Los que se llevaron
Pero hubo una cuenta que la victoria de la tierra no pudo saldar, una herida que ni la matanza de los lobos ni el fuego de los barcos cerraron, y fue la de los que se habían llevado: los hijos y las hijas de la ría que los del norte cargaron en las bodegas de los dragones y se llevaron al mar, hacia arriba, hacia el fin del mundo, y que no volvieron nunca.
Porque los lobos no solo cogían oro y plata y ganado; cogían gente.
Era, de todo lo que cogían, lo que más valía en sus mercados del norte, allá en sus tierras de niebla y en las islas y en los puertos donde compraban y vendían hombres como aquí se compra y se vende un buey: gente joven, sana, fuerte, mozas y mozos, niños, los que aguantarían el viaje y se venderían bien.
Y a lo largo de aquel año de sombra, y sobre todo en los primeros días de la razzia, cuando bajaron por la ría matando y cogiendo, los lobos habían hecho su cosecha de carne: se habían llevado, de cien aldeas de la ría y de los valles, a centenares de gallegos, atados, encadenados, metidos en las bodegas de los barcos, para venderlos arriba.
Mozas arrancadas de las casas mientras la madre gritaba.
Mozos fuertes cazados en el monte. Niños cogidos al vuelo, llorando, separados de los padres para siempre.
Toda una cosecha de gente de la ría arrancada de su tierra y embarcada hacia el norte, hacia una vida de esclavo en un país de hielo del que ninguno sabía nada salvo que estaba al otro lado del mar y que no se volvía de allí.
Y cuando la tierra se levantó y quemó los barcos y mató a los lobos, los liberó a muchos, sí, a los que todavía estaban en las bodegas de los barcos varados o encerrados en los campamentos esperando el viaje, y hubo, en medio de la matanza, reencuentros de llanto, padres que recuperaron a un hijo que daban por perdido.
Pero a otros no los liberó, porque ya no estaban: porque los barcos que iban y venían se los habían llevado antes, en los meses de la ocupación, en viajes al norte cargados de botín y de carne, y esos, los que ya cruzaron el mar antes de la noche del levantamiento, esos no volvieron nunca.
Se los tragó el norte como la tierra se tragó a los lobos, solo que sin venganza y sin justicia: se perdieron arriba, en los mercados de esclavos del fin del mundo, vendidos, repartidos, y vivieron y murieron lejos, esclavos en tierra extraña, sin volver a ver jamás la ría donde habían nacido.
Y en las aldeas de Arousa quedaron, durante años, después de la victoria, casas con un hueco que la victoria no llenó: una madre que seguía mirando al mar por si volvía la hija que se llevaron, un padre que no se resignaba, hermanos que de viejos seguían contando que tuvieron otro hermano, una hermana, que un día se llevaron los normandos y de la que nunca más se supo.
La tierra se cobró su año en sangre de lobos, pero no le devolvieron a sus hijos llevados.
Y esa fue la herida que quedó abierta debajo de la victoria, la que no cerró, la que la gente de la ría se llevó callada a la tumba: que habían ganado, sí, que habían echado al lobo, que habían durado más que él, pero que algunos de los suyos, los que cruzaron el mar en las bodegas, se habían perdido para siempre, y que esos no los devuelve ninguna victoria.