La llave de Galicia (El hacha y el arado 3) El día después
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El día después

Hubo que enterrar a los lobos, primero, porque los muertos, hasta los enemigos, hieden, y la tierra no quería su podredumbre.

Los enterraron en una fosa común, lejos del adro, sin cruz ni oración, mil lobos del norte vueltos tierra de Galicia, en la tierra que habían venido a robar, que se los quedó para siempre.

Y hubo que enterrar también a los propios, a los gallegos que habían caído en el levantamiento, esos sí en el adro, con su misa y su llanto, porque la victoria de la tierra también había costado sangre de la tierra.

Y hubo que rehacer lo quemado: las barcas que se habían quemado con los barcos de los lobos, las casas, lo roto en la pelea.

Y, sobre todo, hubo que volver a empezar, que es lo más duro después de una guerra: bajar otra vez al fango a coger el marisco, salir otra vez a pescar, cavar otra vez las leiras, sembrar otra vez, como si no hubiera pasado nada, porque el mar y la tierra no entienden de victorias ni de venganzas y siguen pidiendo, cada mañana, lo de siempre: trabajo.

Y la tierra lo hizo, agotada, en silencio.

La primera marea libre, la primera vez que las dornas salieron a la ría sin lobos en la orilla esperando su parte, no fue una fiesta; fue una marea más, callada, de gente cansada que cogía su marisco para sí por primera vez en un año y que no tenía fuerzas ni para alegrarse, solo para trabajar y respirar.

La primera siembra libre, igual: se sembró el centeno como se siembra siempre, con la diferencia, esta vez, de que la cosecha sería para ellos, y eso, más que alegría, dio una especie de paz cansada, la de la tierra que ha durado más que el que la pisó, que es la única victoria que de verdad conoce la tierra: no vencer, sino durar, seguir ahí cuando el que vino a cogerla ya es tierra él mismo en una fosa.