El que se queda en tierra
A Áslak la matanza lo cogió en la aldea de Mariña, y allí, en una sola noche, en el fango de la bajamar, tuvo que elegir, y eligió.
Cuando la tierra cayó, cuando empezaron los gritos y el resplandor de los barcos ardiendo iluminó la ría y la noche se llenó de sombras y de hierro, los lobos de la banda de Áslak, los pocos que dormían en la aldea, hicieron lo mismo que Gunrod, lo que hace todo lobo cuando todo se rompe: correr hacia la ría, hacia los barcos, hacia el agua.
Thorgest fue de los primeros en despertar y en entender.
El viejo agarró a Áslak del brazo en la oscuridad, entre los gritos, y tiró de él hacia la orilla con la fuerza de la desesperación.
—¡A los barcos, chico! ¡Corre! ¡Se nos ha echado la tierra encima, toda junta, hay que llegar al agua antes de que cierren la orilla!
Y Áslak corrió, al principio, con él, por instinto, porque cuando todo se rompe el cuerpo hace lo que tiene aprendido sin preguntarle a la cabeza.
Corrió hacia la ría en la oscuridad, hacia el agua, hacia el norte, hacia la única vida que había conocido.
Pero a mitad de camino, en el fango de la bajamar, el mismo fango donde un año atrás, desde la cubierta de un barco que subía a saquear, había visto por primera vez a una muchacha descalza mirar los barcos con una rabia quieta, Áslak se paró.
Se paró en seco, con Thorgest tirándole del brazo, y miró.
Miró hacia delante, hacia la ría donde ardían los cien barcos, hacia el agua y el norte y la vida de lobo que lo llamaba.
Y miró hacia atrás, hacia la aldea, hacia las casas de piedra, hacia donde estaba Mariña.
Y en aquel fango, en aquella noche sin luna, a la luz roja de los barcos ardiendo, en mitad de la matanza, Áslak entendió de golpe, entero, lo que llevaba todo el invierno entendiendo despacio, gota a gota como la lluvia: que no quería ir a los barcos.
Que no quería el norte, ni el mar, ni la vida de coger.
Que lo único que quería en el mundo estaba detrás de él, en la tierra, en aquella aldea, y que subir a un barco, si es que quedaba alguno, era dejarlo para siempre y volver a ser lo que ya no quería ser, un lobo sin nada que se moriría lejos sin dejar huella, tragado por el mar como Gunrod.
—No voy, Thorgest —dijo, y se soltó del viejo de un tirón.
Thorgest lo miró en la oscuridad, a la luz de los barcos, sin entender, igual que no había entendido otro viejo lobo a otro muchacho en otra playa, en otra orilla, en otro año, sin que ninguno de los dos supiera jamás del otro.
—¿Estás loco? ¡Te van a matar! ¡Eres un lobo, te van a despedazar como a todos!
—A lo mejor —dijo Áslak—. Pero si subo a un barco, me muero igual, solo que despacio, y lejos, y siendo lo que no quiero ser.
Prefiero que me maten aquí, en tierra firme, intentando quedarme, que ahogarme en el mar siendo lo que fui.
Vete tú, Thorgest. Corre al agua, que es lo tuyo. Yo me quedo. Esta es mi orilla.
Thorgest lo miró un instante más, uno solo, y en su cara vieja, a la luz roja de los barcos que ardían, hubo rabia, y pena, y algo parecido al miedo, el miedo del viejo que ve a un joven elegir una cosa que él no puede ni concebir, que está más allá de todo lo que él sabe del mundo.
No discutió. No había tiempo. La tierra venía detrás, ya se oían los gritos cerca.
—El que se baja del barco ya se ahogó —le dijo, las mismas palabras casi que otro viejo lobo le había dicho a otro muchacho en otra orilla del sur, porque los lobos, en todas las orillas del mundo y en todas las lenguas, dicen lo mismo cuando uno de los suyos se queda—.
Para mí ya estás muerto, Áslak. Ojalá me equivoque y vivas, pero para mí estás muerto desde esta noche.
Adiós. —Y corrió hacia el agua, hacia la ría que ardía, hacia el norte, y Áslak no lo volvió a ver nunca, y nunca supo si el viejo llegó a alguna de las pocas barcas que escaparon o si la tierra o el mar se lo tragaron aquella noche con todos los demás.
Se quedó solo en el fango, de espaldas al agua que ardía, de cara a la tierra que venía a por él, con las manos vacías, sin armas, porque las había soltado, y esperó.