaba todavía, en aquella orilla mojada, la huella tenue del lobo que se quedó.
Quedaba en la sangre: cada cierto tiempo nacía en la aldea, entre los morenos de la ría, un niño de ojos grises o azules, o de pelo de color de paja, y los viejos sonreían al verlo y decían que era «la sangre del normando», sin saber ya muy bien qué sangre era esa ni de cuándo venía, una de tantas que aquella tierra antigua había recibido del mar a lo largo de los siglos y había digerido y hecho suya.
Quedaba en el habla: en el gallego de la ría se quedaron, sin que nadie supiera nunca de dónde habían salido, un puñado de palabras del norte, nombres de cosas del mar y de la barca y de los aparejos, palabras que sonaban distintas de las demás y que las madres pasaban a los hijos como se pasa todo, sin pensar, sin saber que eran lo último que quedaba vivo de la lengua de los lobos en aquella orilla del fin del mundo.
Y quedaba en la piedra: porque al final, generaciones después de Áslak, la tierra cerró del todo su puerta de mar, y en la boca del Ulla se alzaron las torres, fuertes, de granito mojado, sobre las viejas piedras de los romanos, guardando la entrada de la ría como un perro guarda la puerta de la casa, y las crónicas las llamaron la llave y el sello de Galicia.
Y nadie, al verlas allí plantadas contra el mar, recordaba ya que la idea de cerrar aquella puerta había nacido de un año de sombra y de miedo, ni que un lobo converso, el que se había quedado, había aconsejado a la tierra, una vez, cómo cerrarse contra los de su propia sangre.
De la flota de Gunrod, de las cien velas que subieron por Arousa, de los mil lobos que ocuparon Galicia un año entero, no quedó nada.
Cuatro líneas en una crónica monacal que casi nadie leía: que en el año tal los normandos, los hombres del norte, subieron por las rías, mataron al obispo Sisnando, saquearon Compostela, y que el conde Gonzalo Sánchez los venció y mató a su rey.
Eso fue todo lo que duró de la fuerza que hizo temblar a la tierra del Apóstol.
El ruido se lo llevó el tiempo, como se lo había llevado en otras orillas, como se llevó el del río ancho del sur y el del mar de los antiguos.
Pero en una ría verde y mojada del confín del mundo siguió saliendo, cada cierto tiempo, un niño de ojos claros, y siguió diciéndose una palabra del norte en una barca, y siguió en pie, cerrando el Ulla, una llave de piedra.
Lo que hizo ruido se olvidó. Lo que echó raíz, duró.
Y así, sin saberlo, sin haberse encontrado nunca, sin que ninguno conociera la historia de los otros, tres orillas de la misma Península guardaron, cada una a su manera, bajo su sol o bajo su lluvia, la misma huella secreta y terca.
En el sur caliente, junto a un río ancho que llaman grande, una aldea de queseros descendía, sin saberlo del todo, de unos lobos del norte que un día se quedaron, y guardaba, de mano en mano, una piedra gris del río y la memoria de un viejo bajo un olivo.
Tierra adentro, lejos del mar, en una loma de campos, un pueblo de labradores tenía un olivo viejísimo que había plantado, contaba la leyenda, un hombre del norte que se bajó de la flota más grande del mundo el día antes de que ardiera en el Estrecho.
Y en el confín mojado del noroeste, en una ría de niebla, una aldea de pescadores tenía sus niños de ojos claros, y su palabra del norte, y su llave de piedra cerrando el mar.
Tres orillas. Tres veces, a lo largo de poco más de un siglo, vinieron los lobos del norte por el mar a aquella Península, a coger, a quemar, a llevarse el oro y el humo, y las tres veces la tierra se los tragó casi a todos, y de su furia no quedó más que cuatro líneas en las crónicas.
Pero las tres veces, de los miles que vinieron a coger, hubo uno, uno solo, que se cansó, y rindió el hierro, y se quedó a labrar la orilla que había venido a robar.
Tres lobos, en tres orillas, que hicieron el viaje más largo y más difícil de todos, el que no se canta en ninguna saga porque no tiene gloria ninguna: el del hacha al arado.
Y de los miles que cogieron no quedó nada, y de los tres que se quedaron quedó todo lo que de verdad dura: una sangre mezclada, una palabra suelta, un árbol viejo, una piedra, una tierra trabajada y querida, unos hijos de ojos claros jugando junto al agua.
Porque al final, en todas las orillas del mundo y en todas las lenguas y bajo todos los cielos, la verdad es la misma, y es terca y paciente como la tierra: que lo que se coge se pierde, y que solo lo que se planta, se queda.