La cuenta atrás
La primavera llegó a la ría como llega siempre, sin avisar, de un día para otro, con un sol pálido que rompió por fin las nubes y secó un poco el barro de los caminos y llenó los pomares de flor blanca. Y con la primavera llegó, para los lobos, la hora de empezar a pensar en el mar y en la vuelta.
Llevaban casi un año sobre la tierra. Habían cogido cuanto había que coger, se habían hartado de la ocupación y de la lluvia y del tedio, añoraban el norte con un ansia que ya no disimulaban, y con la mar amansándose y los días alargando pensaban ya en calafatear los barcos, cargar el oro del santo y volver a casa antes del verano, ricos, hechos los reyes que habían soñado ser.
Gunrod, el rey del mar, daba por hecho el regreso triunfal: había hecho lo que casi nadie, pasar un año entero sobre la tierra del Apóstol, vaciarla a su gusto, y volver con el tesoro en las bodegas.
Estaba confiado, el rey del mar, demasiado confiado.
Un año entero de ocupación sin que la tierra se atreviera a nada, sin más que mansedumbre y cabezas gachas y servidumbre callada, lo había convencido del todo de que la tierra estaba vencida, rota, incapaz de reaccionar.
No veía lo que se cocía debajo. No quería verlo.
Y los lobos, blandos del año fácil, gordos de comida robada, dispersos en bandas pequeñas por toda la comarca, cada banda en su aldea, lejos unas de otras, habían bajado la guardia del todo, seguros de que ya solo quedaba esperar el buen tiempo y cargar y zarpar.
Era, exactamente, el momento que la tierra llevaba todo el invierno esperando.
Mariña lo vivió como se vive una cuenta atrás cuyo final se teme con toda el alma: contando los días, mirando a Paio salir de noche cada vez más a menudo y volver cada vez más tarde y más callado, oyendo en los silencios de la aldea, en las miradas que se cruzaban los vecinos por encima de las cabezas de los lobos, en la tensión que crecía bajo la calma como crece la marea bajo la lámina lisa del agua, que la cosa estaba a punto, que era cuestión de días.
Y mirando a Áslak, que se guardaba como ella le había pedido, callado, alerta, sin emborracharse como los otros, sin confiarse; pero que no se iba, que no podía irse, porque un lobo no abandona a su banda sin más, y que por tanto iba a estar allí, con los suyos, cuando la tierra cayera sobre ellos.
Mariña se debatía, partida en dos. Una parte de ella, la hija del hombre muerto en el fango, quería que llegara ya, la noche de sangre, que la tierra se cobrara su año de sombra y de humillación, que no quedara un lobo vivo en toda Galicia.
La otra parte, la del huerto, la de la azada compartida bajo la lluvia, se moría de miedo por uno solo de aquellos lobos, por el de los ojos claros que envidiaba un huerto, y no sabía cómo salvarlo sin traicionar a los suyos del todo, y se odiaba por querer salvarlo, y no podía, por más que se lo mandaba, dejar de quererlo.
Estaba, como Áslak, en mitad del río. Y el río, los dos lo sentían en el aire de aquella primavera, estaba a punto de crecer de golpe y de llevárselo todo por delante.