La tierra se levanta
Cayó sobre los lobos una noche de primavera sin luna, y fue la tierra entera la que cayó, toda junta, en la misma hora, como había esperado callada todo el invierno, y no dejó casi nada.
Empezó en silencio, que es como empiezan las cosas hondas de la tierra.
No hubo cuernos de guerra ni gritos, al principio; hubo sombras que bajaron de los montes en la oscuridad, cientos, miles, gente de cien aldeas de toda la ría y de los valles de tierra adentro, armada con lo que tenía y con lo que el conde había repartido en secreto: guadañas enderezadas en lanzas, hachas de partir leña, hoces, viejas espadas heredadas y escondidas, palos con punta de hierro, y la rabia fría de un año entero guardada bajo la ceniza.
Bajaron en silencio bajo la noche sin luna y rodearon, una por una, las casas y los campamentos donde dormían los lobos dispersos, banda por banda, confiados, muchos borrachos, sin centinelas o con centinelas dormidos, sin que ninguno lo advirtiera hasta que ya fue tarde, hasta que la tierra estaba dentro.
El conde Gonzalo Sánchez había hecho bien su trabajo de todo el invierno: había juntado a la tierra dispersa en una sola fuerza con una sola voluntad, la había armado, le había señalado cada banda de lobos y cada aldea ocupada, y la había lanzado toda a la vez, en la misma noche, sobre todos los lobos al tiempo, para que ninguna banda pudiera socorrer a otra, para que la flota más temible que había subido por las rías se encontrara de pronto rota en treinta pedazos pequeños, cada pedazo solo en la oscuridad, rodeado por la tierra entera.
Y lo primero que la tierra tomó, antes incluso de caer sobre los hombres dormidos, fueron los barcos.
Porque el conde sabía, se lo habían dicho los que sabían de lobos, quizá el propio rumor de lo que un converso había aconsejado en alguna parte, que un hombre del norte sin barco no es nada, que el barco es su pierna y su ala y su única huida, y que mientras hubiera barcos en la orilla los lobos tendrían por dónde escapar al mar, a rehacerse, a volver.
Así que la tierra cayó primero sobre los barcos varados, sobre los cien dragones de madera dormidos en las orillas de la ría lejos de sus dueños, y los quemó.
Ardieron en la noche sin luna las cien velas que un año atrás habían subido por Arousa llenando la boca del mar, ardieron las proas de bestia, los cascos de roble, los mástiles.
Y el resplandor de los barcos en llamas iluminó la ría entera de orilla a orilla, un incendio enorme reflejado en el agua negra, y a su luz roja y temblorosa empezó la matanza de los hombres.
Y la tierra se cobró el año. Cayó sobre los lobos con toda la rabia fría que había estado tragando durante meses, la rabia de los padres muertos y las cosechas robadas y las hijas servidoras y el sepulcro del santo profanado, y no tuvo piedad, porque la tierra, cuando por fin se levanta después de haber aguantado mucho, no tiene piedad ninguna: ha gastado toda la que tenía en aguantar, y solo le queda la rabia.
Los lobos, sorprendidos en el sueño, divididos, blandos del año fácil, separados de sus barcos que ardían, pelearon lo que pudieron, que aun así fue mucho, porque eran lobos y sabían morir matando.
Pero no les sirvió de nada. Eran pocos en cada sitio, rodeados, a oscuras, sin escapatoria, y la tierra era muchísima y venía con un año de odio acumulado y con sus muertos a la espalda.
Aquella noche, y los días que la siguieron, Galicia hizo con la flota de Gunrod lo que las tierras hacen tarde o temprano con los lobos que se quedan demasiado: se los tragó.
Aldea por aldea, orilla por orilla, los lobos del norte fueron cazados, rodeados, muertos en el barro a la luz de sus propios barcos ardiendo.
El año de la sombra se acababa en una marea de sangre, y la marea, por una vez, por fin, la traía la tierra.