El precio
La tierra vino a por él, y lo habría matado allí mismo, en el fango, como mató aquella noche a todos los lobos que cogió, si no hubiera sido por Mariña, y por Paio, y por un trozo de pan que nadie había visto dar.
No lo mataron en el acto, de milagro, porque cuando lo encontraron, al amanecer, ya casi todo había terminado, y lo que encontraron fue una cosa tan rara que los hombres que lo cogieron se quedaron parados: un lobo solo, sin armas, sin cota, sentado en el fango de la bajamar, quieto, de cara a la tierra, como esperando, sin huir, sin pelear, sin suplicar.
Un lobo que esperaba a la muerte sentado.
Aquello no se veía. Y por eso, en vez de partirlo allí mismo, que era lo que se hacía con los lobos, lo cogieron, lo ataron y lo llevaron a la aldea, para que decidieran los que mandaban, porque nadie sabía qué hacer con un lobo que se dejaba coger.
Y en la aldea, a la luz gris y mojada del amanecer, entre las casas y los muertos de la noche, la gente que había enterrado a sus padres y a sus hijos por culpa de los lobos rodeó al lobo atado, con las hoces y las guadañas todavía rojas de la noche en las manos, y pidió su sangre.
Y era justo que la pidiera. Un lobo. El último lobo vivo de la aldea, el único que la tierra no se había tragado.
El que había que matar para cerrar la cuenta, para que el año de sombra quedara pagado del todo.
Y entonces Mariña se puso delante.
Se puso entre el lobo atado y las hoces de su propia gente, de su propia sangre, con una temeridad que la asustó a ella misma mientras la hacía, y dijo, en voz alta, para que todos la oyeran, lo que había jurado no decir nunca: que aquel lobo no era como los otros.
Que aquel lobo le había sujetado el brazo a otro, a un borracho, para que no la mataran a ella.
Que aquel lobo había cavado un huerto bajo la lluvia.
Que aquel lobo estaba cansado de ser lobo, que envidiaba la tierra, que quería quedarse, y que matarlo era matar al único de todos ellos, de los mil que habían subido por la ría, que había entendido algo, que había empezado a dejar de ser lobo.
La gente la miró como se mira a una loca, o peor, a una traidora, y alguien, una mujer, gritó lo que tenía que gritar alguien, lo que Mariña sabía que iban a gritar: que la moza se había encamado con el lobo, que por eso lo defendía, que se había vendido a uno de los que mataron a su padre.
Y Mariña, roja de vergüenza y de rabia, gritó que no, que no era eso, aunque era un poco eso y ella lo sabía y se le notaba.
Y la cosa se habría puesto muy fea, muy fea, para los dos, para el lobo y para la muchacha que lo defendía, si Paio no hubiera hablado.
Paio. El hermano. El de la rabia fría. El que había sanado de un tajo en el costado para meterse en la resistencia.
El que había prometido, junto al rescoldo, no dejar un lobo vivo.
El que más derecho tenía de toda la aldea a aquella sangre, porque era su padre, el padre de los dos, el que estaba bajo la tierra del adro por culpa de los lobos.
Paio se abrió paso entre la gente, despacio, con la autoridad del que había peleado aquella noche y matado lobos con sus manos, y se puso al lado de su hermana, delante del lobo atado, y habló, y la gente calló para oírlo, porque su palabra, la del hijo del muerto, valía más que ninguna.
—Yo he matado a cuatro esta noche —dijo Paio, despacio, y enseñó las manos, que estaban manchadas hasta la muñeca—.
Cuatro lobos. Por nuestro padre. Y los volvería a matar uno a uno, y dormiría tranquilo.
—Miró al lobo atado, largo, sin odio ya, solo midiéndolo—.
Pero a este no. A este lo conozco. Lo he visto este invierno, bajando de noche a la aldea, lo he visto desde la sombra, con mi hermana, en el huerto.
Y es verdad lo que dice ella. A este lo vi cavar.
Una tarde, desde el monte, lo vi cavar el huerto bajo la lluvia, con una azada, torpe, como un niño, y me pareció tan raro, un lobo cavando, que no se me olvidó.
Un lobo no cava. Un lobo coge. El que cava es porque quiere quedarse, porque quiere comer de lo que siembra, y el que quiere quedarse a labrar con nosotros ya no es un lobo, sea cual sea su sangre.
—Se volvió hacia la gente, y alzó la voz—.
He matado a los que vinieron a coger y a irse.
A este no lo voy a matar, porque este quería quedarse, y matar al que quiere quedarse a labrar nuestra tierra es matar lo único bueno, lo único, que nos ha dejado este año maldito.
Si lo queréis muerto, tendréis que matarme a mí primero, y a mi hermana después, y bastantes hemos enterrado ya este año para empezar a matarnos entre nosotros.
Soltadlo. Yo respondo por él. Yo, el hijo de Mariño el de la barca, que lo mataron los lobos. Yo respondo.
Y bastó. Bastó que el hijo del muerto, el que tenía el derecho de la sangre por encima de todos, perdonara, para que la gente, a regañadientes, despacio, fuera bajando las hoces.
No lo perdonaron de corazón, no aquel día, ni en mucho tiempo.
Lo dejaron vivo, que es distinto de perdonar.
Lo dejaron vivo, atado, vigilado, despreciado, el lobo de la aldea, el converso, el que se había quedado.
Y durante años Áslak vivió así, en el filo, mal mirado, marcado, el extraño que había sido del bando de los que mataron a los padres, ganándose el derecho a respirar día a día, trabajando más que nadie, callando más que nadie, agachando la cabeza más que nadie, pagando con años de mansedumbre y de silencio el precio de haberse quedado en una tierra que tenía todas las razones del mundo para odiarlo.
No fue fácil. Quedarse nunca es fácil, ni en el sur caliente ni en el norte mojado; quedarse es lo más difícil que hay, porque coger se hace en un día y echar raíz cuesta una vida entera.
Pero Áslak pagó el precio, día a día, año a año, bajo la lluvia, y la tierra, despacio, como hace todo la tierra, sin prisa y sin perdón pero sin olvido del que cava, lo fue dejando quedarse.