La muerte del rey del mar
Gunrod, el rey del mar, murió en tierra, en el barro, lejos del agua, que era la peor manera en que podía morir un hombre que se había pasado la vida entera diciendo que su único reino era el mar y que la tierra era para los siervos.
Lo cogió la tierra como cogió a los demás, pero a él le costó más sangre, porque él era el mejor de todos y porque a su alrededor murieron primero, defendiéndolo, los más fieles de sus hombres.
Cuando la tierra cayó aquella noche sin luna sobre el campamento donde dormía el grueso de la flota, Gunrod despertó al instante, viejo zorro del mar, y comprendió en seguida lo que pasaba, y trató de hacer lo único que sabía hacer un lobo en apuros: llegar a los barcos, al agua, a su reino, donde la tierra no podía seguirlo y donde un hombre del norte vuelve a ser invencible.
Corrió hacia la ría en la oscuridad, con un puñado de los suyos abriéndole paso a hachazos, hacia la orilla, hacia la salvación.
Pero cuando llegó a la orilla, jadeando, con la espada en la mano, no encontró sus barcos: encontró sus barcos ardiendo, las cien naves de dragón convertidas en cien hogueras sobre el agua negra, y entre él y el mar, la tierra entera en armas, cerrándole el paso.
El rey del mar se quedó sin mar. Y un rey del mar sin mar no es nada, es solo un viejo guerrero acorralado en una orilla extranjera, de espaldas al agua que ya no puede salvarlo.
Peleó bien, cuentan, hasta el final, como pelean los reyes del mar, de espaldas a la ría que ardía iluminándole la cara, rodeado de gallegos que llevaban un año entero esperando aquella noche y que no le tenían ningún miedo, porque la rabia, cuando es mucha y es vieja, mata el miedo.
Lo mató el conde, dicen unos, o un hombre del conde, o un simple labrador con una lanza hecha de una guadaña, dicen otros.
La tierra no guarda esos detalles, no le importan, solo guarda lo que importa: que murió, que el rey del mar cayó en el barro de Galicia, lejos de su agua, con sus barcos ardiendo a la espalda, y que con él se acabó la flota más temible que había subido jamás por las rías, la que había matado al obispo en Fornelos y saqueado el sepulcro del Apóstol y ocupado la tierra un año entero.
De los cien barcos no quedó ninguno: todos ardieron en la orilla aquella noche.
De los lobos, no se sabe cuántos escaparon; pocos, muy pocos, los que estaban lejos del centro de la matanza, los que pudieron robar una barca de pesca y echarse a la ría a oscuras y salir al mar abierto y rezar; un puñado de hombres rotos en dos o tres cascos pequeños que huyeron hacia el norte, hacia el fin del mundo de donde habían venido, llevándose el cuento del desastre.
El resto quedó en Galicia. En el barro, en las rías, bajo la tierra que habían venido a robar, que se los quedó para siempre, como se queda toda tierra a los que se demoran demasiado sobre ella.