La llave de Galicia (El hacha y el arado 3) La noche de Paio
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La noche de Paio

Para Paio, la noche del levantamiento fue la noche para la que había vivido desde que sacó a su padre del fango, y la vivió entera, de principio a fin, con una calma fría que lo asustó a él mismo, porque descubrió aquella noche que la venganza, cuando llega, no sabe a lo que uno creía, no sabe a nada, solo a sangre y a cansancio.

Le tocó guiar a su gente, a los hombres de su comarca, monte abajo en la oscuridad, porque conocía cada sendero y cada piedra y porque el conde lo había puesto al frente de los de su ría.

Bajaron en silencio, sin luna, decenas de hombres con guadañas enderezadas y hachas de leñar y la rabia de un año entero, y Paio iba delante, callado, sintiendo el corazón latirle despacio, sin la furia caliente que había imaginado, con una frialdad de hielo que era peor.

Lo primero, como había mandado el conde, fueron los barcos.

Paio llevó a su gente a la orilla donde varaban los dragones de la banda de la ría, y los tomaron, y les prendieron fuego.

Y Paio, viendo arder las cien velas que un año atrás había visto entrar por la boca del agua llenándolo todo, viendo arder los barcos que habían traído a los que mataron a su padre, sintió por fin algo, no alegría, no, sino una especie de justicia fría, de cuenta que empieza a saldarse: que el fuego que iluminaba ahora la ría era el de los barcos de los lobos, y no, como un año atrás, el de las aldeas de su gente.

Y después fue la matanza, y Paio mató. Mató lobos aquella noche con sus propias manos, cuatro, cinco, no los contó bien, sorprendidos en el sueño o saliendo a medio vestir de las casas robadas, y los mató sin furia y sin piedad, con la frialdad del que cumple una deuda, pensando en su padre en cada golpe, ofreciéndoselo.

Y descubrió, matando, una cosa que no esperaba y que se le quedó dentro para siempre: que no servía de nada.

Que matar a los lobos no le devolvía al padre, no le quitaba la rabia, no le llenaba el hueco; que la venganza, tan esperada, tan deseada todo el invierno, una vez cumplida no sabía a nada, solo a más muerte, a sangre en las manos y a un cansancio hondo, y que después de matar a cinco lobos su padre seguía igual de muerto bajo la tierra del adro, y él seguía igual de huérfano, solo que con sangre en las manos.

Lo entendió aquella noche, Paio, sin palabras.

Y por eso, quizá, a la mañana siguiente, cuando le llevaron al lobo atado, pudo hacer lo que hizo, perdonar; porque ya había aprendido, esa misma noche, matando, que matar no cura, y que si algo bueno podía salir de todo aquel horror no sería de más muerte.

Buscó, esa noche, sin confesárselo, en cada lobo que mataban, en cada lobo muerto, una cara.

La de uno en concreto. Porque Paio sabía, aunque hacía como que no lo sabía, lo que pasaba en la casa de su hermana; había visto, desde el monte, una tarde, a un lobo cavar el huerto con Mariña; había notado en su hermana, los últimos meses, algo que no le gustaba, una cosa guardada.

Y aquella noche, matando lobos, Paio buscaba sin querer al lobo del huerto, al de los ojos claros, con dos miedos peleándole dentro: el de encontrarlo, y tener que matarlo él mismo, por su padre; y el de no encontrarlo, y que se hubiera escapado al mar con los otros, y que su hermana se quedara con el corazón roto por un lobo huido.

No lo encontró aquella noche, ni vivo ni muerto.

Y no supo, hasta el amanecer, cuando se acabó la matanza y le llevaron a un lobo solo, sin armas, sentado en el fango esperando, que el lobo que había buscado toda la noche entre los muertos estaba vivo, y que su hermana se ponía delante de él, y que a él, a Paio, el hijo del muerto, le iba a tocar decidir, con la sangre de cinco lobos todavía en las manos, si aquella noche de venganza terminaba en una muerte más o en lo único distinto que podía terminar: en un perdón.