La llave de Galicia (El hacha y el arado 3) Aprender la ría
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Aprender la ría

Los primeros años fueron los más duros, más duros que la guerra, más duros que la noche de la matanza, porque no eran una prueba de fuerza ni de valor, cosas que Áslak tenía de sobra, sino de otra cosa que no tenía y que tuvo que aprender desde cero, como un niño: la paciencia de ser despreciado y aguantar.

Era el lobo de la aldea. Así lo llamaban, los primeros años, no por su nombre, que no se lo sabían o no querían usarlo, sino así: el lobo.

El converso. El del norte. Y lo miraban como se mira a una cosa que se tolera pero no se quiere, con un recelo que no se molestaban en disimular, porque cada familia de la ría tenía un muerto o un cautivo o una casa quemada que echarles a los de su sangre, y él era el único de aquella sangre que tenían a mano, el único que había quedado vivo para cargar con el odio de todos.

Una madre escondía a los niños cuando Áslak pasaba por el camino.

Los hombres callaban en seco cuando él se acercaba a la fuente o al embarcadero.

En la iglesia, los domingos, le dejaban un hueco vacío alrededor, como si fuera leproso, como si la sangre del norte se contagiara por el aire.

Y Áslak lo aguantó, todo, año tras año, sin una queja, sin una mala cara, porque sabía que era justo, que él era, al fin y al cabo, uno de los que habían traído el espanto a aquella tierra, y que no tenía ningún derecho a pedir que lo quisieran, solo, con mucho trabajo y mucho tiempo y mucho silencio, a que lo dejaran quedarse.

Y para quedarse había que aprender a vivir de la ría, y eso, para un hombre del norte, fue lo más extraño de todo.

Áslak conocía el mar, lo conocía como pocos, pero conocía el mar del lobo: el mar del remo y de la vela y de la travesía larga, el mar como camino, como vía para llegar a una orilla y coger y volver.

El mar de la ría era otro mar completamente distinto, un mar que no era camino sino despensa, un mar que había que conocer no para cruzarlo sino para sacarle de comer cada día sin que se te llevara.

Tuvo que aprenderlo de cero, humillándose, dejándose enseñar por hombres que lo despreciaban y por niños que se reían de su torpeza.

Aprender las mareas, no para navegarlas sino para bajar al fango en la bajamar y coger el berberecho y la almeja con los dedos, encorvado horas bajo la lluvia, como había visto hacer a Mariña el primer día.

Aprender dónde criaba el marisco y dónde no, a leer la arena, a distinguir por un agujerito en el fango lo que había debajo.

Aprender a remar despacio, sin fuerza, sin prisa, el remo corto de la dorna por los esteros, que no tenía nada que ver con el remo largo y brutal del drakkar.

Aprender los aparejos, las nasas, los anzuelos, las redes, las artes pacientes de sacarle uno a uno los peces a un mar que no se conquista.

Le costó. Las manos que sabían el hacha y el remo de guerra no sabían la nasa ni el anzuelo, y los primeros años fueron de torpezas, de redes mal caladas, de capturas perdidas, de volver al embarcadero con la dorna vacía mientras los otros volvían llena, y de tragarse las risas.

Pero aprendió, porque no le quedaba otra, y porque tenía una terquedad de lobo que ahora ponía, por primera vez en su vida, no en coger, sino en quedarse.

Quien primero lo aceptó, a su áspera manera, fue Paio.

No de golpe, no por cariño; despacio, por costumbre, como se acepta una piedra en el campo que uno se cansa de querer quitar.

Paio había respondido por él aquella mañana, delante de toda la aldea, y eso lo ataba: un hombre que responde por otro queda atado a que el otro no lo deje mal.

Así que Paio lo vigilaba, al principio, esperando que el lobo le diera la razón a los que querían su sangre, esperando casi que lo hiciera para poder odiarlo en paz.

Y el lobo no se la dio. Trabajaba más que nadie, callaba más que nadie, no bebía, no peleaba, no daba un solo motivo de queja.

Y un día, faenando los dos en la misma marea, sin querer, Paio se descubrió enseñándole a Áslak un truco de las nasas, y Áslak aprendiéndolo bien, y los dos trabajando juntos en silencio una mañana entera.

Y al final de la mañana Paio se dio cuenta de que no lo había odiado ni una vez en toda la mañana, y aquello lo desconcertó.

De ahí, de mareas compartidas y de trucos enseñados a regañadientes, fue naciendo, muy despacio, a lo largo de los años, una cosa áspera y callada que no era amistad del todo pero que se le parecía: la de dos hombres que han enterrado al mismo muerto, uno como hijo y otro como culpable, y que aprenden, contra toda lógica, a faenar juntos en la misma barca.

La madre de Mariña fue la última en ceder, y la que más tardó, porque era la que había afilado el cuchillo en secreto durante la ocupación, la que más cerca había tenido el odio.

Durante años no le dirigió la palabra a Áslak más que lo justo, no lo miró a la cara, no se sentó a la misma mesa de buena gana.

Y Áslak no se lo reprochó, ni intentó ganársela; sabía que aquello no se forzaba, que el odio de una viuda por el que tiene la sangre de los que la dejaron viuda es una cosa que solo el tiempo ablanda, si la ablanda.

Y el tiempo la ablandó, despacio, no con palabras sino con hechos pequeños: el lobo que le arreglaba sin decir nada el tejado antes de que ella lo pidiera, el lobo que le llevaba el mejor pescado de la marea, el lobo que cargaba a los nietos en hombros.

Hasta que un día, años después, la vieja, ya muy vieja, enferma, le pidió a Áslak, y no a otro, que la llevara en la dorna a ver por última vez la batea de su marido muerto, en mitad de la ría.

Y Áslak la llevó, despacio, sin decir nada, y la trajo, y aquella tarde, sin que nadie lo dijera, quedó cerrada la última puerta que faltaba: la viuda del muerto había dejado entrar al lobo del todo, no con el perdón de la boca, que ese no lo dio nunca, sino con el de los hechos, que es el único que cuenta.

Murió poco después, en paz, muy vieja, y la enterraron junto al marido en el adro de la iglesia.

A su entierro fue Áslak, el lobo, llorándola como se llora a una madre, porque al final, sin una sola palabra, la viuda del hombre que los suyos habían matado lo había tenido por hijo.