La llave de Galicia (El hacha y el arado 3) El converso
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El converso

Se bautizó aquel mismo año, en cuanto le perdonaron la vida y le dejaron quedarse.

No por gran fe, al principio, que la fe verdadera, si llega, llega después, despacio, como todo lo que dura y echa raíz.

Se bautizó porque era lo que hacía falta para quedarse del todo, para ser de la tierra, y porque no se podía casar con Mariña siendo pagano, y con Mariña era con quien quería casarse.

Lo metieron en la pila de piedra fría de la iglesia de granito de la aldea, la misma iglesia en cuyo adro acababan de enterrar al padre de Mariña, al que los lobos habían matado, y el lobo del norte salió del agua cristiano y gallego, con un nombre nuevo de santo encima del viejo del norte, un nombre que poco a poco, con los años, se le fue olvidando a todo el mundo, hasta a él.

No hubo, en aquel bautismo, ni alegría ni fiesta; lo hicieron callados, deprisa, el cura y unos pocos, bajo la lluvia, porque la aldea no estaba aún para celebrar nada con el lobo, y a Áslak le pareció bien así, callado, que las cosas hondas se hacen mejor sin ruido.

Se casó con Mariña al poco, también sin ceremonia, con la bendición baja del cura en la misma iglesia mojada, sin más testigos que Paio y la madre, que vino con la cara dura y se fue sin decir palabra.

Y le dieron, porque ya era de la aldea aunque a regañadientes, lo que se le da al que entra nuevo y pobre en una comunidad de pobres: una barca vieja y remendada, que había sido de un muerto sin hijos, y un trozo de tierra flaca en la falda del monte, pedregosa, de las que nadie quería.

Y Áslak, el que había cruzado medio mundo en cien barcos de dragón para robar el tesoro de un santo, se puso a ser lo más humilde que se podía ser en aquella ría: un pescador y un labrador, un hombre de la barca y de la leira, que se sacaba el sustento a fuerza de brazos entre el mar y la tierra, entre coger el marisco en el fango de la bajamar y cavar el centeno en el monte bajo la lluvia, exactamente, día por día, como se lo había sacado toda su vida el padre de Mariña, el suegro al que sus hermanos de sangre habían matado en aquella misma orilla.

La rueda que los lobos habían roto un año volvió a girar, despacio, como gira todo en la tierra.

Solo que ahora, en aquella rueda vieja, había una vuelta nueva, una sangre nueva metida para siempre: la de un lobo del norte hecho gallego, empezando, desde abajo del todo, a labrar la niebla.